Trailer: Phoenix Forgotten (2017)

—Tengo una buenísima idea para hacer una peli. ¿Me la financían ustedes?

—A ver…

—Esta es la sinopsis: El 23 de julio de 1997, tres estudiantes de cine de secundaria desaparecieron mientras acampaban en el desierto de Phoenix. El propósito de su viaje era documentar su investigación sobre unas extrañas luces vistas en el lugar. Nunca más se supo de ellos. Veinte años más tarde, Sarah Bishop, un director de documentales y el hermano menor de uno de los desaparecidos, vuelven a Phoenix para investigar las desapariciones. Allí descubren una cinta de la noche de la desaparición del grupo.

—Wowww!!!! Super original! Shut up and take my money!!!

 

Las opiniones y los Pokémon (en mi arrogante opinión)

Es una frase clásica, y todos la hemos escuchado alguna vez: «respeta mi opinión». Igual, y como ya he dicho anteriormente, es un concepto que se ha grabado en el subconsciente colectivo: todas las opiniones deben ser respetadas. Interesante. Parece una afirmación cabal y sensata. Todos quisieran que sus opiniones, es decir, sus ideas -que al cabo aquellas son vehículo de éstas- sean respetadas y que nadie sea capaz de desafiarlas ni ponerlas en duda. Cuando eso ocurre, el opinador normalmente se molesta, es consumido por la ira y termina con gran resentimiento en contra de quien se atrevió a sostener que su idea es un asco.

Y en la misma venia, hemos escuchado una de los recursos más comunes, que generalmente es funcional -pero no por ello válido- para el primero que lo utiliza: «es que tú nunca quieres perder». Esto es muy curioso. Jamás he conocido a alguien que en una polémica o discusión quiera ser vencido. ¿Ustedes sí? Cuando mucho, encontraremos a alguien que suela callarse aunque tenga la razón, dependiendo de su prudencia y sentido común o de la vehemencia agresiva del contrincante.

En otros casos podremos presenciar cómo, al agotársele los recursos, uno de los dos luchadores ideológicos comienza a insultar al otro sacando a la luz asuntos personales. Esto es algo que ocurre mucho en los pueblos de provincia, como en el lugar del que yo procedo. En el mejor de los casos de agotamiento de ideas y recursos intelectuales o de conocimiento, el discutidor cansado termina diciendo: «bueno, al final todo es cuestión de opiniones». Y de alguna manera echan mano de las socorridas frases como «el cristal con que se mira» o «el vaso medio vacío o medio lleno».

La cuestión de las opiniones es un asunto bastante complicado. Todos los enfrentamientos, trifulcas, pleitos y guerras que han ocurrido durante los millones de años de existencia del homo sapiens, incluyendo los crímenes e injusticias, han sido originadas por diferencias ideológicas y de intereses que defienden a las mismas. Desde la más común discusión de pareja hasta el más grave conflicto internacional que ha puesto a toda la humanidad al borde del abismo, tienen su origen en ello.

Nuestro nivel de cultura y el grado de civilización al que pertenecemos nos ha dado el don de la palabra, y nuestro cerebro ha evolucionado para perfeccionar el razonamiento. Es cierto que aún nos falta mucho camino por recorrer como especie, pero a estas alturas ya todos deberíamos ser capaces de utilizar la objetividad y el pacifismo como medio para evitar los conflictos, en todos los niveles humanos. Sin embargo, no sucede así, y el descubrir porqué es un asunto bastante complejo y además… no es el objetivo de este artículo.

Hace ya bastante tiempo, se me ocurrió una analogía muy curiosa sobre el asunto de las opiniones. Sucedió cuando precisamente alguien con quien discutía, me soltó la consabida frase: «¿por qué no respetas mi opinión?» En ese momento, todo estuvo claro. Fue revelador. Estaba de moda el juego de Pokémon (no el Pokémon Go, ese es reciente), la exitosa franquicia de Nintendo. En este videojuego, el jugador colecciona Pokémones (no discutamos el plural, porfis) para entrenarlos y enfrentarlos a los de otros jugadores en una arena. Dicho de otro modo: los jugadores no pelean entre sí: sus monstruos de bolsillo son los que se destrozan entre ellos (con la salvedad de que no se matan, sino que son capturados por el jugador que obtiene la victoria).

Las opiniones más o menos son así. Nadie está obligado a respetar la opinión de otra persona. Todos estamos obligados -por civismo, educación, sensatez, ustedes digan- a respetar a las personas. Pero sus opiniones, sus ideas, como los Pokémon, deben echarse al ruedo a batallar ferozmente, y agredirse, golpearse, mutilarse, desgarrarse, destrozarse, madrearse y desmadrarse, desguangüilarse (como dicen en mi pueblo) y si es posible, asesinarse brutalmente. Nadie comete delito ni crimen por no estar de acuerdo con alguien. Siguiendo este planteamiento, igualmente nadie está obligado a decir: «en mi humilde opinión», ya que es como la acción de amarrarse el dedo disfrazada de cortesía, aunque tampoco recomendaría usar la antónima: «en mi arrogante opinión», pues suena ridículo. Al mismo tiempo, nadie debe sentirse agredido porque su opinión no sea «respetada». El que no «respeten» tu opinión no significa que no te respeten a ti, y al mismo tiempo hay que meterse en la cabeza que el que alguien te diga que tu opinión es una pendejada, tampoco implica que tú seas un pendejo. Es sólo su opinión, y tampoco tienes porqué respetarla.

