256 Sombras Políticamente Correctas


En estos tiempos de corrección política -o ser políticamente correcto- es difícil hablar de un tema delicado sin tocar las fibras de unos u otros, partidarios o detractores, de cualquier lado de la balanza del tema en cuestión. Increíblemente difícil, especialmente en la época en la que cada quien es juez y verdugo solamente utilizando su celular y seguir las pautas de la corriente que va llevando al cardumen de peces opinadores. En el caso de los affaires de Christian Grey, tal vez el personaje más icónico en la moderna tendencia pseudoerótica de las primeras décadas del siglo XXI, el problema reside en legitimizar (o no hacerlo) la violencia hacia la mujer. Ni siquiera es seguro hablar desde un punto de vista documental o artístico. Tampoco es seguro defender (o no hacerlo) el hecho de que la trilogía de novelas originales fueron escritas por E. L. James (nom de plume de Erika Mitchell, sí, una mujer), una mujer que inició publicando la historia como un fan fiction de Crepúsculo (Twilight, 2005); su juego literario fue inesperadamente exitoso y coronado con millones de ejemplares vendidos. La película de la primera entrega fue apaleada por la crítica y regularmente aceptada por el público, mientras que esta segunda entrega, «Cincuenta Sombras Más Obscuras», fue peor recibida por los críticos pero el público la ha consentido mejor. Sin embargo, hacer una reseña profesional de estas cintas y alabarlas o desaprobarlas no es el objetivo de este artículo.

No es un secreto que estas películas son intencionalmente estrenadas en un ambiente de romanticismo enmarcado por el Día de San Valentín en el mundo occidental. El meollo de este asunto es el de definir qué tan válido es el contar una historia -libro o película- y lograr popularizar los juegos de dominio y sumisión, así como el sadomasoquismo, haciéndolos embonar con la naturaleza romántica de la audiencia juvenil. Alguien por ahí protestaba (ya que siempre hay quien protesta, ¿qué clase de mundo sería éste si no pudiese cualquiera protestar?) que se está trivializando la violencia contra la mujer, además de adornarla con un cariz romántico. Tal vez eso es verdad. Pero ¿qué ocurre cuando muchas mujeres están de acuerdo en que es posible aceptar el erotismo del BDSM y no ven absolutamente nada de malo en los juegos eróticos sadomasoquistas? Pregúntenle a Fernanda Tapia. No pocas féminas, bien documentadas, leídas y escribidas, inteligentes y sofisticadas, declaran en algún momento ser fanáticas de estos juegos en los que la fantasía de sumisión femenina provoca genuinos espasmos en sus zonas erógenas. Probable, y seguramente, producto de atavismos biológicos que vienen desde lo más recóndito de su cerebro. Tampoco es extraño que hombres se presten al juego a la inversa. Las mistress que dominan, humillan y someten al hombre son algo común quizá desde tiempos inmemoriales, algo que no podía saberse a ciencia cierta hasta que llegó la magia del cine y el internet.

El problema del feminismo a ultranza no es su argumento básico sino la exageración del mismo. Es por ello que no todas las mujeres automáticamente se suman a la protesta. La mayoría de ellas saben que, por mucho que en la intimidad les excite verse sometidas («dame duro, papi, sí!!» ¿les suena?) es perfectamente posible mantener su dignidad y su estatus en la vida real sin dejarse influenciar por las quimeras sexuales. Son perfectamente capaces de trazar la línea divisoria entre ambos mundos y disfrutar en cada uno de ellos sin mezclarlos. Algo que mucha gente no es capaz de entender ni practicar.

Precisamente en mi artículo anterior El Fin del Demonio mencionaba algunas cintas cuyo tema trascendía el mundo de la ficción para convertirse en polémicas sociales. Una Propuesta Indecorosa (Indecent Proposal, 1993), planteaba la posibilidad de vender el cuerpo, sin corromper el alma. Gracias a esta, la gente «normal» supo que no importa cuánto sea racionalizado, prestar al cónyuge por una suma de dinero no tiene resultados favorables. Nueve Semanas y Media (Nine 1/2 Weeks, 1986) proponía la diversidad de los juegos eróticos a través de un hombre sofisticado en esos menesteres y su impacto sobre una mujer común y corriente. Esta última, a pesar de sus ridículas escenas cachondas, fue un hito en el género y es película de culto a pesar de que fue medianamente tratada por la crítica. Gracias a esta, la gente común se enteró que era perfectamente válido jugar con el cuerpo y la comida pero no lo era el dejar entrar a un tercero a tu cama.

