WITHIN YOU WITHOUT YOU o EL MISTERIO DEL TRACK NÚMERO 8

Tal vez no fue un misterio resuelto propiamente dicho, pero por lo menos determiné todos las combinaciones posibles que conducían al caso y la posible solución, como teoría, que nunca pudo verificarse.

Hace muchos años, cuando los Compact Discs apenas entraban al mercado, comencé a comprar las versiones en CD de los discos en vinil que más me gustaban. Todo lo relacionado a los medios digitales era una novedad de principios a mediados de los noventas.

Era aquel tiempo, en la era pre-internet (que ya se conocía, pero aún no era algo común en los hogares), también el de las revistas de computadoras que normalmente incluían un CD con software gratuito o shareware. Compulsivamente probábamos los programas y juegos de PC que semana a semana llegaban en diferentes revistas, y un día llegó una joya: ¡un reproductor de CDs que permitía poner los nombres de las canciones de cada álbum! Era un gran novedad. E inmediatemente comencé a registrar en la computadora uno por uno de cada CD que iba comprando y agregando a mi creciente colección, pensando que ese pequeño y poco conocido software de algún programador independiente iba a durar toda la vida (ni siquiera existía aún el WinAmp).

Entonces ocurrió algo muy extraño. Le tocó el turno a registrar las canciones del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de The Beatles. Todo fue muy bien, hasta que al día siguiente lo puse en la bandeja para reproducirlo. Misteriosamente, al abrir el programa en automático cuando detectaba la introducción de un CD, la canción Within You Without You (en los viniles, la primera del lado B) de Harrison, aparecía sin el título en el listado. Qué extraño. Entré al modo de edición y lo volví a ingresar.

Volví a reproducir el disco y… el título había desaparecido de nuevo, pero el track estaba ahí. Track 08. Le di play directamente y… no pasó ni un segundo cuando el reproductor se brincó a la siguiente canción, When I’m Sixty Four, de mi gran compadre McCartney. Algo me hizo pensar que mi CD estaba defectuoso. Entonces corrí a ponerlo en el reproductor físico (es decir, el mini-componente marca Sony). Within You Without You, para mi sorpresa, se reprodujo muy bien. Mm, entonces no es el CD. Pero algo debe haber en ese track de ese disco que no permite (tal vez por la resolución del láser del reproductor físico en la computadora) la reproducción o el registro en el software. Aunque, pensándolo bien, qué extraño, porque la escritura del nombre no debía ocurrir en el CD propiamente, sino en algún archivo o base de datos que el programa escribía en el disco duro.

Para dilucidarlo, revisé los directorios del programa instalado para tratar de determinar dónde eran guardados. Fracaso. El software encriptaba al vuelo la base de datos de cada disco, y era imposible visualizar o editar los nombres en algún archivo. Probé con un editor hexadecimal y no apareció ningún dato que pudiese revelar el secreto.

Le mostré a un amigo el caso y comenzamos a probar. Le pusimos otro nombre al track, una ligera variante, por ejemplo «Within You, Without You», o «Within You and Without You», y seguía ocurriendo lo mismo. El track volvía a marcar Track 08 y no reproducía la canción. Luego nos dimos cuenta que era una estupidez, porque podríamos ponerle el nombre que quisiéramos, como «La Última Carcajada de la Cumbancha», y tendría que aceptarlo. Pero tampoco lo aceptaba. Es decir, el problema estaba en el registro en sí de esa pista en particular. Probamos La Última Carcajada de la Cumbancha en el resto de los tracks y los aceptó sin problemas. Entonces, algo estaba mal en el software y no aceptaba la octava pista de los CDs. Era lo razonable, ¿no? No permitía ni ponerle el título al track ni reproducirlo.

Era una lástima, porque el software estaba «chido». No todos hacían eso, y ese tenía bonito look y era muy práctico y eficiente.

La sorpresa vino cuando, ya con resignación, probé otro CD de los que ya había capturado y… funcionó a la perfección. Cualquier artista, cualquier canción, cualquier track se mostraba bien. Todos los títulos estaban ahí y se reproducían sin problemas, incluyendo el escabroso Track 08: cualquier otro CD que no fuese el Sgt. Pepper’s aceptaba y desplegaba el nombre correcto de la canción.

Algo nos sonó en la mente. Claramente pudimos oir el «click» en nuestros cerebros, nos miramos como diciendo «¡No!». Mi amigo fue a traer su propio CD del Sgt. Pepper’s y… ocurrió lo que pensamos. El Track 08 volvía a ser un fantasma, un muerto irreproducible.

