Suspensión de la Invisibilidad

La pregunta es clásica. Si tuvieras el superpoder de la invisibilidad ¿cómo lo utilizarías? El espectro de respuestas va desde las más serias hasta las más jocosas y desfachatadas, dependiendo de la seriedad y prestigio del encuestado. Combatiría el crimen, me colaría a los baños de mujeres, haría trampa en los casinos, espiaría a las mujeres desnudas, haría bromas a amigos, simularía eventos sobrenaturales, entraría a las habitaciones de mujeres para verlas sin ropa, me enteraría de chismes, fisgonearía secretos de estado, contemplaría mujeres desn… no, esperen, esa ya está repetida (hablando con seriedad, es la más frecuente de las respuestas masculinas, pero apoyar la agenda feminista no es el objetivo de este artículo).

-¡Ahí está el hombre invisible!
-¿Cómo puede usted estar seguro?
-Pues ¿qué no está viendo que no lo está viendo?

Si me preguntan, mi opción preferida sería colarme a las altas esferas internacionales para enterarme cómo se resuelven los asuntos de importancia global, cómo se llevan a cabo los grandes negocios, cómo se deciden los destinos de las naciones. De una u otra forma, como cuestión lúdica, la invisibilidad siempre ha sido una de las elecciones favoritas a la pregunta inmediata anterior: ¿qué superpoder te gustaría tener? Increíble. Hagan el sondeo y verán que la gran mayoría tiene algo de héroe, chismoso y voyeur en los ingredientes de su personalidad.

Desde la clásica novela de H. G. Wells, El Hombre Invisible (The Invisible Man), publicada en 1897, innumerables instancias de héroes o antihéroes invisibles, voluntarios e involuntarios, han aparecido en la ficción popular. Las que más recuerdo son El Hombre Invisible (The Invisible Man, 1975) con el memorable David “Illya Kuryakin” McCallum, serie de 1975 que apenas duró una temporada, en la que el protagonista, modernizando la idea de Wells, usaba una máscara idéntica a su rostro, tan perfecta que nadie percibía lo artificial. Seguida por El Hombre Gémini (Gemini Man, 1976), igual de fallida, redujeron lo simple al absurdo con un dispositivo en forma de reloj que sólo le permitía disponer de su poder por 15 minutos al día. En El Hombre Sin Sombra (Hollow Man, 2000) de Paul Verhoeven, nunca nos imaginamos lo doloroso que sería el ver al legendario Kevin Bacon perdiendo la razón, y encima, no verlo. Igual fracaso experimentó la aventura de Chevy Chase Memorias de un Hombre Invisible (Memoirs of an Invisible Man, 1992).

Los superhéroes, como siempre, se cuecen aparte: Sue Storm de Los 4 Fantásticos (Fantastic Four) y Violet Parr de Los Increíbles (The Incredibles, Pixar 2004), han demostrado que las mujeres son más sensatas a la hora de manejar la invisibilidad. Mención aparte recibe el personaje Invisible Boy, (de la ya película de culto Mystery Men, 1999), un héroe singular en la piel de un joven afroamericano que anuncia poseer el maravilloso poder de volverse invisible… pero solamente cuando nadie lo está viendo, incluído él mismo.

En tiempos recientes El Chico Invisible (Il Ragazzo Invisibile, 2014), película italiana de Gabriele Salvatores, es tal vez la más ingeniosa que he visto sobre este tema, logrando el balance exacto de drama, humor y heroísmo, al mismo tiempo sentando las bases para toda una saga de mutantes… aunque no cuente con el respaldo de Hollywood, ni de Marvel o DC. Como dato curioso y en un alarde de audacia de los guionistas, el chaval sí entra a una ducha de chicas, y es descubierto por ellas en una de las escenas más memorables y siniestras que he visto.

Pero pocos nos detenemos a pensar qué tan complicado sería para la ciencia, por lo menos al nivel actual, conseguir la anhelada habilidad de ser transparente a la radiación de la luz visible -que es en lo que residiría realmente la invisibilidad. El primer tratamiento serio al respecto lo escuché -o leí, que al final es lo mismo- hace varios años en un foro de discusión de Reddit, donde alguien afirmaba que un humano que fuera invisible también sería ciego por definición, ya que los rayos de luz deben incidir en la retina para que la información visual sea codificada hasta llegar al cerebro. Explicación que me ha perseguido desde entonces y me hizo perder la fe en que en un futuro lejano podríamos alcanzar la genuina invisibilidad que nos presenta la ciencia-ficción, como si pudiésemos ir, casual, a comprar un dispositivo en una tienda Radio Shack… aún con las desastrosas consecuencias que traería el hecho de que cualquier hijo de vecina fuese capaz de pasar desapercibido. Por supuesto que, si este fuera el caso, no dudo que alguna sagaz empresa comercializaría dispositivos de uso doméstico para detectar a los intrusos malandrines.

El método más realista para conseguir una efectiva invisibilidad humana, entonces, no sería consiguiendo que las células del cuerpo dejaran pasar la luz y seguir siendo funcionales, sino urdiendo una especie de traje que capture las ondas lumínicas de todos los ángulos posibles y los reprodujese exactamente del lado opuesto, en una suerte de mimetismo instantáneo y ultrapreciso, tal y como se ve en este experimento de la Mercedes Benz…

…cuyo principio es más o menos como el que utilizaba el escalofriante Depredador, en el filme de 1987, y que también recuerdo aplicado al automóvil en alguna cinta de espionaje, muy probablemente alguna de James Bond (quien lo recuerde, le agradecería me lo comentara). El problema con estas tecnologías a nivel experimental es que la invisibilidad no es absoluta ni de alta fidelidad, por lo que sería imposible que no percibiéramos la presencia de alguien que está frente a nosotros a plena luz, ya sea estático o en movimiento.

Quien suponga que nunca sería posible llegar a un elevado nivel de precisión, recuerde que hace cincuenta años no podíamos creer los logros que la actual tecnología ha alcanzado. Y este grado de desarrollo difícilmente podría mantenerse en secreto, así que tampoco me extrañaría que a la par se inventasen tecnologías que detecten la presencia de cualquier entidad que permita que la luz le atraviese sin discriminación.

Y como con todas estas reflexiones inútiles a lo único que pude llegar fue a la “suspensión de la invisibilidad”, estado mental en el que me convenzo de lo lejos que estamos de conseguirla, es momento de anunciarles que ya dejé de soñar con poder colarme a las altas esferas internacionales para enterarme de lo que se urde en los asuntos de importancia global. Sin embargo, es un honor comunicar a mis estimados lectores que, en efecto, sí tengo un superpoder: el de no roncar (cuando duermo, obviamente). El único e insignificante detalle, es que únicamente puedo utilizarlo cuando duermo solo, y nadie está cerca para comprobarlo.