El Phishing Intelectual: una quetzaditzin y una very good soup, por favor

Todos hemos experimentado esto. Todos, de una forma u otra, los que frecuentamos las redes y en cierta medida opinamos en ellas. Muchos se abstienen de opinar, a veces porque las palabras no les fluyen o simplemente no se toman la molestia, pero ponen su granito de arena compartiendo algún artículo o imagen que enciende los ánimos.

Antes se llamaba trollear. Sigue llamándose así, pero como todos los términos y conceptos humanos, va evolucionando. Trollear fue algo muy común en los foros de discusión que eran muy populares hace varios años (porque aquí donde lo ven, el internet ya es viejo, por lo menos cinco lustros desde su forma más reconocible). Era muy sencillo. Entrabas, por ejemplo, a un foro de discusión y a un tema específico, digamos «Fans de Luis Miguel». Entonces, sin que te importara un comino si Luismi es buen artista o no, o si tiene o no una gran voz, decías en un sólo mensaje, escueto y preciso, o toda una diatriba: «Luis Miguel es una mierda de cantante». Inmediatamente, se incendiaba el lugar, como si hubieras echado gasolina en una fogata donde todos convivían pacíficamente asando bombones y disfrutando los orgasmos por el objeto de su idolatría. Todos los participantes se te echaban encima destrozándote, o por lo menos a tu persona virtual, cuando tú ya estabas muy lejos muriéndote de risa por las reacciones. Por supuesto, eso lo hacías con una identidad falsa creada expresamente, de lo contrario corrías el riesgo de ser perseguido por algún fanático obsesivo y ser mutilado en la vida real.

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El Phishing Intelectual: una quetzaditzin y una very good soup, por favor

Todos hemos experimentado esto. Todos, de una forma u otra, los que frecuentamos las redes y en cierta medida opinamos en ellas. Muchos se abstienen de opinar, a veces porque las palabras no les fluyen o simplemente no se toman la molestia, pero ponen su granito de arena compartiendo algún artículo o imagen que enciende los ánimos.

Antes se llamaba trollear. Sigue llamándose así, pero como todos los términos y conceptos humanos, va evolucionando. Trollear fue algo muy común en los foros de discusión que eran muy populares hace varios años (porque aquí donde lo ven, el internet ya es viejo, por lo menos cinco lustros desde su forma más reconocible). Era muy sencillo. Entrabas, por ejemplo, a un foro de discusión y a un tema específico, digamos «Fans de Luis Miguel». Entonces, sin que te importara un comino si Luismi es buen artista o no, o si tiene o no una gran voz, decías en un sólo mensaje, escueto y preciso, o toda una diatriba: «Luis Miguel es una mierda de cantante». Inmediatamente, se incendiaba el lugar, como si hubieras echado gasolina en una fogata donde todos convivían pacíficamente asando bombones y disfrutando los orgasmos por el objeto de su idolatría. Todos los participantes se te echaban encima destrozándote, o por lo menos a tu persona virtual, cuando tú ya estabas muy lejos muriéndote de risa por las reacciones. Por supuesto, eso lo hacías con una identidad falsa creada expresamente, de lo contrario corrías el riesgo de ser perseguido por algún fanático obsesivo y ser mutilado en la vida real.

A quienes hacían esto les llamaban trolls. El troll era un personaje efímero; muchos lo hicimos en ciertas ocasiones y nos aburrimos, otros se lo tomaron a pecho y continuaban haciéndolo sistemáticamente. De ahí se acuñó la frase «Don’t Feed the Troll» (No alimenten al troll), ya que si le respondías con argumentos válidos sin darte cuenta que te estaba viendo la cara, seguía echando leña al fuego y haciéndote enojar. Habíamos quienes nos dábamos cuenta en caso de ser víctimas de los atentados y renunciábamos a la polémica.

Con la llegada de Facebook, la trolleada perdió mucha vigencia debido a la velocidad a la que este nuevo tren corría. Con excepción de los grupos dedicados y privados -ya que las comunidades de Google+ han ganado mucho terreno en este sentido, relegando la interacción de facebook a un simple bar donde nadie toma nada en serio- muchas de las formas de trolleo han mutado enormemente y en el resto de la web existe este fenómeno que a mí en lo personal me gusta llamar «Phishing Intelectual».

