En estos tiempos de corrección política -o ser políticamente correcto- es difícil hablar de un tema delicado sin tocar las fibras de unos u otros, partidarios o detractores, de cualquier lado de la balanza del tema en cuestión. Increíblemente difícil, especialmente en la época en la que cada quien es juez y verdugo solamente utilizando su celular y seguir las pautas de la corriente que va llevando al cardumen de peces opinadores. En el caso de los affaires de Christian Grey, tal vez el personaje más icónico en la moderna tendencia pseudoerótica de las primeras décadas del siglo XXI, el problema reside en legitimizar (o no hacerlo) la violencia hacia la mujer. Ni siquiera es seguro hablar desde un punto de vista documental o artístico.
Tampoco es seguro defender (o no hacerlo) el hecho de que la trilogía de novelas originales fueron escritas por E. L. James (nom de plume de Erika Mitchell, sí, una mujer), una mujer que inició publicando la historia como un fan fiction de Crepúsculo (Twilight, 2005); su juego literario fue inesperadamente exitoso y coronado con millones de ejemplares vendidos. La película de la primera entrega fue apaleada por la crítica y regularmente aceptada por el público, mientras que esta segunda entrega, «Cincuenta Sombras Más Obscuras», fue peor recibida por los críticos pero el público la ha consentido mejor. Sin embargo, hacer una reseña profesional de estas cintas y alabarlas o desaprobarlas no es el objetivo de este artículo.