Cincuenta Sombras de Grey (Fifty Shades of Grey, 2015) consiguió lo impensable. Gracias a esta, y con la inercia de Harry Potter y Crepúsculo, muchos jóvenes -que antes no leían- comenzaron a leer (más de lo que lograría cualquier campaña de Librerías Gandhi), y el evento cinematográfico se volvió tan penetrante y tan cool que muchas chicas portaron con orgullo camisetas con la leyenda «Soy Propiedad de Christian Grey» (me encantaría saber qué habría ocurrido si, en lugar del guapérrimo de Jamie Dorman, el personaje de Grey fuera interpretado por Steve Buscemi o Danny Trejo). En Facebook hubo una sorprendente proliferación de perfiles con el epíteto «Amo/a» o «Sumisa» (sólo hagan una búsqueda de la frase de las camisetas). Sí, el BDSM (Bondage y Disciplina; Dominación y Sumisión; Sadismo y Masoquismo) entraba por primera vez al mainstream, la corriente principal que tanto odian los cada vez más olvidados hipsters, para volverse popular entre la juventud sin que alguien pudiera hacer algo al respecto.

Esto nos lleva a pensar que el cine y la literatura de alguna manera influyen en la evolución erótico-sexual de la sociedad. Y no ahondaré en ese punto, ya que tampoco es el objetivo de este artículo.

Sin atender realmente el contexto principal de la historia: cuando vi la primera en el cine (porque no me tomaría la molestia de leer las novelas), pensé que todo iba desarollándose aceptablemente hasta que a la autora se le ocurrió justificar las manías de Christian Grey con el conveniente detalle de que el personaje fue objeto de abuso cuando era más joven.

ABREVADERO CULTURAL: «Fifty Shades of Grey», título original en inglés, alude a un juego de palabras con el apellido Grey, que es homófono de gray (gris); las «cincuenta sombras» (número arbitrario, porque debió haber usado el 16 o el 256) son más bien «tonalidades» de gris (shades of gray), o escala de grises de 4 u 8 bits (16 y 256 tonos). Se refiere a que no se puede ser totalmente bueno o malo, sino que hay muchas variantes en el espectro de la personalidad humana.

En ese instante comprendí que las hordas de fans lectores y enemigos de E. L. James la consideran audaz, objeto de admiración y reprobación, sin tomar en cuenta que, en el fondo, se cubrió la espaldas intelectuales (y morales) con una moralina: si te gustan los juegos sexuales con perversiones, estás irremediablemente enfermo, y/o fuiste víctima de un enfermo que te echó a perder. Los seguidores y detractores de la autora es posible que no conozcan a las clásicas del género erótico como Xaviera Hollander, Anaïs Nin y la más contemporánea autora de la clásica saga de Entrevista con el Vampiro (Crónicas Vampíricas): Ann Rice, cuya serie de libros de La Bella Durmiente haría palidecer a los lectores autoproclamados liberales. Impensables de llevarse al cine, si no se les ensarta mínimo una clasificación de NC-17, algo que no conviene a los estudios cinematográficos. Y cómo no mencionar a la celebérrima Sasha Grey, ahora actriz, escritora y músico (¿música?), quien en la vida real superó con creces la rudeza de su primo Christian sin necesidad de endilgarle el muertito a algún abusador para sentirse bien consigo misma. Bitch, please.

Es obvio que la creadora de Christian Grey supo amarrarse el dedo y ser políticamente correcta, y nunca habría considerado abordar algo tan escabroso como magistralmente lo hizo el autor del guión de 8 Milímetros (8mm, 1999), Andrew Kevin Walker. En el filme, el investigador interpretado por Nicolas Cage logra, después de muchas peripecias, dar con el autor de un filme snuff. Al ser desenmascarado, el criminal le dice al detective, en un emotivo discurso de esos que los villanos suelen aventarse en los momentos cumbres, en lugar de tomar ventaja contra el paciente héroe: «¿Qué esperabas? ¿Un monstruo? No tengo respuestas para nadie, nada de lo que te diga va a hacer que duermas mejor esta noche. No me golpearon, no me violaron, mamá no abusó de mí, papá jamás me violó. ¡Sólo soy lo que soy, eso es todo! ¡No hay ningún misterio, las cosas que hago, las hago porque me gustan!»

Las fanáticas de Grey, por supuesto, siempre dormirán tranquilas sabiendo que no fue su culpa. ¡Pobrecillo, tan guapo y tan cincuenta sombras de arruinado!