El «phishing» es la práctica ilegal -o que debería ser tomada en serio como delito- de engañar a los usuarios del internet mediante tácticas fraudulentas para robar información bancaria y de todo tipo, a través de la llamada «ingeniería social». Ahora navegamos también entre la infinidad de «clickbaits» (anzuelo de clics), que lo único que necesitan para colectar ingresos es que cualquier usuario haga clic en el atractivo enlace y lo comparta. En cierto modo, es entendible. Lo único que necesitan es poner un título lo suficientemente atractivo, digamos «Este niño abrió a su perro para extraerle las tripas ¡no creerás lo que encontró!». El usuario promedio, curioso por naturaleza, le regala un clic y se encuentra con una noticia que la mayoría de las veces no tiene ni pies ni cabeza o resulta un fraude, y al mismo tiempo ha hecho ganar unos centavos al webmaster. Son tantas las posibilidades que costaría demasiado enumerarlas aquí, y no es el objetivo de este artículo (algo que sospechosamente he reiterado en varias colaboraciones).

El «Phishing Intelectual» no es ni ilegal ni dañino, pero es una especie de combinación entre el «troll» y el «clickbait«. Aparece a cada rato, y casi siempre es intencional, pero sin utilidad alguna. El asunto de la quesadilla sin queso es una tendencia en México. Desde que a un humorista desconocido (si alguien conoce el autor, favor de comunicarlo) se le ocurrió crear la imagen de que la palabra quesadilla viene del náhuatl «quetzaditzin» que significa «tortilla doblada», lo cual resultó en tremendo hoax (engaño, bulo) del cual permanece un debate a nivel nacional. A muchos les importa demasiado que a la quesadilla sin queso se le siga llamando así. A otros (yo incluído) nos vale un soberana quetzaditzin.

Lo mismo ocurrió con el asunto de la «Sopa de Caracol», de la hondureña Banda Blanca, una canción que utiliza expresiones del dialecto garífuna como «Wata negui consup» (quiero comer sopa), y que a un vivillo (o tal vez pasado de vivo) pensó que en realidad decía «What a very good soup» (qué buena sopa) y creó un meme que agarró a todo mundo en bajada.

En Facebook a una despistada chica se le ocurrió solicitar en un grupo el libro «Cien años de soledad» de Pablo Cohelo (sic) y se hizo famosa de la noche a la mañana, viéndose atacada por la pléyade de lectores que tal vez saben perfectamente bien quién es García Márquez pero probablemente fallen en conocer otras importantes obras como Finnegan’s Wake de James Joyce, El Péndulo de Foucault de Umberto Eco o El Arcoiris de la Gravedad de Thomas Pynchon, sólo por mencionar tres de ellas tan buenas y probablemente más valiosas y/o complejas, y por lo tanto más intelectuales que la obra más famosa de García Márquez.

Y ese es precisamente el objetivo de este artículo. El lector receloso tal vez dirá: «Eehhh, ¿y tú, te crees muy intelectual porque has leído todas esas novelas?» ¡Nooo! Ese es el meollo del asunto. Sólo leí a Eco y un poco de Joyce, y abandoné de inmediato por ser un escritor cuyas obras son tan complejas y lejanas de nuestra idiosincracia, como si un autor Vegano no fuera comprendido en Arturo. Las novelas que en mi vida he devorado y son mis preferidas tal vez ni siquiera interesen a la mayor parte de los lectores. Nadie está obligado a saber de todo y a conocer de todo, tal vez nuestra única responsabilidad social por el lado cultural es la de estar razonablemente enterado para que no nos agarren en bajada, e… investigar, siempre investigar antes de afirmar.

El problema (que como diría Arjona, no es problema) con el «Phishing Intelectual», más que verle la cara a toda una comunidad de usuarios de este submundo tan inestable como es el internet, es que es un generador de debates, polémicas, enemistades, interminables posts de quienes se pasan de tontos y quienes se pasan de listos, una increíble maraña de discusiones en las cuales a la larga no hay ganadores ni perdedores, cosa que en el pasado no ocurría porque no existía esta impresionante capacidad de intervención que tenemos ahora en el siglo XXI. El «Phising Intelectual» es tan divertido como intrascendente: una gran cantidad de gente se emocionó -y la contraparte que se indignó- con los XV de Rubí, con la popularidad del «Ay, muchas cosas wuuuu!!»; hay quienes se divierten o se ensañan con la proliferación de Ladies y Lords, se dan vida riéndose de Blim con Netflix (por el odio racial a Televisa), y por esto mismo se burlan de la pobre Andrea Legarreta (cuyo único pecado fue decir las líneas que le ordenó la empresa que le paga (algo que ninguna manera es un crimen)). Otros protestaron por la popularidad del Pokemon Go, y en este año ya hay quien se rasga las vestiduras por la tendencia de imitar el pasito perrón que un hereje, quien según los sacerdotes intachables debe ser encarcelado y quemado en leña verde, tuvo la feliz ocurrencia de hacer un video con una efigie del «Niño Dios», en un mercado. Vaya, hasta burlarse de Arjona y defenderlo es motivo de guerillas en las redes sociales. ¿Ganamos algo con retorcernos el hígado?