Probamos el cd player que por default traía aquel rudimentario Windows 95. Instalamos otros reproductores de CD de los que venían en las revistas. Ya lo han de adivinar: el track número 8 del Sgt. Pepper’s se reprodujo a la perfección. Inclusive, encontramos otro reproductor, no tan cool como ese pero que permitía introducir también los títulos. Y como se imaginarán, Within You Without You permanecía ahí, el título, con todas sus letras, de una canción que al fin y al cabo nunca nos ha gustado much… oh… wait!

¿Sería que…?

Sí. La única conclusión posible, después de exhaustivas pruebas y descartar cualquier falla técnica, llegamos a la sorprendente conclusión de que… Al programador del software no le gustaba esa canción, esa en especial: dictaminó que no merecía ser parte del álbum considerado el más grande de todos los tiempos, y decidió vetarla de cualquier CD del Sgt. Pepper, impidiendo que pudiese registrarse y reproducirse. Algo que no es descabellado si se toma en cuenta que los CDs contienen en su codificación un número identificador del soporte digital, de esa edición específica, como los ISBN de los libros.

Desafortunadamente, no puedo recordar cuál era el programa. Quedó enterrado en las montañas de revistas y discos de casi tres décadas. Pero a juzgar por su poco profesionalismo y su programación visceral, supongo que no debe haber tenido éxito en el mercado informático.

Ready Player One y los críticos del futuro

Aún no se estrena Ready Player One y ya hay quienes declaran que «será una basura». Ni siquiera dicen «tal vez sea…», sino que ya lo decretan, como críticos del futuro.

Afirmar de entrada que será una basura, es exactamente la razón por la que se percibe como basura. Un claro ejemplo de prejuicio. Ready Player One está concebida de origen como novela para ser llevada al cine, y es obligatorio que esté repleta de efectos digitales. Existe una consigna actual para desacreditar todo lo de Hollywood que tenga mucha efectología, sin embargo no sería posible comparar Transformers con Independence Day, la primera creada especialmente para deleitar a los fans de esos robots y la segunda un clásico de su época. Ambas cumplen su función, como estoy seguro que RPO la cumple, a juzgar por los que varios críticos (serios, profesionales) han señalado hasta el momento. Descalificarla a priori es una pose que conlleva al mismo resultado.

He encontrado este comportamiento no inusual. El exceso de efectos visuales ha sido condenado como una maldición en la actual propuesta hollywoodense y creo que es una exageración. Pero la explicación densa es compleja para tratarla en un sencillo post. Sencillo es el mensaje: no es el exceso de efectos visuales, es el exceso de crítica nos impide disfrutar buenas producciones, y el prejuicio juega en contra si se llega con predisposición a ver una película como Ready Player One. Que es, ni más ni menos, un homenaje en varios niveles a la cultura ochentera, fraguado mucho antes que Stranger Things y la fracasada Pixels. Mi recomendación optimista es, antes del estreno para el resto de los mortales, es que se relajen, no esperen una profundidad filosófica en el tratamiento del guión. Esperen una aventura excitante, bien diseñada y garantizada por la mano experta de Spielberg, quien no pudo haber sido mejor elección: un ícono de la época que extiende su influencia hasta estos tiempos.

Star Wars: The Last Jedi, la nueva fuerza de La Fuerza

Decir que Star Wars: The Last Jedi (El Último o Los Últimos Jedi), el octavo episodio en la ya trascendental franquicia cinematográfica es mil veces mejor que su predecesora, Star Wars: The Force Awakens, es ser bastante injusto con ésta última y deteriorar su mérito de haber sentado las bases, las nuevas situaciones y los personajes para continuar la épica saga.

En lugar de eso, como odio las comparaciones denostativas, me limitaré a afirmar que The Force Awakens es una película muy bien lograda y que supo honrar la causa, pero The Last Jedi es, indudablemente, encantadora.

A pesar de ciertas fallas en el ritmo y secuencias que se sienten innecesariamente largas, esta nueva entrega es capaz de mantenernos interesados durante dos horas y media sin perder el mínimo de interés. En algún momento entre los últimos dos años llegué a pensar que era necesario traer de regreso a George Lucas y obligarle a sintonizarse con su espíritu creativo en versión joven para lograr recapturar la esencia de los primeros episodios (4, 5 y un poco del 6), la cual perdió en su brillante idea de presentar al mundo toda una pre-trilogía que fue basada mayormente en situaciones galactico-políticas y muy poco en las aventuras heroicas a las que dejó acostumbrada a su leal legión de fans.