https://www.youtube.com/watch?v=fd1MwYwvGzU

Si esta situación pudiese aprenderse a partir del videojuego mencionado, el cual aparentemente es una alegoría de las situaciones interpersonales, interinstitucionales e internacionales, tal vez se terminarían muchos de los conflictos que aquejan a la humanidad; sin embargo esta idea -tan debatible e irrespetable como cualquiera- ya entra peligrosamente en el terreno del idealismo rosa. Resultaría extremadamente ingenuo proponer -colindando con el terreno de la ficción- que todas las discordancias humanas se resolvieran con avatares, desde Pokémons hasta personajes creados ex professo para el fin. ¡Qué bello mundo sería entonces! Desafortunadamente, es algo que nunca ocurrirá.

Pero a nivel personal sí podemos hacer algo. Permítame por favor querido lector, hablarte de tú, y directamente.

Cada vez que alguien emita una opinión con la que no estás de acuerdo, o encuentras que alguien se molesta con tu opinión, deberías ejecutar los siguientes pasos:

En primer lugar, enviar a tu enemigo ideológico aquí, a este artículo (el url o dirección web está ahí arriba, si los estimados Eddy Warman y la webmaster Tere Chacón me perdonan el pecado autorreferencial y el tal vez inminente alud de accesos a la página, que podrán ser confundidos con un ataque DDOS al servidor, cuando esta idea innegablemente genial se viralice), para que se entere de qué lado masca la iguana.

Después, una vez que tu contrincante está familiarizado con el esquema, entonces deberán conseguir un avatar, de preferencia en alguna red social o algún foro. Pongamos una red social. Por ejemplo, en Facebook. Cada quien deberá crear un personaje ficticio, que lo represente (eso es en realidad un avatar, por si lo que te vino a la mente fueron unos seres azules que en realidad se llaman Na’vi).

Una vez creado el avatar de cada uno, entonces pueden abrir un grupo en Facebook (abierto o privado) específicamente para discutir esa idea y desafiar la opinión del contrario. Con su avatar deberán entrar al grupo creado (que puede ser llamado por ejemplo Chairo vs Peñabot – porqué creo que mi partido es mejor que el tuyo) y comenzar a debatir entre ellos. Los avatares pueden decirse lo que quieran, pueden insultarse defendiendo la opinión, pueden agredirse -como ya dije- brutalmente y tratar de hundir al contrario en la ignominia y la humillación, procurando siempre -esto es muy importante- no tocar jamás ni un pelo de la vida privada o la persona del contrincante. Recuerden que cada avatar representa, más que sus personas, sus opiniones e ideas.

Para hacerlo más divertido, les recomiendo hacer el grupo abierto e invitar a sus amigos, familiares y conocidos, seguro que pasarán un buen rato presenciando la masacre virtual, pero eso sí, nadie debe intervenir ni tomar partido.

Y cuando ambos se encuentren en persona, tratarse tan cordialmente como siempre lo han hecho (ya sea de abrazo, palmada en la espalda o pellizquito, como acostumbren), sin guardar una gota de rencor. Recuerden que sus enemigos son sus opiniones, no ustedes mismos. E invitarse mutuamente una comida o unos tragos, para comentar un buen rato y reírse de sus avatares en guerra.

Al final, esto hará que valga la famosa frase de Evelyn Beatrice Hall, con frecuencia erróneamente atribuída a Voltaire: Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo. Bueno, esa es mi humilde opinión.

Otra tonta película palomera

Cuando Steven Spielberg y George Lucas crearon su legendaria colaboración Los Cazadores del Arca Perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981), no creo que se hayan imaginado el resultado que tendrían con esta película que, siendo una especie de homenaje a los seriales de los años 30 y 40 que se disfrutaban mejor en matinés dominicales de los años antediluvianos del cine pre-Star Wars, parecía solamente cumplir el capricho de Lucas de modernizar un estilo que él adoraba y sabía poco apreciado por la crítica especializada.

Y la primera aventura exhibida de Indiana Jones terminó siendo un éxito sin precedentes, ahora históricamente explicado con la inercia que ambos traían de Star Wars (1977), Tiburón (Jaws, 1975) y Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977). Nominada a varios premios Oscar incluyendo Mejor Película y Mejor Director, con varias secuelas y una serie de televisión, sigue siendo una de las películas más exitosas de todos los tiempos. Y, sorpresivamente, era una película palomera. ¿Cual fue la razón de su éxito? Tal vez la gran capacidad y talento de Spielberg y Lucas (sin contar el carisma de Harrison Ford), quienes dominaron prácticamente la era de la ficción de los años ochentas con sus imaginativas propuestas. Pero, como siempre, elogiar a lo loco el talento de estos cineastas no es el objetivo de este artículo.

Desde hace mucho tiempo he pensado que algunos críticos y los responsables de la academia tienen un concepto equivocado de lo que es el cine como arte, partiendo de la pérdida de la concepción inicial de la creación cinematográfica. En efecto, el llamado séptimo arte es el celuloide (otra palabra para «cine»), sin embargo muchos argumentan que no todo el producto del cinema (y otra palabra) es arte. Si lo llamamos expresión artística, entonces es válido, sin embargo hay una mala idea, muy extendida de lo que debe ser la expresión en «la pantalla grande» (término que ya no es cien por ciento válido, pero todo sea por no repetir tanto la palabra cine).

