Los seguidores de la Ciencia-Ficción clásica estamos emocionados: Amazon ha anunciado que adaptará Ringworld (Mundo Anillo), la legendaria novela de Larry Niven de 1970, para la televisión.
Desconocemos la cantidad de temporadas y capítulos planeados y la duración de los mismos. Esperamos que la serie haga honor al producto original manteniendo la calidad narrativa y, sobre todo, el énfasis en la ciencia real que Niven puso en las novelas.
Para quien no sepa de qué hablo: Ringworld es la historia de Louis Wu, un humano bicentenario del futuro, que es reclutado en su cumpleaños por el representante de una brillante pero cobarde raza alienígena llamada Titerotes de Pierson (Pierson’s Puppeteers), de nombre Neesus, para comandar una expedición de exploración a una misteriosa estructura alienígena en forma de anillo que orbita alrededor de una lejana estrella, supuestamente conteniendo vida en su cara interior. Son reclutados también otra humana muy joven llamada Teela Brown (exclusivamente por su factor «suerte») y el feroz «Interlocutor-de-Animales» (Speaker-to-Animals), un miembro de los Kzinti, raza tigresca otrora en guerra con los humanos pero vencida por estos.
El singular grupo lleva una nave de alta tecnología creada por los Titerotes y alcanza la estructura de origen desconocido, embarcándose en inolvidables aventuras y situaciones que van desde lo dramático a lo humorístico.
Mundo Anillo ha tenido varios intentos fallidos de adaptación, de los cuales este último parece que por fin se llevará a cabo. Con las técnicas modernas de animación CGI, realizar la complejidad del proyecto ahora debería ser pan comido. Esperemos que siga en pie y que el mismo Larry Niven, casi un octogenario, pueda ver materializada en pantalla su adorada obra maestra de la Ciencia-Ficción.
El tsunami que arrasa la industria de Hollywood en estos momentos, cuya propagación, trayecto y ruptura somos incapaces de medir adecuadamente, es sin duda un hecho histórico que conmociona a la sociedad occidental y se constituye como un parteaguas en el pensamiento popular. Estamos viviendo un momento social clave, aunque no podamos identificarlo como tal.
El movimiento comenzó mucho tiempo despúes del inicio de las actividades que provocaron su surgimiento. Desde que la humanidad tiene uso de razón, los personajes poderosos han utilizado su poder, relativo y general, para proporcionarse placer a sus anchas sin que los plebeyos que les rodean pudiesen mover un dedo para denunciarles.
En Hollywood, el comportamiento de los reyes locales es perfectamente comprensible, aunque no justificable, por el solo hecho de que existen, a la par, miríadas de seres menores y desconocidos que hacen sus pininos en el mundillo artístico y que anhelan la fama y el estrellato. No pocas son las historias de las starlets (o aspirantes a starlets), que harían cualquier cosa, sí, cualquier cosa, con tal de tener una oportunidad de que su nombre y figura titilen con brillantez en el firmamento del espectáculo.
El problema comienza cuando los tiempos cambian, y con ello la óptica social. Lo que antes se veía como una situación común y corriente, ante la que había que callar bajo pena de ser desterrado para siempre del Olimpo, ahora es un comportamiento denunciable, sujeto a penalización legal y social.
Juzgar al rey H. Weinstein por sus abusos con las actrices que han levantado la voz, no es el objetivo de este artículo. Pero habría que preguntarse algo muy justo: ¿cuántas -y cuales- de todas estas actrices (que obviamente son más que las contabilizadas) llegaron con la firme idea de hacer «cualquier cosa», inclusive darle placer sexual a un cerdo con poder? ¿Cuántas de ellas (y de ellos, porque debe haber también muchos ellos) realmente salieron de dichos encuentros oscuros en el ambulante Castillo de Wolfweinstein con la firme convicción de que esta práctica no sólo NO era un «abuso» del rey, sino una estrategia -de las ahora víctimas- que les permitía obtener oportunidades que de otra forma no podrían haber conseguido? Sí, estoy seguro que el «cerdo Harvey» forzó a muchas de ellas a situaciones en las que no tuvieron otra opción que dejarse someter. Eso es, sin discusión, una actitud reprobable.
Pero tomemos en cuenta que no podemos tener la certeza de los valores éticos y morales de cada individuo: el sexo es moneda corriente en el mundo del espectáculo. Sin juzgar la moralidad del asunto, ya que de juzgar, caeríamos en la insensatez de la cacería de brujas, tan emocionante en la dinámica de las redes sociales. Sin intentar despojar la «cerdez» de Weinstein, quien más que un tipo «enfermo» ha sido un «enfermo de poder», como lo fue Nerón, Calígula, Helogábalo, Hitler, Durazo, Salinas de Gortari y tantos personajes que han pasado por los tronos de la historia universal. Así que, el hecho de reconocer que muchas de ellas, tal vez no contentas con el resultado de su «estrategia», ahora se suman a la voz denunciante que se transforma en ejecutora. Maldito cerdo, no me diste lo que quería, ahora contribuyo a tu hundimiento total. Bastante justo (fair enough).