Mi recomendación, si alguien esperaba obtener de este inútil artículo una moraleja o enseñanza de vida que ya se me estaba olvidando, es que no hay que tomarse nada realmente a pecho, ni demasiado en serio. La gigantesca red a la que pertenecemos es prácticamente una entidad viva, y los memes (término acuñado por Richard Dawkins en la excelente obra The Selfish Gene (El Gen Egoísta)) son células de la misma que se reproducen incesantemente a una velocidad impresionante: a nadie le importa si tienes razón o no, y no aportas nada a la posteridad con tus rabietas. Solamente si opinas con el objetivo de divertir, y de alguna manera con la buena fundamentación que otorga el ser curioso -no culto o intelectual, entiéndase bien- y documentarse adecuadamente, es como se puede salir airoso de esta gran batalla campal que parece no tener fin.

Y como en todo, ambos extremos son desfavorables: el ser demasiado crédulo nos pone en riesgo de quedar en ridículo por caer en cualquier hoax. El ser demasiado pretencioso, igual, con el riesgo de perder hasta la chamba como ese señor que tuvo el gran desatino de ser honesto y expresar su más que respetable opinión -eso sí, cargada de amargura, pero finalmente respetable- sobre un ídolo mexicano cuando no tenía ni veinticuatro horas de haber fallecido. Creo que saben a quién me refiero.

* * *

Ejemplos de noticias engañosas:
Stephen Hawking habla de los mexicanos y su devoción (que el argumento sea acertado no significa que Hawking lo haya dicho).
Detienen al comediante Víctor Trujillo El Brozo por posesión de drogas.
Choca camión de la coca-cola, lo que encuentran en el interior te dejará sin aliento.

256 Sombras Políticamente Correctas


En estos tiempos de corrección política -o ser políticamente correcto- es difícil hablar de un tema delicado sin tocar las fibras de unos u otros, partidarios o detractores, de cualquier lado de la balanza del tema en cuestión. Increíblemente difícil, especialmente en la época en la que cada quien es juez y verdugo solamente utilizando su celular y seguir las pautas de la corriente que va llevando al cardumen de peces opinadores. En el caso de los affaires de Christian Grey, tal vez el personaje más icónico en la moderna tendencia pseudoerótica de las primeras décadas del siglo XXI, el problema reside en legitimizar (o no hacerlo) la violencia hacia la mujer. Ni siquiera es seguro hablar desde un punto de vista documental o artístico. Tampoco es seguro defender (o no hacerlo) el hecho de que la trilogía de novelas originales fueron escritas por E. L. James (nom de plume de Erika Mitchell, sí, una mujer), una mujer que inició publicando la historia como un fan fiction de Crepúsculo (Twilight, 2005); su juego literario fue inesperadamente exitoso y coronado con millones de ejemplares vendidos. La película de la primera entrega fue apaleada por la crítica y regularmente aceptada por el público, mientras que esta segunda entrega, «Cincuenta Sombras Más Obscuras», fue peor recibida por los críticos pero el público la ha consentido mejor. Sin embargo, hacer una reseña profesional de estas cintas y alabarlas o desaprobarlas no es el objetivo de este artículo.