Toda expresión artística se populariza. Los grandes maestros del pasado antiguo, pintores, escultores y escritores, tenían una capacidad sobresaliente que les permitía crear sus productos con una finalidad estética y comunicativa y eran parte de una élite consentida por la monarquía y las castas superiores. Ojo, no solamente hablamos de estética, también la trasmisión de ideas era uno de los fines. Luego llega la tecnología, y en el siglo veinte se consolida como un nuevo vehículo para la expresión. Las primeras películas (no discutamos aquí el origen de la palabra) se dedicaban a sorprender al espectador con efectos especiales primitivos, como Un Viaje a la Luna, de George Meliés, tal vez la primera superproducción palomera que existió, aunque no se hubiese iniciado la práctica íntimamente ligada de comer palomitas. A medida que la cinematografía avanza, comienzan las obras espectaculares, como Ben Hur y Los Diez Mandamientos, por nombrar dos.

https://www.youtube.com/watch?v=CGII3KEs63U

Damos un brinco al siglo XXI. La creatividad comienza a menguar en el ámbito del celuloide (por no decir «en el mundo del cine») y cada vez es más difícil (como en la música y la literatura) encontrar obras originales y que nos llenen de ese sabor que nos daban las producciones que nos enamoraron originalmente. El -ya no puedo más- cine americano, el hollywoodense, el más consumido a nivel mundial, se llena de refritos, de reboots, de remakes y de secuelas y precuelas. No puedo culpar a los empresarios de Hollywood. Ellos quieren hacer dinero, es su razón de existir.

Pero, vamos a ser honestos. Estados Unidos, y en especial en Hollywood, es donde se cuenta con el mejor craftmanship cinematográfico del mundo. Estoy refiriéndome, en especial, a las películas espectaculares. No pocas veces escucho, cada vez que sale una nueva superproducción, decir a la gente que es «un churro». Los críticos populares más especializados (esos que sólo van a las salas a divertirse) las denigran la mayoria de las veces con la frase «sólo es una película palomera». Y las expresiones me han llamado la atención últimamente: «la película es buena, pero palomera». Es decir, me divirtió, pasé un buen rato, no me hizo pensar mucho, y como no tiene un buen guión (a veces dicen «no tiene guión», lo cual es, técnicamente, una falsedad a menos que se afirme que es dicho figurativamente), ni trata un tema de importancia social, cultural, político o mundial, entonces la película es degradada como «simple película palomera» y no vale la pena de apreciar. ¿Qué van a decir los fans del Ciudadano Kane o Casablanca si se enteran que me gustó más que esas?

Star Wars (1977) (una película palomera) perdió el Oscar ante Annie Hall (1977), una historia no de las mejores de Woody Allen; y cómo no, la primera era sólo para divertir a la chaviza con una simple odisea espacial, con un argumento reciclado de Akira Kurosawa, y los señores pretenciosos de la Academia no podían rebajarse a premiar esa tonta aventura cuando tenían enfrente a una insulsa comedia pero que era apreciada por los intelectuales de la época. E.T. El Extraterrestre (E.T. The Extraterrestrial, 1982) una película palomera acerca cautivó el corazón de millones de espectadores en todo el mundo, fue la favorita de las masas, incluyendo a los cinéfilos pensantes, y sin embargo, ellos prefirieron darle el mayor reconocimiento a una aburrida biografía de Gandhi, que hasta el momento la mayoría no recuerda.

Lo cual se me hace tremendo desatino. En especial, las películas de superhéroes sufren actualmente esta discriminación intelectual, y otros géneros tampoco se salvan. En un mundo (in a world…) en que los héroes de capa y poderes sobrehumanos ya no solo detectan a un «malo» para perseguirlo y acabar con él y sus secuaces al ritmo de Pows!, Krunches!, Zaps! y Klonks!, sino que ahora tienen motivos más elevados para sus actividades, discuten temas de importancia mundial, de discriminación y racismo, se vengan, tienen agendas personales, generan alianzas, revoluciones, guerras civiles, son atormentados, filosóficos, iconoclastas, e incluso mueren y resucitan antes de tres días; ellos, todos ellos, deben sufrir la peor de las injusticias: el no poder mirar, dirigirse a, y romper la cuarta pared, para decirle a los espectadores que están ahí porque quieren decirle algo, que su género también está trasmitiendo mensajes importantes.

Christopher Nolan entró al quite a dirigir su trilogía del caballero oscuro e intentar conseguir el mayor premio de la Academia para acabar con el prejuicio, algo que no logró, siendo que El Señor de los Anillos (The Lord of the Rings, 2003) ya había logrado lo que en su momento logró El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991): conseguir la deseada estatuilla, el máximo reconocimiento mundial en una película que antes era subgénero, ahora integrado el mismo al mainstream. La saga de X-Men ha creado toda una subcultura en su zigzagueante línea de tiempo y sus congéneres Avengers han luchado entre ellos, unos defendiendo su independencia y otros reconociendo la necesidad de aliarse con el gobierno para mantener al mundo tranquilo y no temeroso. Batman cree que el nativo de Krypton es una amenaza y Superman cree que el caballero de la noche es un delincuente que no es rival para él, mientras trata de conciliar la simpatía de la humanidad para con él.