Ahora ya no lo pienso. Es notable ver que, mientras J. J. Abrams jugó a la segura en el episodio anterior (tal vez presionado por los jefes Disney, pero también compartiría la responsabilidad con el mismo Kasdan y Amdt, co-escritores), Rian Johnson se las arregló para desarrollar un guión con un balance más cohesivo entre los arcos de religión, lealtad, heroismo y aventura. Igual, tal vez el mérito no es totalmente suyo, pero de cualquier forma, no quiero poner ambas películas en un deathmatch para ver cuál es mejor. Según la crítica, esta gana por mucho.

Sin embargo, TFA hizo algo que era absolutamente necesario: encarrilar una antigua historia a un público ávido de más Star Wars que habría querido presenciar todo lo que ocurrió con Luke, Leia y Han durante más de treinta años de no saber absolutamente nada de los amados personajes. Esa es la razón por la cual, hace dos años, nos emocionamos con la triunfal entrada de Han Solo y Chewbacca en su imparable Millenium Falcon, nos sentimos complacidos de ver a Leia convertida en general de la nueva resistencia y encontrar, finalmente, al ahora legendario (literalmente hablando) Luke Skywalker, auto-exiliado en una isla en los confines de La Galaxia ya de por sí tan lejana. Por lo tanto, para mi generoso punto de vista, el episodio VII tiene todos mis respetos.

Dicho esto y dejándolo bien establecido, continúo con el episodio actual. En The Last Jedi, Rey, Finn y Poe, los nuevos héroes principales, ahora se nos hacen más familiares y van cobrando nueva fuerza (y Fuerza), mientras los venerables antiguos personajes les van abriendo el camino, dejándoselos muy bien pavimentado. Suena un poco ridícula a estas alturas la opinión de Lucas de que ya no podían seguir contándose más historias de Star Wars. Lo que no podría haber logrado era continuar contando la misma historia con sabor a space soap opera (o «telenovela del espacio»). En efecto, lo que más deseaban los fans no habría sido un acierto si, como en la historia de las largas telenovelas, no se hubiesen introducido nuevos elementos, ya que los viejos conocidos se desgastan con el tiempo. Lo único que tal vez lamentamos es el no haber presenciado una nueva y última cooperación entre Luke y Han, todo gracias al enfant terrible y parricida de Kylo Ren.

Los más conocedores de la saga encontrarán, indudablemente, muchos paralelismos con el pasado. La cinta está repleta de guiños. En algún momento, y tal vez contaminado por el incesante criticismo de los eternos conocedores de cine, llegué a pensar que tanta similitud y situaciones análogas, puestas con toda intención, eran una mala señal, una jugada ambiciosa por parte de los ejecutivos de Disney que gritaban «escribe situaciones que los fans reconozcan, con eso ganamos». Ahora, mirando en retrospectiva, puedo ver que en realidad es un acierto: jamás les habrían perdonado que hicieran lo mismo que Star Trek Discovery: luce como Star Trek, pero no sabe a Star Trek. Y quién más que yo para decirlo, que si me obligasen a decidir llevarme una de ambas sagas a la proverbial «Isla Desierta», elegiría sin duda todas las series y películas de Star Trek.

También viene incluído el obligatorio paquete de alienígenas humanoides y criaturas sorprendentes, entre ellas los adorables y amistosos (con la mercadotenia) porgs, unos ordeñables animales marinos y unos bellos e inquietantes zorros cristalinos que son una delicia visual. Así como hermosos lugares, entre ellos un sofisticado casino para gente de élite que es mañosamente anunciado como el sitio donde confluye lo más bajo y deleznable de la escoria de la galaxia.

La película tiene preciosos momentos introspectivos, así como dinámicas secuencias de batallas espaciales (tal vez más claras que la trilogía 1-2-3) y brillantes tácticas de guerra. Luke Skywalker como un viejo quejumbroso e inseguro toca la nota correcta y la justificación es apropiada (no quería decirlo pero aparece un viejo -literal- conocido), así como lo fue el desempeño de Han Solo en la entrega anterior, como el incansable mercenario espacial. C3PO mantiene su adorabilidad como androide protocolario y tal vez R2-D2 está desaprovechado, siendo comprensible, con tal de permitir la transferencia de cariño de los fans hacia el no menos simpático BB8. También veo un poco más confortable el personaje de Kylo Ren, a mi juicio, el único que le costó trabajo embonar, ahora tal vez porque ya tuvo que darse cuenta de la ridiculez de usar un casco-máscara que no tenía ni remotamente el poder icónico del que poseía su abuelo.