El Castillo de Wolfweinstein, que ahora se encuentra en ruinas y lleno de telarañas, es circundado por los condados de Rattnertown, Tobacktown, CK Town y varios pueblillos como Hoffmanville, Seagalville, Travoltownie y muchos más, de cuyos nombres no quiero acordarme: se me escapan por sus pequeñas extensiones y bajo impacto mediático. Hasta el momento. De última hora: parece que la Takei Space Station también ha resultado afectada por el tsunami.
Esa misma ruta, pasando por la tierra que alguna vez fue el floreciente Polanski State, muy cerca de Allentown, nos lleva a Spacey City, la maravillosa ciudad no tan moderna pero sí modernista, cuyo portavoz y responsable de su brinco a la fama es el actor Anthony Rapp (actualmente en el reparto de Star Trek: Discovery), quien a los 14 años hacía sus pininos en el medio y estaba tan vulnerable y deseoso que Kevin Spacey aprovechó para hacerle proposiciones indecorosas y -tal vez- conseguir su objetivo. De ahí la reciente sharknami ha llevado a la ruina la carrera del que una vez fue un celebrado actor, quien dio vida los memorables personajes en The Usual Suspects y Se7en, sin dejar de mencionar al icónico Frank Underwood de la (ahora) malograda serie House of Cards.
Spacey City se ha convertido en un pueblo fantasma que ni siquiera tiene atractivo turístico. Sus glorias pasadas quedan grabadas para la posteridad en soporte digital. Así como Jacksonville y su parque temático Neverland (al cual sólo falta que se pretenda juzgar y condenar a posteriori), igual que al glamoroso pueblo de Mooretown, que saltó a la fama hace unos años por un video de su fundación en 1982.
Éste último es un caso aparte. Llega un momento en que la línea entre el abuso sexual y el juego inocente picaresco se hace muy borrosa, y resulta tan amoral el condenarlo sin haber estado ahí, como la apariencia del acto mismo. Muchos vemos en el video de Demi Moore y Philip Tanzini un hermoso momento en que una chica de 19 años le obsequia un primer beso francés a un chiquillo quinceañero que seguramente el día de hoy, a sus 50 años, no anda por ahí violando ancianas indefensas. A muchos, afectados por el calentamiento global que se propaga por el internet, les hierve la sangre y gritan «pedófila» a una chica de hace 35 años, quien en ese tiempo ni siquiera había cumplido la mayoría de edad.
Indignarse por cualquier suceso sin el contexto adecuado, y pretender lapidar a sus protagonistas por el placer de ser héroes sociales, comienza a dejar de ser un acto de justicia y se convierte en la amenaza de transformar a la sociedad en un estado de barbarie e intolerancia. Igual que en Salem.
Del tenebroso castillo de Wolfweinstein y la libertina urbe de Spacey City, a la pacífica y ensoñadora Mooretown hay una gran diferencia. Pero también dicen que juzgar a los hombres y no a las mujeres, es sexista. La verdad, es que en plena efervescencia millenial, ponerse a atacar o defender tal o cual postura son puras discusiones bizantinas.
ADVERTENCIA: En este boletín histórico no se pretende justificar a los abusadores. Pero la historia tiene un particular modo de acomodar las piezas de manera que los héroes y villanos quedan indeleblemente establecidos en sus páginas. Lo complicado reside a la hora de intentar separar al artista, como persona, de su obra; y más aún, de las verdaderas motivaciones de los supuestos criminales y sus supuestas víctimas. Mejor dejemos que la ley, como debe ser y con sus propios métodos, imparta la ciega justicia que sea apropiada. Que no necesita tantos fiscales.
Ahora que, lo verdaderamente grandioso y espectacular, va a ser cuando estalle la burbuja del calentamiento global y el que caiga sea el Planet Trump. Pero dudo que eso ocurra, por lo menos en el futuro inmediato.
Mi primera reacción no fue sorpresiva ni original, al enterarme que habría otro remake de Murder on the Orient Express (Asesinato en el Expreso de Oriente), la icónica novela de la Dame Agatha Christie. Pensé, como muchos, «¿Necesitamos otro?». Después recordé que tengo una política personal de no desaprobar obras artísticas por el solo hecho de seguir la corriente intolerante, y se me pasó.