No son temas nuevos, pero definitivamente ningún otro tema lo es. Si nos ponemos a destripar los argumentos de todas las películas, palomeras y sus contrapartes del «cine serio», descubriremos que las tramas no han cambiado en lo más mínimo. Christopher Booker, en su libro Los Siete Argumentos Básicos (The Seven Basic Plots, 2004), enumera estos únicos posibles recursos (literarios, que sirven para todo):

1. La lucha contra el monstruo.
2. La transición de la pobreza a la riqueza.
3. El viaje de un héroe para salvar a su patria y conseguir el amor.
4. El viaje a un lugar extraño y el regreso a casa.
5. La comedia, de la confusión al orden.
6. La tragedia, el ser humano peca y se enfrenta a las consecuencias.
7. Y el renacimiento, o redención, que ocurre después de un duro aprendizaje.

Básicamente, todas las películas buenas o malas que conocemos, están incluídas en uno o varios de estos esquemas argumentales.

Últimamente, Logan (2017) representa un «pico» en las historias de superhéroes. Bastante oscura, con mucho gore, y redención a través de la tragedia, la cinta trasciende el género y se consolida como uno de los mayores logros entre sus parientes cercanos. Algo que nunca será reconocido por la academia, aunque ya la mayoría de los críticos especializados ha sabido aceptar (92% en Rotten Tomatoes). El año pasado, Doctor Strange (2016), obra de la cual pocos apreciamos su magistral resolución, consigue 90% en RT, precedida por la misma hazaña de algunas otras del mismo universo cinemático. Los últimos años, películas catalogadas inconscientemente como infantiles, como Intensa-mente (Inside Out, Pixar, 2015), una deliciosa aventura freudjunguiana y El Libro de la Selva (The Jungle Book, 2016), un hermoso remake del clásico de Disney, consiguen 98% y 95% respectivamente, además de contar con el favor del público.

https://www.youtube.com/watch?v=QkGhj6MTuaM

¿Por qué es esto importante para el punto? (que fuera del mundo cinéfilo, no tiene la mínima importancia). Porque es una evidencia de que el cine fantástico también es importante y es una forma de arte tan válida como el cine (mal llamado) de arte. Yo me niego a aceptar que una película infantil o de superhéroes bien hecha no tenga el mismo reconocimiento que una aberración como Luz de Luna (Moonlight, 2016) o una película «seria» como The Revenant, (2015), aunque también entiendo que sería dificultoso dividir el premio principal de la Academia en géneros y subgéneros: Mejor Película (Animación-Comedia-Acción-Superhéroes-Romántica-Horror-Infantil-Biográfica), etc.), pues la taxonomía ya por sí misma es algo compleja.

Mi recomendación (esta vez sí hay un mensaje, y muy bueno) es que hay que aceptar cuando una película nos haya gustado, sea el género que sea, y no hay que justificar nuestra diversión sólo por lo que los demás puedan pensar de nosotros. Estoy casi seguro que hay quienes inconscientemente se han olvidado que existen muchas formas de divertirse, porque han perdido esa «capacidad de asombro». Quiero creer que no hay película realmente mala, pues hasta el mismo Ed Wood tenía un punto. Y como alguien dijo con mucha razón: «si nos despierta y nos mueve emociones, entonces, a pesar de todas las críticas, es una buena película».

El Pueblo que Gritó Bruja

Tenemos un grave problema como sociedad: no hemos evolucionado en realidad desde el siglo diecisiete. Y no estoy hablando como país, me refiero al mundo entero. El exceso de información nos está consumiendo de la misma forma en que la falta de la misma consumía a los de aquella centuria fatal. Y es aún peor cuando esa información resulta manipulada y sacada de contexto.

Hace unos cuantos días fue subido un video a las redes sociales en donde un profesor de la Prepa 10 de la Universidad de Guadalajara, Ramón Bernal Urrea, quien en un sentido de escenificación emitió algunas palabras (mal llamadas por los delicados) «altisonantes» y algunas actitudes machistas para ejemplificar a los alumnos la realidad de la violencia doméstica y prevenirles caer en esas prácticas. No se necesita ser muy inteligente para deducir que los educandos que grabaron el video editaron solamente la parte agresiva lo hicieron con dolo, tal vez para quedar bien sus compañeros y presumir su hazaña, ya que en esa edad cualquiera es un héroe ante sus compañeros por perjudicar, sin detenerse a pensar en las consecuencias, a cualquier miembro de las filas docentes. En unos cuantos días, al pobre maestro le llovieron críticas e insultos en las redes, tachándole de misógino, machista y todos esos adjetivos criminales que para muchos en estos tiempos es un deleite pronunciar.

https://www.youtube.com/watch?v=AU8qBsYdoTY

No sé ustedes, pero el asunto a mí me llena de indignación. Desde los traidores alumnos que descontextualizaron al profe, la directora que (por quedar bien) accedió a procesarlo en lugar de defenderlo, los medios «serios» que repitieron la noticia como loros, hasta la gente que lo comparte para quedar como héroes sociales en sus microuniversos, todos parecen conspirar involuntariamente para llevar al cadafalcum a un desafortunado profesor que hacía su mejor esfuerzo para concientizar a sus pupilos.