No es un secreto que estas películas son intencionalmente estrenadas en un ambiente de romanticismo enmarcado por el Día de San Valentín en el mundo occidental. El meollo de este asunto es el de definir qué tan válido es el contar una historia -libro o película- y lograr popularizar los juegos de dominio y sumisión, así como el sadomasoquismo, haciéndolos embonar con la naturaleza romántica de la audiencia juvenil. Alguien por ahí protestaba (ya que siempre hay quien protesta, ¿qué clase de mundo sería éste si no pudiese cualquiera protestar?) que se está trivializando la violencia contra la mujer, además de adornarla con un cariz romántico. Tal vez eso es verdad. Pero ¿qué ocurre cuando muchas mujeres están de acuerdo en que es posible aceptar el erotismo del BDSM y no ven absolutamente nada de malo en los juegos eróticos sadomasoquistas? Pregúntenle a Fernanda Tapia. No pocas féminas, bien documentadas, leídas y escribidas, inteligentes y sofisticadas, declaran en algún momento ser fanáticas de estos juegos en los que la fantasía de sumisión femenina provoca genuinos espasmos en sus zonas erógenas. Probable, y seguramente, producto de atavismos biológicos que vienen desde lo más recóndito de su cerebro. Tampoco es extraño que hombres se presten al juego a la inversa. Las mistress que dominan, humillan y someten al hombre son algo común quizá desde tiempos inmemoriales, algo que no podía saberse a ciencia cierta hasta que llegó la magia del cine y el internet.

El problema del feminismo a ultranza no es su argumento básico sino la exageración del mismo. Es por ello que no todas las mujeres automáticamente se suman a la protesta. La mayoría de ellas saben que, por mucho que en la intimidad les excite verse sometidas («dame duro, papi, sí!!» ¿les suena?) es perfectamente posible mantener su dignidad y su estatus en la vida real sin dejarse influenciar por las quimeras sexuales. Son perfectamente capaces de trazar la línea divisoria entre ambos mundos y disfrutar en cada uno de ellos sin mezclarlos. Algo que mucha gente no es capaz de entender ni practicar.

Precisamente en mi artículo anterior El Fin del Demonio mencionaba algunas cintas cuyo tema trascendía el mundo de la ficción para convertirse en polémicas sociales. Una Propuesta Indecorosa (Indecent Proposal, 1993), planteaba la posibilidad de vender el cuerpo, sin corromper el alma. Gracias a esta, la gente «normal» supo que no importa cuánto sea racionalizado, prestar al cónyuge por una suma de dinero no tiene resultados favorables. Nueve Semanas y Media (Nine 1/2 Weeks, 1986) proponía la diversidad de los juegos eróticos a través de un hombre sofisticado en esos menesteres y su impacto sobre una mujer común y corriente. Esta última, a pesar de sus ridículas escenas cachondas, fue un hito en el género y es película de culto a pesar de que fue medianamente tratada por la crítica. Gracias a esta, la gente común se enteró que era perfectamente válido jugar con el cuerpo y la comida pero no lo era el dejar entrar a un tercero a tu cama.

Cincuenta Sombras de Grey (Fifty Shades of Grey, 2015) consiguió lo impensable. Gracias a esta, y con la inercia de Harry Potter y Crepúsculo, muchos jóvenes -que antes no leían- comenzaron a leer (más de lo que lograría cualquier campaña de Librerías Gandhi), y el evento cinematográfico se volvió tan penetrante y tan cool que muchas chicas portaron con orgullo camisetas con la leyenda «Soy Propiedad de Christian Grey» (me encantaría saber qué habría ocurrido si, en lugar del guapérrimo de Jamie Dorman, el personaje de Grey fuera interpretado por Steve Buscemi o Danny Trejo). En Facebook hubo una sorprendente proliferación de perfiles con el epíteto «Amo/a» o «Sumisa» (sólo hagan una búsqueda de la frase de las camisetas). Sí, el BDSM (Bondage y Disciplina; Dominación y Sumisión; Sadismo y Masoquismo) entraba por primera vez al mainstream, la corriente principal que tanto odian los cada vez más olvidados hipsters, para volverse popular entre la juventud sin que alguien pudiera hacer algo al respecto.

Esto nos lleva a pensar que el cine y la literatura de alguna manera influyen en la evolución erótico-sexual de la sociedad. Y no ahondaré en ese punto, ya que tampoco es el objetivo de este artículo.

Sin atender realmente el contexto principal de la historia: cuando vi la primera en el cine (porque no me tomaría la molestia de leer las novelas), pensé que todo iba desarollándose aceptablemente hasta que a la autora se le ocurrió justificar las manías de Christian Grey con el conveniente detalle de que el personaje fue objeto de abuso cuando era más joven.