Nunca me ha gustado unirme al clamor purista, sin embargo, en este caso no hay necesidad de ello. Poirot ha sido representado 15 veces en imagen (teatro, cine y televisión) y varias más en dramas radiofónicos. Es ampliamente reconocido que el Poirot de David Suchet ha sido el más preciso y más acorde a la visión original de Agatha Christie, y se llevó el corazón de todos nosotros.
Esta verdad consensuada no es suficiente para automáticamente descalificar una nueva entrega de la historia que, vale la pena decirlo, en la pluma de doña Agatha fue de brillante trama y ejecución, si bien nunca fue de mis favoritas. Para mí, una de las más representativas del órden y método en las que el afamado detective belga ha puesto en servicio sus famosas células grises, ha sido Death On The Nile (Muerte en el Nilo, también titulada en castellano Poirot en Egipto).
Pero Orient Express es una obra que se presta irresistiblemente a la escenificación. En este caso, el remake es instigado por 20th Century Fox respondiendo a vaya usted a saber qué decisiones ejecutivas, y cedido el mando al buen Kenneth Branagh, quien tampoco pudo resistirse a la interpretación del exquisito detective. No se trata de hacer odiosas comparaciones. Lo que sí puedo decir con seguridad es que la novela de Christie adquiere una nueva dimensión a quienes ya conocemos el desenlace del misterio. A quienes no lo conozcan, se les previene encarecidamente que no dejen que les comenten nada si quieren disfrutarlo, ya que sólo se necesita una palabra, por descuido o malevolencia, para arruinar la magnífica sorpresa que la ingeniosa escritora nos regaló. Lamentablemente, esta democratización del one-word spoiler se ha convertido en una verdadera plaga en el internet moderno.
¿Por qué digo que adquiere una nueva dimensión? El conocer la identidad de el/la asesino/a del señor Ratchett (interpretado por Johnny Depp en otro rol prácticamente honorario), permite enfocarse en otros aspectos del desarrollo del hilo narrativo y observar los comportamientos de cada sospechoso. Es un ejercicio fascinante, característica que funciona en varias obras de doña Agatha. La manera en que cada director maneja la presentación de las pistas y la sutileza de las mismas, es en mayor o menor medida la consecución del factor sorpresa y del valor de segunda contemplación de la película. Mi apreciación personal es que, en este caso, Branagh hizo hincapié en la fuerza interpretativa de él mismo y del resto del reparto, descuidando un poco los detalles que propulsan el poder cautivador del misterio principal. Nada sorprendente, considerando que estamos hablando de un actor irlandés egresado de la Academia Real (británica) de Arte Dramático y de educación básicamente shakespeariana. Entendible también por contar con un reparto de este calibre, que incluye a Depp, Judi Dench, Willem Dafoe, Michelle Pfeiffer, Penelope Cruz, Olivia Colman y la pisando-fuerte Daisy Ridley, entre otros.
Mis únicas quejas, si es que se me permiten (o me las permito), es que en cierto sentido se trató de sherlockholmizar a Poirot. Desconozco quién propició esto, si los escritores, a instancias del estudio o del mismo Branagh. Aún así, el misterio que Poirot resuelve a manera de preámbulo antes de embarcarse en el fatídico tren merecía un poco más del ingenio y la brillantez que caracterizaba al detective de las novelas. Poirot afirma, en justificado honor al personaje, que él es una persona que ve al mundo como debería ser, y por eso las imperfecciones de la realidad saltan a la vista como la nariz sobresale de un rostro. En otro momento, una secuencia de acción inusitada en que Poirot se envuelve nos hace pensar que tal vez hubo cierta presión para ser incluida, justo como hicieron con el Sherlock Holmes de Robert Downey Jr., intentando darle un aire de «hombre de acción» y tener cierto atractivo para las masas. Por suerte, aquí esta tendencia fue mitigada. Pero es justo comprender que la película, muy cerebral y basada especialmente en los procedimientos de investigación poirotiana, puede no ser adecuada para la mayoría de los gustos.
El bigote exagerado de este nuevo Poirot también me incomoda un poco, junto con su ausencia de calvicie. Tradicionalmente, Hercule Poirot es descrito como un hombrecillo con cabeza de huevo, un ridículo, pequeño, rígido y bien estilizado mostacho cuyas puntas sobresalen en cualquier situación. Levemente amanerado por la exquisitez de sus modales, el aspecto icónico del detective belga es traicionado por el duro y masculino look de Branagh. Detalle que tampoco debería importarnos demasiado, ya que los 20 años del Poirot de Suchet siguen estando ahí para ser disfrutados las veces que queramos.