La razón de este linchamiento mediático me queda muy clara. Hay un hambre generalizada de justicia, cuyo desahogo ha sido potenciado con la proliferación de los smartphones con cámara y en general de todas las computadoras con acceso al internet. Los salvapatrias desde la comodidad de su teclado resuelven los problemas del país pendejeando sistemáticamente al presidente, los justicieros enmascarados ridiculizan a un nuevo lord o lady e instantáneamente hacen de este un mundo mejor, en las oficinas de gobierno los funcionarios públicos son grabados cuando hacen gala de prepotencia y los juniors son exhibidos cuando se sienten los dueños de la ciudad. A esto se le suman las denuncias de los ciudadanos super cívicos siempre prestos para desenfundar su gadget cuando ven a algún mal ciudadano estacionando su coche donde no debe, una mujer que trata con superioridad a empleados que no los merecen o simples amas de casa que tiran la basura en lugares inapropiados. Los Dones y Doñas Vergas nunca habían estado tan vigilados por el Gran Hermano de la inteligencia(?) colectiva.

Y no digo que esté mal, vaya: poner el granito de arena para hacer de este planeta el lugar perfecto para vivir nunca será una mala acción, como tampoco lo es quemar a las infames practicantes de la magia negra, amantes y adoradoras de Satán, que amenazan perturbar la paz y tranquilidad de los lugares bendecidos por el Señor. En los años 90, claro está. Y del siglo diecisiete, más claro aún.

El episodio de los juicios de brujas de Salem fue uno de los casos históricos más sonados de «histeria masiva» y «pánico moral». Al ser etiquetadas como «brujas», las infortunadas mujeres recibían su sentencia de muerte por ser, tal vez, adelantadas a su tiempo, ingeniosas, ateas, odiosas o, simplemente, feas. Y no solamente las feas, las que eran demasiado bellas y objeto de envidias también eran acusadas de brujería y ¡ay! de quien se atreviese a defenderlas porque también caía en la calumnia. Calumnia, porque, entre nosotros, queridos lectores, sabemos con seguridad que las brujas -en el sentido estricto de la palabra- y la brujería, no existen. Si alguno de ustedes cree que es posible doblegar las leyes de la naturaleza creando pociones, hechizos y ritos, con la ayuda de un ser infernal que tampoco existe, entonces eso es parte de otra polémica que tampoco es el objetivo de este artículo. (¿¿otra vez??)

El caso es que, debido a las leyes de la ignorancia, el hambre -y la sed- de justicia, la envidia y el dolo, y muchas veces la maldad pura (y para el caso, también el exceso de bienaventuranza, conceptualizado en el deseo de ponerse del lado del Señor y recibir su gracia), solamente era necesario señalar a la persona infortunada, o a veces simplemente hacer el comentario de sospecha, para que fuesen llevadas ante los magistrados y, en la mayoría de las ocasiones, perder en el juicio y ser quemadas en la hoguera, colgadas o torturadas hasta la muerte. Sólo en estos juicios se llevó a la muerte a 20 personas, y en la cacería de brujas generalizada, de 1450 a 1750, se estima un saldo de aproximadamente 100 mil ejecuciones.

Ahora estamos en un nuevo Salem. No sé qué tanto los dueños de las redes sociales estén conscientes de que son artífices de estas irónicas injusticias, junto con los irresponsables periodistas que buscan la nota fácil y los bloggers y youtubers que se suman al linchamiento por unos cuantos miles de clics. Nadie se detiene a pensar el número de víctimas, que hasta el momento debe superar al de brujas ejecutadas, contando a los infortunados que pierde su trabajo, su honor, su credibilidad, sus matrimonios, e incluso sus vidas cuando se trata de víctimas de bullying o videos sexuales que se rolan sin reflexionar el tremendo daño que se inflige. Y con ello nos damos cuenta que de la época de las brujas de Salem a la fecha, la sociedad, llena de avances tecnológicos y culturales, no ha cambiado en trescientos veintitantos años.

Porque es tan hermoso para tanta gente el gritar ¡bruja!, sin reflexionar antes si la persona señalada es de verdad non grata o un inconveniente para la sociedad, y observar con plácemes cómo generaron un nuevo fenómeno viral. ¡Oh, sí! Debe ser muy satisfactorio para esos jóvenes que su hazaña esté en boca de todos los medios posibles sin pensar que han sacrificado a un inocente, quien ha labrado con esfuerzo una familia y una carrera y, gracias a su chistecito, su reputación quede por los suelos y con riesgo de no volver a trabajar.

Por suerte (y actualizo esta nota a medida que la voy terminando) parece que hasta el momento el profesor Bernal se ha defendido con éxito y algunos medios e instituciones han salido en su apoyo, a lo cual me sumo. No tengo los datos fidedignos, ya que a estas alturas no puede creerse cualquier cosa a la ligera. Pero un hecho es cierto, lo que los verdaderos justicieros quisiéramos es algo que es muy raro que ocurra: que los autores del desaguisado graben un video certificando y constatando que son alumnos del profesor Bernal y que se les hizo muy gracioso viralizarlo y poner, literalmente, su vida en peligro. Más o menos como cuando Tania Reza y Enrique Tovar aparecieron disculpándose y diciendo que el acoso sexual en ATM! fue simulado.