ABREVADERO CULTURAL: «Fifty Shades of Grey», título original en inglés, alude a un juego de palabras con el apellido Grey, que es homófono de gray (gris); las «cincuenta sombras» (número arbitrario, porque debió haber usado el 16 o el 256) son más bien «tonalidades» de gris (shades of gray), o escala de grises de 4 u 8 bits (16 y 256 tonos). Se refiere a que no se puede ser totalmente bueno o malo, sino que hay muchas variantes en el espectro de la personalidad humana.

En ese instante comprendí que las hordas de fans lectores y enemigos de E. L. James la consideran audaz, objeto de admiración y reprobación, sin tomar en cuenta que, en el fondo, se cubrió la espaldas intelectuales (y morales) con una moralina: si te gustan los juegos sexuales con perversiones, estás irremediablemente enfermo, y/o fuiste víctima de un enfermo que te echó a perder. Los seguidores y detractores de la autora es posible que no conozcan a las clásicas del género erótico como Xaviera Hollander, Anaïs Nin y la más contemporánea autora de la clásica saga de Entrevista con el Vampiro (Crónicas Vampíricas): Ann Rice, cuya serie de libros de La Bella Durmiente haría palidecer a los lectores autoproclamados liberales. Impensables de llevarse al cine, si no se les ensarta mínimo una clasificación de NC-17, algo que no conviene a los estudios cinematográficos. Y cómo no mencionar a la celebérrima Sasha Grey, ahora actriz, escritora y músico (¿música?), quien en la vida real superó con creces la rudeza de su primo Christian sin necesidad de endilgarle el muertito a algún abusador para sentirse bien consigo misma. Bitch, please.

Es obvio que la creadora de Christian Grey supo amarrarse el dedo y ser políticamente correcta, y nunca habría considerado abordar algo tan escabroso como magistralmente lo hizo el autor del guión de 8 Milímetros (8mm, 1999), Andrew Kevin Walker. En el filme, el investigador interpretado por Nicolas Cage logra, después de muchas peripecias, dar con el autor de un filme snuff. Al ser desenmascarado, el criminal le dice al detective, en un emotivo discurso de esos que los villanos suelen aventarse en los momentos cumbres, en lugar de tomar ventaja contra el paciente héroe: «¿Qué esperabas? ¿Un monstruo? No tengo respuestas para nadie, nada de lo que te diga va a hacer que duermas mejor esta noche. No me golpearon, no me violaron, mamá no abusó de mí, papá jamás me violó. ¡Sólo soy lo que soy, eso es todo! ¡No hay ningún misterio, las cosas que hago, las hago porque me gustan!»

Las fanáticas de Grey, por supuesto, siempre dormirán tranquilas sabiendo que no fue su culpa. ¡Pobrecillo, tan guapo y tan cincuenta sombras de arruinado!

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En estos tiempos de corrección política -o ser políticamente correcto- es difícil hablar de un tema delicado sin tocar las fibras de unos u otros, partidarios o detractores, de cualquier lado de la balanza del tema en cuestión. Increíblemente difícil, especialmente en la época en la que cada quien es juez y verdugo solamente utilizando su celular y seguir las pautas de la corriente que va llevando al cardumen de peces opinadores. En el caso de los affaires de Christian Grey, tal vez el personaje más icónico en la moderna tendencia pseudoerótica de las primeras décadas del siglo XXI, el problema reside en legitimizar (o no hacerlo) la violencia hacia la mujer. Ni siquiera es seguro hablar desde un punto de vista documental o artístico.

Tampoco es seguro defender (o no hacerlo) el hecho de que la trilogía de novelas originales fueron escritas por E. L. James (nom de plume de Erika Mitchell, sí, una mujer), una mujer que inició publicando la historia como un fan fiction de Crepúsculo (Twilight, 2005); su juego literario fue inesperadamente exitoso y coronado con millones de ejemplares vendidos. La película de la primera entrega fue apaleada por la crítica y regularmente aceptada por el público, mientras que esta segunda entrega, «Cincuenta Sombras Más Obscuras», fue peor recibida por los críticos pero el público la ha consentido mejor. Sin embargo, hacer una reseña profesional de estas cintas y alabarlas o desaprobarlas no es el objetivo de este artículo.