Cualquier escenificación de las obras de Christie atraerá mi atención sin ningún reparo y la veré con la mejor actitud de complacencia, habiendo sido yo un ávido lector de sus historias desde muy joven. Quizá ni la novela ni esta versión cinematográfica sean de mis favoritas, pero siempre valdrá la pena su consumo.
Concretamente en 1982, Demi Moore fue grabada en una fiesta privada obsequiando a un chico que cumplía 15 años, su compañero de elenco, con un delicioso beso en la boca. Después de 35 años, en plena época de los Eternos Ofendidos, vuelve a cobrar fuerza y los medios y la gente se vuelven locos y gritan «pedofilia» y «abuso sexual».
A pesar de que el video apareció en 2012, recientemente lo recuperan para sumarse a la cacería de brujas que se genera, por supuesto, por los abusos sexuales (que sí son reales) de Harvey Weinstein y en la que por infortunio queda embarrado también el gran actor que ha sido Kevin Spacey.
Pero en el caso de Demi, el chico era su coestrella Philip Tanzini, de la serie General Hospital. A la sazón ella tenía casi 20 años y el chico estaba cumpliendo sus primeros tres lustros.
Creo que estamos viviendo una época de perversión inversa. La gente en las redes se vuelve loca por denunciar supuestos abusos. Que los hay, en efecto, pero este no es uno de ellos. Sería muy diferente si el chico tuviera ocho o nueve años. Pero a esa edad, estoy seguro que la mayoría de los hombres quisiéramos haber tenido esa oportunidad en la vida. Y para aquellos que argumentan que es «hipocresía», porque si fuese a la inversa todos reclamarían, déjenme decirles que tampoco. Jamás, en la vida real, en la realidad biológica de los seres humanos, ha sido antinatural un beso apasionado entre un chico de 20 y una chica de 15. Repelen lo que repelen.
Una cosa muy diferente es un hombre en situación de poder que obliga y/o somete a mujeres mucho menores que no consienten o que no son conscientes de sus actos. Estos son condicionantes importantes para, legalidades aparte, definir la cuestión moral del acercamiento sexual entre dos personas.
Que a Demi Moore le gusten más jóvenes que ella no es nada nuevo. Ni perverso. La cosa es que hay infinidad de mujeres que tienen esa tendencia, muy normal, biológicamente hablando. Quienes lo ven como repulsivo padecen más la enfermedad en su cabeza que las mismas perpetradoras.
Al momento, no creo que Philip Tanzini (actualmente de 50 años) tenga serios problemas psicológicos y se dedique a besar y violar ancianas. Como dicen los millenials… «supérenlo». Aunque ellos mismos no puedan superarlo.
Este tema es muy importante para mí, debido a mi recurrente e ingenua tendencia a denunciar los comportamientos exagerados, retrógrados y puritanos de la sociedad actual. No abogo por la perversión desmedida ni por la promiscuidad insensata, sino por un justo equilibrio en la visión de la moral y sexualidad humana. Esto está fielmente reflejado, en modo satírico, en mi novela El Pecado del Mundo, cuya antagonista principal es una señora obsesionada por combatir la lujuria y la perversión de la sociedad. Échenle un vistazo.
Maravilloso video de Kurzgesagt – In a Nutshell. ¿Vivimos dentro de una compleja simulación creada por una raza tecnológicamente mucho más avanzada que la nuestra? ¿Nuestro universo, nuestra realidad, está contenido todo dentro de esa simulación?
Puede sonar un poco a Matrix, pero lo cierto es que esta teoría supera enormemente la idea de la clásica saga de The Wachowskis.
Favor de activar los subtítulos en español de YouTube.
Ya en su segunda temporada, Netflix presenta esta singular serie política, Designated Survivor, protagonizada por Kiefer Sutherland.
https://www.youtube.com/watch?v=N_f1v0Nx5Sw
La trama es directa y contundente: un poco ambicioso Secretario de Desarrollo Urbano es tomado por sorpresa por el destino cuando un ataque al Capitolio termina con la vida del presidente de Estados Unidos y todo el congreso. Como resultado, Tom Kirkman, el «sobreviviente designado», se convierte en el nuevo presidente y debe luchar contra las adversidades por tratarse de un Comandante en Jefe no elegido.
En el reparto está incluído Kal Penn, el actor que dio vida a uno de los doctores del equipo de House M.D. y pocos saben que en la vida real participó en la administración de Barack Obama como Director Asociado en la Oficina de Asuntos Públicos.
Un detrás de cámaras de la entrañable película que lanzó a la fama al legendario comediante Jim Carrey y a la adorable Cameron Díaz. De las primeras películas que hicieron gala de los efectos digitales que ahora son tan comunes en las producciones. Disfrútenlo.