El caso es que ya no podemos creer en nada.

https://www.youtube.com/watch?v=lMInFgtvxTA

La Balada del Estúpido Cerdo Machista y la Maldita Guerrera Feminazi

El pasado jueves 2 de Marzo tuve el honor de participar como columnista invitado en el programa de Eddy Warman en 88.9 FM, hablando en referencia a mi artículo 256 Sombras Políticamente Correctas, y al mismo tiempo acerca de mi novela El Pecado del Mundo, oportunidad que agradezco infinitamente al mismo Eddy quien fue tan amable de invitarme, a Tere Chacón y a todo el equipo de producción. Me habría encantado contar con más tiempo para abarcar todas las tonalidades de gris que el tema tenía, e inclusive podría complementarlo por aquí. Sin embargo, los temas pierden actualidad y no creo que deban arrastrarse en forma indefinida. Así que, con amplio remanente en el tintero digital, pasemos a lo que atañe esta semana.

Es tanta la afluencia de posturas feministas, anti-machistas, feminazis, antiviolencia, y anti y pro de todo que en estos tiempos es extremadamente difícil expresar una postura ideológica acerca del asunto y todo lo relacionado sin tocar una fibra delicada de una u otra facción de pensamiento. No es mi costumbre aprovechar un día específico para escribir un artículo convencional repitiendo las frases convencionales y llegando a las conclusiones convencionales. En este caso, como ya se ha aclarado muchas veces, lo que se celebra el 8 de Marzo es en realidad es el Día de la Mujer Trabajadora, no se trata de festejar y glorificar al género femenino como si fuera Día de la Madre; esto ocurre generalmente con los desinformados, quienes en un despliegue machista por quedar bien con las féminas las alaban en exceso al punto de la cursilería (si no me creen, revisen un poco las redes sociales), y las desinformadas, quienes en un despliegue feminista intentan convertir una celebración muy justificada en un circo supremacista. El objetivo de este día es concientizar a la gente acerca de la igualdad de derechos, especialmente laborales, de las mujeres con respecto a los hombres, lo cual es una empresa no solamente respetable sino necesaria para la sana evolución de la sociedad. Pero no es el objetivo de este artículo ilustrar sobre algo que cada año se aclara hasta el cansancio.

La guerra comienza cuando cualquier representante de ambos sexos piensa que su género es superior al otro. Porque entonces deberíamos definir «superioridad», en cuanto a fuerza física, inteligencia, astucia, concentración, capacidad visual y espacial, habilidad en la conducción, etc., son tan variados los factores que finalmente resulta ridículo intentar establecerlo. Siempre he pensado que la biología define las características con base en la genética de la especie, y el cerebro humano va alterando la misma para adaptar la especie al contexto social que ha desarrollado con la civilización. Es el pensamiento lo que nos hace humanos, pero es la naturaleza quien nos hace creaturas de uno u otro género. El pensamiento y la naturaleza empujan y jalan en direcciones opuestas, lo que va dando forma a la realidad existencial humana. Por ello, es completamente ridículo «luchar contra el sexo opuesto», como lo hacen las feminazis y en algunos casos, los machistas.

«Feminazi» es un término peyorativo popularizado en los noventas por Russ Limbaugh para definir a las mujeres feministas excesivamente radicales, pero no me apropiaré de la explicación y se lo dejaré a la Wikipedia en este artículo. El término es extremadamente popular en esta era y me he encontrado con que muchas feministas que no llegan a los extremos afirman que la sola creación de esta palabra, que es un portmanteau (lo dejo de tarea), es señal de que «el feminismo incomoda, y está funcionando». Nada más lejos de la verdad. Permítanme disentir y explicar.

A mí, como a muchos varones librepensadores y libres de prejuicios de esta época, no importando si somos baby boomers o milennials (ya que la época que nos marca tampoco nos define), no me importa el feminismo. Y no me incomoda, yo mismo he incorporado el feminismo en mi currículum ideológico. Me encanta que las mujeres tengan los mismos derechos, que tengan las mismas oportunidades, que no se les discrimine por ser mujeres, que no se les maltrate ni se les asesine por serlo. No solo no me molesta que lo estén logrando, sino que generalmente apoyo para que lo hagan. Y sin embargo, siento que les falto al respeto cada vez que las apoyo como género.

Porque personalmente, si yo fuera mujer, me incomodaría sobremanera la utilización del término.

El machista -a este nivel, el vocablo no deja lugar a dudas- es, en resumen, el varón al que le importan una mierda los logros y derechos mencionados arriba, y no solamente no le importan, sino que hace lo posible por pisotearlos. El machista es conservador, cree que la mujer es inferior y existe únicamente para servir al hombre. La Iglesia Católica, y más aún si defiende la Biblia y muchos de sus preceptos, es machista. Muchos colegios son machistas, muchas abuelas antiguas son machistas, muchos lugares de trabajo lo son. No aspiro aquí dar una cátedra sobre lo que el machismo es y en dónde se manifiesta, ustedes deben saberlo de sobra. Y sin embargo, al final, y únicamente en honor a la semántica, el feminismo (el que se decanta al feminazismo) es por definición el reflejo del machismo que tanto odian y combaten. La semántica no define siempre la realidad: prefiero adoptar y utilizar el término en su acepción más noble. Aunque repito: si fuera mujer, me avergonzaría el tener que apoyar el feminismo y llamarme feminista porque el sólo hecho de etiquetarme es aceptar que estoy luchando por superar una inferioridad que no es natural sino producto de la cultura. Es decir, si soy mujer, acepto que soy inferior y debo luchar por sobreponerme al (aguas, feminazi detected) estúpido cerdo machista que me oprime porque me ha hecho creer que soy inferior y por tanto debo rebelarme.