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El Fin del Demonio

Recuerdo perfectamente cuando era un crío y vi por primera vez el exitoso filme que ha cautivado a los entusiastas del horror, por excelencia: El Exorcista (The Exorcist, 1973). En mi tierna infancia en la que estaba, por supuesto, el impacto fue tal que no pude dormir por varios días y fui presa de tal trauma que cualquier evento bastante habitual, como cuando una silla se movía sola o todos los libros de mi recámara salían disparados del estante, yo lo asociaba con la presencia del Maligno. Y cómo no me impactaría, si las imágenes de la película de 1973 eran crudas, obscuras, y sobre todo, realistas. El Padre Merrin, interpretado por un Max Von Sydow que ya era anciano en ese entonces y sigue siendo igual ahora (casi la versión gringa de doña Sara García), aparece mencionado aquí sólo con la finalidad de hacer la broma sobre el hecho de que parece haber hallado el elíxir de la eterna ancianidad, mismo que ya quisiera encontrar Patrick Stewart.

Pero como hablar de El Exorcista no es el objetivo de este artículo, debo dejar bien claro el hecho de que el horror que me produjo fue temporal y dejó paso a un escepticismo que según yo también es genético y que, al parecer, comparto con la gran mayoría de las personas. Mucho más de lo que ellas creen.

Me explico: la figura de El Diablo, Demonio, Lucifer, Satanás, Belzebú, Mephisto (como te llames, señor, que de cualquier forma, eres el mismo) está tan engarzada en el subconsciente del colectivo cultural que tengo la fuerte sospecha de que a nivel individuo la mayor parte de los humanos lo identifica, en el fondo, como lo que simplemente es: una representación simbólica del mal. Nadie cree realmente que el Diablo -por llamarlo de algún modo- exista y sea un ente rojizo, con cuernos, pezuñas y administrando un antro de salsa por toda la eternidad – mientras la Tierra dure, por supuesto, porque cuando el Sol estalle se queda sin chamba. Y menos tan ocupado en inventar y supervisar los castigos en ese mítico lugar que el caballero andante Alighieri, con la ayuda de su escudero el Bosco, se encargaron de implantar en la mente de la humanidad a través de una obra escrita y pictórica. Pero desconozco realmente en qué momento histórico se originó esa imagen del cornudo con barbita de chivo, y estoy casi seguro que no fue la lotería mexicana de dibujitos.

La cuestión es que -y por fin llegamos al objeto del artículo- nunca he vuelto a ver una película de terror que cause el mismo impacto que la mencionada, que haga que incluso los adultos se tomen en serio el cine como cuestión social (las cintas Atracción Fatal (Fatal Attraction, 1987) y Una Propuesta Indecorosa (An Indecent Proposal, 1993) me vienen a la mente como ejemplos de otro género con el mismo resultado). Sin el mismo impacto social, tal vez Hellraiser (1987) tuvo esa fuerza obscura aunque su complejidad argumental no le permitió llegar al mainstream del mainstream. Sabes que algo ha tenido éxito y verdadera penetración social cuando dos políticos importantes u hombres de negocios hablan del tema en momentos de extrema ocupación. El Exorcista hizo eso y no creo que en un futuro ocurra, ya que ni Chucky, ni Annabelle ni cualquier muñeco endemoniado es tomado en serio ni por los niños, y la franquicia de Actividad Paranormal pronto perdió la novedad y la credibilidad con la cantidad de secuelas que aparecieron.

Mi punto es, que el cine de horror ya no asusta. No tendría por qué: las audiencias son más maduras, el público es más enterado del quehacer de la efectología y el maquillaje, y -lo repito- nadie cree realmente en «el Diablo». Esto es fundamental para ser impactado. La ambientación y la compañía en una sala de cine fomentan la tensión y el sobresalto, pero a la salida no comentan más de cinco minutos para pasar a otro tema. Y nadie llega a su casa para no poder dormir, salvo uno que otro incauto e ingenuo que cree en verdad que «el Diablo», y sus ocupados demonios lacayos, no tienen otra cosa mejor que hacer que llegar a tu casa (eso lo dijo uno de los del stand up) a moverte las lámparas y tocarte las puertas. Esos son los poltergeist.

El público madura. Lo que nos asustaba hace treinta o cuarenta años ahora a los chicos no les hace ni cosquillas. La mayor parte de los niños actuales se ríen de Linda Blair como la pequeña Regan cuando la cabeza le da vueltas y baja por las escaleras como araña revirada. Eso se llama decadencia.

(no muy grande)

Y cuando de plano supe que el Diablo y sus menesteres estaban verdaderamente devaluados fue cuando en la película El Fin de los Días (End of Days, 1999), un religioso afirma que según una antigua profecía, el Anticristo arrivaría a la Tierra para propiciar el Juicio Final, exactamente a las doce de la noche del 31 de Diciembre de 1999, a lo que Arnold Schwarzenegger pregunta, inocentemente «¿Hora del Este o del Pacífico?».