¿Cómo salir de este laberinto ideológico? Sencillamente, identificando dónde está el problema, aunque no espero que este insignificante artículo entre millones y millones que existen en la web logre la diferencia (por lo menos pongo mi granito de arena y podré dormir tranquilo de ahora en adelante). El problema está en el deseo y el temor a la servidumbre. Mientras Jesucristo, el sujeto histórico en quien está basada una de las religiones más populares de la Tierra, enseñaba el servir a nuestros semejantes y dar amor sin exigir nada a cambio, millones de sus seguidores de ambos sexos experimentan un intenso temor por ser útil, halagar y elogiar al sexo opuesto. Y del propio, ni hablamos. Porque tal parece que el ser servil, amoroso, galante en el caso de los varones y dulce en el caso de las hembras, sin importar el sexo biológico en que se desempeñe cada rol, es considerado un síntoma de inferioridad. El macho no quiere perder su hegemonía ante la hembra, ésta no quiere seguir siendo dominada por él. Una gran cantidad de problemas en las relaciones románticas son producidos por el miedo que el otro tome el control y al mismo tiempo en el fondo anhela poseerlo totalmente.

Es perfectamente posible encontrar el equilibrio adecuado y amarse sin estas preocupaciones, desafortunadamente sólo un 1.63% de las parejas (repito, sin importar el sexo biológico) tiene la madurez, inteligencia y genética suficiente para mantenerse al margen de la guerra de los sexos (no me pregunten por favor de dónde saqué tal precisión en el porcentaje, el software estadístico que uso es exclusivo y de propietario), por lo cual no vislumbro un futuro cercano en el que los horrendos términos machismo y feminismo sean erradicados totalmente de nuestra sociedad.

Mientras tanto, si buscaban una moraleja o consejo para vivir tranquilos…

(¿Otra vez? ¡Carajos, no puedo escribir sin que estén fastidiando por un mensaje! Inclusive hay quienes se molestan si una película o libro no «tiene mensaje», como si los realizadores o escritores no hicieran un titánico esfuerzo ya solamente con divertirlos.)

…lamento decirles que esta vez ¡no hay! Bueno, pensándolo bien, sí, varios lineamientos no están de más: entiendan que ambos sexos somos seres humanos, que nadie es dueño de nadie, no se molesten si escuchan un chiste machista o feminista, sean útiles y serviles con sus parejas siempre y cuando sus parejas quieran ser igual de útiles y serviles para ustedes, jueguen en el sexo e inviertan los roles y diviértanse, amen a sus semej…

Maldición, creo que a estas alturas ya deberíamos como sociedad estar bastante creciditos como para tener que estar aprendiendo y divulgando estas cosas.

Tu Vecino, el Hacker

Cuando escuchamos de algún conocido la triste frase: «me hackearon» (el menos culto dirá «me jakearon«, pero al final ninguno lo tendrá correcto), no podemos menos que sintonizarnos con el sufrimiento y el dolor del afectado por tan lamentable crimen. Ya sea porque entraron a su correo, a sus redes sociales o a cualquier servicio en línea. Debe ser espantoso saber que un desconocido ahora tiene el control de sus cuentas, conoce sus intimidades, los sitios que visita, o peor aún, que se divierte enviando mensajes agresivos o impropios a sus contactos.

Con las cuentas en manos de ese maligno desconocido, éste puede pasar un excelente rato publicando cosas vergonzosas y riéndose con la reacción de los «amigos» de la víctima. En el «menos pior» de los casos, el diabólico hacker, como suelen llamarlo, pondrá un mensaje altamente difamatorio para el dueño de la cuenta; como casos comunes podemos citar, por ejemplo, un anuncio de prostitución sutil pero evidente en el caso de la mujer a quien la hacker le tiene «tirria», y una declaración abierta de homosexualidad en el caso del hombre que, a juicio del hacker, se siente muy macho. También, el hacker puede dedicarse a redistribuir correos íntimos a todas las amistades sociales y laborales del hackeado, ya que en general los hackers son gente muy solitaria y envidiosa que, en un caso más severo, le hackeó sus archivos secretos guardados en el correo, redes o móvil y desperdigó fotografías íntimas del desafortunado.

¡Ah, qué hacker tan malote!

Lo peor es que ese siniestro hacker puede ser cualquiera. Tu vecino, por ejemplo. Yo tengo muchos vecinos que pueden ser hackers, así que espero que ninguno de ellos me tenga animadversión. Por eso todos los días me aseguro que no les falte nada, les entrego su correspondencia en papel, riego sus jardínes, les llevo canastas con galletitas. Porque, tú sabes, si al hacker le caes bien y eres cool a su parecer, lo más seguro es que, desde su guarida llena de monitores por todos lados (despliegue imprescindible para hackear, faltaba más) te eche la mano metiéndose a los servidores de la CFE para bajar el monto de tu recibo de luz, se meta a la escuela de tus hijos o a la universidad para mejorar tus calificaciones, al gobierno para cancelar tus multas o eliminarte del buró de crédito. O tal vez pueda ayudarte a entrar al correo o la cuenta social de tu novio para que te enteres de sus andanzas, es extremadamente fácil para ellos violentar las defensas de Microsoft, Google o Facebook. Pan comido. Eso sí, debes ir puerta por puerta para averiguar si alguno de tus vecinos es uno de esos maravillosos nerds para quienes las computadoras no tienen secretos, sólo necesitan una conexión a internet y voilá!. O podrías preguntarle a tu amigo, a tu cuñado, a tu compañero de trabajo, si ellos conocen a alguien que pueda hackear para ti las redes del objeto de tu interés. Ellos deben conocer alguno.

Y es que, sí, ustedes verán, son tan geniales estos hackers que, por ejemplo, pueden combatir el hackeo enemigo simplemente tecleando a velocidad vertiginosa, y si son ya de alto rango, con un solo teclado a cuatro manos, como nos lo ha demostrado la serie NCIS:

¿Lo ven? Por supuesto que desconectar la computadora debe salvarte del ataque, pero eso es lo de menos. En Skyfall (2012), existe una brillante escena que nos demuestra cómo un hackeo es algo tan emocionante que el mecanismo puede deslumbrarte:

No creas que tu vecino no puede ser un hacker tan sofisticado como el que Hollywood nos presentó en El Día de la Independencia (Independence Day, 1996), ya que para subir un virus al sistema computacional de una nave alienígena no necesitas conocer su sistema operativo. Únicamente con una laptop y un puerto compatible, es más que suficiente para derrumbar todo un ataque extraterrestre:

¿Lo ven? Que un hacker logre todas estas maravillas no requiere de un gran esfuerzo de su parte: solamente son gente que se interesa por las computadoras y lo único que deben hacer es entrar a Google y YouTube y pedir tutoriales para hackear cualquier sistema. Nada puede ser más sencillo. ¿Quieres tú ser un hacker? Sólo sigue las instrucciones, ve películas como La Red (The Net, 1995), Swordfish (2001) o Hackers (1995), y series como Castle y CSI.

Si eres de las personas que está convencida que los avances tecnológicos son una amenaza para la seguridad y la privacidad de nuestras vidas, también debes creer que hay un hacker disponible en cada cuadra, o por lo menos uno importante y capaz en cada colonia. Y es poco lo que podré hacer para convencerte de lo contrario. Infinidad de series de televisión y películas han conspirado para hacer creer a la mayoría de la gente que todo es tan fácil como sentarte en la computadora a hackear lo que quieras con sólo ver y leer tutoriales, igual con las capacidades de los artefactos y computadoras actuales. Como lo de utilizar una grabación de cámaras de seguridad y hacerle enhance (generalmente con tres teclazos) y descubrir un detalle casi microscópico a 100 metros de distancia, depurar una cacofonía resultante de un audio de multitudes y calles transitadas para aislar un solo sonido, o crear una especie de «extrapolación» de una parte insignificante de un edificio lejano en un video para determinar la distancia, ángulo y posición del lugar donde tienen secuestrada a una niña rica.

En parte, series como CSI y anexas han contribuido a esta mitología: puedes extraer ADN del vaso que alguien acaba de usar y conectarte a una base de datos que correlaciona, aparentemente, a todos los humanos sospechosos. Tanto, que el Efecto CSI es una realidad: la representación exagerada de la ciencia forense en los medios ha generado la demanda de pruebas más sofisticadas por parte de los jurados y, por lo tanto, los casos reales se vuelven más difíciles para las partes en conflicto.

En la misma medida en que los programas informáticos se han hecho más sofisticados, las expectativas de la «gente común», se han vuelto cada vez más hilarantes. En una ocasión, una persona acudió a mí pensando que, como me gusta utilizar los programas de procesamiento de imágenes, entonces puedo literalmente hacer magia, y me pidió que le ayudara a desenmascarar a una persona que aparecía en una fotografía digital de equis evento sociopolítico. El requerimiento tenía cierta lógica interna desde su punto de vista: a la persona en cuestión sólo podía vérsele un tercio de su rostro. Lo que me pedía era que «moviera» el ángulo de captura de la foto digital para que pudiera identificarse plenamente al tipo. Es decir, si se pudiera, habría exigido que girara la imagen en 360 grados para poder contemplar a sus anchas la totalidad de los asistentes al evento. ¿Cómo se le explica a quien cree que eso es posible, que no se puede extraer información de donde no existe? Obviamente salió muy decepcionado y supuso que yo no era tan «genio» como él creía.

Imaginen cuánta gente termina desencantada y cuánta vive temerosa de la tecnología, como aquella señora que sufría porque se había enterado que los satélites pueden tomar fotos con buena calidad a nivel del suelo, y estaba muy preocupada porque hubiesen captado imágenes suyas en calzones cuando salía a tender la ropa en su patio. En efecto, a Inteligencia de USA debe importarle mucho sus intimidades.

Así que, la próxima vez que escuchen a alguien con la excusa de «me hackearon» y desapruebe la malignidad de esos nerds que viven en cada esquina y por unos pesitos pueden ayudar cualquiera a meterse en su vida, respóndanle como yo le hago, cuando me dicen que los hackers que le robaron sus cuentas son demasiado inteligentes: les respondo «no es eso, lo que ocurre, es que tú eres demasiado estúpido».

Cómo quisiera, en realidad, tener el valor para responderles así. Pero no tengo corazón para ello.