Desde entonces, ya no hay nivel.

El Fin del Demonio (EddyWarman.tv)

Recuerdo perfectamente cuando era un crío y vi por primera vez el exitoso filme que ha cautivado a los entusiastas del horror, por excelencia: El Exorcista (The Exorcist, 1973). En mi tierna infancia en la que estaba, por supuesto, el impacto fue tal que no pude dormir por varios días y fui presa de tal trauma que cualquier evento bastante habitual, como cuando una silla se movía sola o todos los libros de mi recámara salían disparados del estante, yo lo asociaba con la presencia del Maligno. Y cómo no me impactaría, si las imágenes de la película de 1973 eran crudas, obscuras, y sobre todo, realistas. El Padre Merrin, interpretado por un Max Von Sydow que ya era anciano en ese entonces y sigue siendo igual ahora (casi la versión gringa de doña Sara García), aparece mencionado aquí sólo con la finalidad de hacer la broma sobre el hecho de que Max parece haber hallado el elíxir de la eterna ancianidad, mismo que ya quisiera encontrar Patrick Stewart.

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Trump y el “Pensamiento Deseoso” (EddyWarman.tv)

No han pasado ni dos semanas desde que el simpático Donald J. Trump tomara posesión del asiento del famoso Despacho Oval de la Casa Blanca y ya ha tomado varias decisiones que nos afectan, directa o indirectamente, al resto de los países del mundo. México es tal vez una de las naciones a las que más ha humillado -o intentado humillar, dependiendo como lo vean- en su loco tren de racismo, discriminación y supremacía. El odio y el desprecio por los inmigrantes, la construcción del famoso muro, su misoginia, el supuesto video en prácticas de urolagnia con prostitutas rusas, son tantos los temas y tantas las bromas que se han hecho con memes para atacar por medio de la burla y el escarnio a tan patético personaje, que sería imposible coleccionarlos en un solo artículo de esta columna, por lo que dejaré de lado esa intención inicial, para enfocarme en el tema.

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Trump y el «Pensamiento Deseoso»

No han pasado ni dos semanas desde que el simpático Donald J. Trump tomara posesión del asiento del famoso Despacho Oval de la Casa Blanca y ya ha tomado varias decisiones que nos afectan, directa o indirectamente, al resto de los países del mundo. México es tal vez una de las naciones a las que más ha humillado -o intentado humillar, dependiendo como lo vean- en su loco tren de racismo, discriminación y supremacía. El odio y el desprecio por los inmigrantes, la construcción del famoso muro, su misoginia, el supuesto video en prácticas de urolagnia con prostitutas rusas, son tantos los temas y tantas las bromas que se han hecho con memes para atacar por medio de la burla y el escarnio a tan patético personaje, que sería imposible coleccionarlos en un solo artículo de esta columna, por lo que dejaré de lado esa intención inicial, para enfocarme en el tema.

Creo que no soy el único que temió y sintió verdadera ansiedad cuando vimos el sorprendente ascenso de Trump con su exitosa campaña. Mis sospechas de su victoria crecieron de golpe cuando leí el artículo de Michael Moore 5 razones por las que Trump ganará (en inglés). ¿Por qué? Por la sencilla razón de que Moore exhibió las razones de peso, las que muchos sospechaban pero no querían creer, los puntos clave que tenían verdadera relevancia en el quehacer de una nación que no dista demasiado de sus vecinos del sur en cuestiones electorales. Uno de sus argumentos principales fue el que el país ha mejorado y hay grandes avances en materia social: la no discriminación a las minorías, mejores leyes ambientalistas, la violencia a la mujer y el racismo realmente son mal vistos y condenados, la legalización de la mariguana, etc. … sin embargo todo esto prospera principalmente en el núcleo de votantes que no acude a las casillas. Si el presidente de los Estados Unidos de América se eligiera a través de Facebook, Twitter y los X-Box y PlayStations, la derrota de Trump sería inminente.

Con lo que nadie contó fue con la gran fuerza de los apoyadores radicales del señor del peluquín. Toda esa gente cuyo odio racial, creencia en la supremacía blanca y feroces sentiminentos discriminadores suprimidos, para quienes Trump es un héroe que realmente hará a América grande de nuevo, fueron los realmente inspirados para salir a poner su voto.

Pero todos (¿cual sería el porcentaje de esos todos) creíamos y queríamos creer que existe una inteligencia colectiva que no permitiría el ascenso de un simio, de ese tamaño y calaña, al puesto de mayor poderío del planeta. Craso error. La inteligencia colectiva se durmió y Trump llegó a la Casa Blanca ante la mirada desanimada del resto del mundo. Fuimos víctimas, todos sus detractores, del «Pensamiento Deseoso».

¿Qué es el «Pensamiento Deseoso»?

O «Pensamiento Ilusorio» (en inglés, «Wishful Thinking») es la formación de creencias y toma de decisiones de acuerdo a lo que es placentero de imaginar en lugar de apelar a la evidencia, racionalidad o realidad. En resumen: creamos conclusiones en base a lo que deseamos. Ocurre y aplica en todas las áreas de nuestro comportamiento diario. A veces ganamos y las cosas pasan como esperábamos, pero en la mayoría de las ocasiones vemos con sorpresa y desconcierto que no se cumplió lo que supusimos a pesar de todas las deducciones y análisis cuyos resultados salieron definitivamente a nuestro favor. Cuando apuestas a tu equipo favorito desmenuzando los mejores desempeños de los jugadores en quien más confías y las más notorias fallas y carencias del equipo contrario. Cuando tienes la seguridad que te darán un empleo porque ya checaste a todos tus competidores y concluyes que son inferiores a ti. Cuando sabes que vas a lograr algo en determinado lapso después de hacer estrictas líneas de tiempo y planificas todo hasta el más mínimo detalle (y oh, sorpresa, el tiempo se te vino encima). Hay infinidad de ejemplos al respecto pero muchos entran en el terreno filosófico-teológico y no conviene ahondar en esas aguas turbias.

BIENVENIDOS A LA REALIDAD

La cuestión es que en el caso de Trump, se trató de un Pensamiento Deseoso a nivel mundial. Leímos decenas de análisis que aseguraban que era imposible que Trump obtuviera la victoria con todos estos arrebatos y desmanes, atentados contra el sentido común. No puedo imaginar a los optimistas (y lambiscones) en el equipo de la Hillary convenciéndose entre todos que ella era quien tenía la victoria asegurada por su brillante desempeño en los debates, en los cuales dejó al Donald «como trapo de cocina». Y como en México también ocurrió, les comparto por lo menos el tuit que más me hizo reir en ese sentido, relativo al hashtag #FueraTrump:

Entre todo estp, un artículo rebatió uno por uno los puntos expuestos por Moore en su brillante texto maldito: 5 razones por las que Michael Moore está equivocado sobre la victoria de Donald Trump (en inglés). Eso, señores, es el Pensamiento Deseoso. Opera esclavizando nuestro propio subconsciente, obnubilando nuestra objetividad y haciéndonos ignorar las pruebas más poderosas que fungen en contra de lo que quisiéramos que fuese. Y no podemos culparnos, es una reacción completamente humana, y ha funcionado así desde que los primeros homínidos contemplaban el Sol y la Luna y estaban seguros que adorándolos obtendrían mejores resultados en la caza.

Más aún, con el advenimiento de la información omnipresente, una obra como El Secreto, que invoca nuestro más arraigado optimismo, pretende convencernos que, deseándolo fervientemente, cualquier cosa -sí, en serio, cualquier cosa– puede lograrse sin importar qué tan difícil (o imposible) sea. Y siempre presenciaremos el éxito de estas publicaciones porque nos hacen sentir que nada, absolutamente nada, nos puede detener.

Conclusión: no debemos sentirnos mal porque nuestros pronósticos fallaron. Creímos en todos los analistas políticos, en todos los posts y tuits que aseguraban que no llegaría, creímos en la inteligencia mundial y en nuestro angustiado corazón. Ahora, los más pensantes del mundo en la escena política aseguran que Trump no durará mucho en su flamante puesto. Ese es otro de esos pensamientos infames. Y se vale deleitarnos en este.

Como bonus, y como compensación por haber soportado este descorazonador pero realista artículo, les regalo una frase que alguien inadvertidamente me soltó hace muchos años, y que la experiencia misma me ha demostrado que siempre funciona sin importar qué tanto no la creamos, por lo que a todos nos debería hacer sentir mejor:

EN EL CAMINO SE ACOMODAN LAS NARANJAS

Pásenla bien.