Y tenemos sobre el final un sorprendente giro, el cual me veo impedido a revelar para no arruinar la sorpresa. Solo puedo decir que en verdad la resolución de este capítulo limpia el estigma y libera de cualquier indecisión que se tuviera sobre la validez de continuar con la milenaria historia. Por fin, puede decirse que, como todo en la vida, Star Wars ha pasado a una nueva etapa y para el episodio IX (del que estamos seguros que tampoco será el final-final) ya no serán necesarios los servicios emocionales de aquellos jóvenes que fueron la clave de la Alianza Rebelde hace treinta y tantos años: la nueva fuerza de La Fuerza por fin logró conquistar nuestros corazones, y lo más seguro es que también la Galaxia.

https://www.youtube.com/watch?v=04d-MeYQlRc

Ringworld será adaptada para TV por Amazon Studios

Los seguidores de la Ciencia-Ficción clásica estamos emocionados: Amazon ha anunciado que adaptará Ringworld (Mundo Anillo), la legendaria novela de Larry Niven de 1970, para la televisión.

Desconocemos la cantidad de temporadas y capítulos planeados y la duración de los mismos. Esperamos que la serie haga honor al producto original manteniendo la calidad narrativa y, sobre todo, el énfasis en la ciencia real que Niven puso en las novelas.

Para quien no sepa de qué hablo: Ringworld es la historia de Louis Wu, un humano bicentenario del futuro, que es reclutado en su cumpleaños por el representante de una brillante pero cobarde raza alienígena llamada Titerotes de Pierson (Pierson’s Puppeteers), de nombre Neesus, para comandar una expedición de exploración a una misteriosa estructura alienígena en forma de anillo que orbita alrededor de una lejana estrella, supuestamente conteniendo vida en su cara interior. Son reclutados también otra humana muy joven llamada Teela Brown (exclusivamente por su factor «suerte») y el feroz «Interlocutor-de-Animales» (Speaker-to-Animals), un miembro de los Kzinti, raza tigresca otrora en guerra con los humanos pero vencida por estos.

El singular grupo lleva una nave de alta tecnología creada por los Titerotes y alcanza la estructura de origen desconocido, embarcándose en inolvidables aventuras y situaciones que van desde lo dramático a lo humorístico.

Mundo Anillo ha tenido varios intentos fallidos de adaptación, de los cuales este último parece que por fin se llevará a cabo. Con las técnicas modernas de animación CGI, realizar la complejidad del proyecto ahora debería ser pan comido. Esperemos que siga en pie y que el mismo Larry Niven, casi un octogenario, pueda ver materializada en pantalla su adorada obra maestra de la Ciencia-Ficción.

Wolfweinstein, Spacey City y otros lugares tenebrosos

El tsunami que arrasa la industria de Hollywood en estos momentos, cuya propagación, trayecto y ruptura somos incapaces de medir adecuadamente, es sin duda un hecho histórico que conmociona a la sociedad occidental y se constituye como un parteaguas en el pensamiento popular. Estamos viviendo un momento social clave, aunque no podamos identificarlo como tal.

El movimiento comenzó mucho tiempo despúes del inicio de las actividades que provocaron su surgimiento. Desde que la humanidad tiene uso de razón, los personajes poderosos han utilizado su poder, relativo y general, para proporcionarse placer a sus anchas sin que los plebeyos que les rodean pudiesen mover un dedo para denunciarles.

En Hollywood, el comportamiento de los reyes locales es perfectamente comprensible, aunque no justificable, por el solo hecho de que existen, a la par, miríadas de seres menores y desconocidos que hacen sus pininos en el mundillo artístico y que anhelan la fama y el estrellato. No pocas son las historias de las starlets (o aspirantes a starlets), que harían cualquier cosa, sí, cualquier cosa, con tal de tener una oportunidad de que su nombre y figura titilen con brillantez en el firmamento del espectáculo.

El problema comienza cuando los tiempos cambian, y con ello la óptica social. Lo que antes se veía como una situación común y corriente, ante la que había que callar bajo pena de ser desterrado para siempre del Olimpo, ahora es un comportamiento denunciable, sujeto a penalización legal y social.

Juzgar al rey H. Weinstein por sus abusos con las actrices que han levantado la voz, no es el objetivo de este artículo. Pero habría que preguntarse algo muy justo: ¿cuántas -y cuales- de todas estas actrices (que obviamente son más que las contabilizadas) llegaron con la firme idea de hacer «cualquier cosa», inclusive darle placer sexual a un cerdo con poder? ¿Cuántas de ellas (y de ellos, porque debe haber también muchos ellos) realmente salieron de dichos encuentros oscuros en el ambulante Castillo de Wolfweinstein con la firme convicción de que esta práctica no sólo NO era un «abuso» del rey, sino una estrategia -de las ahora víctimas- que les permitía obtener oportunidades que de otra forma no podrían haber conseguido? Sí, estoy seguro que el «cerdo Harvey» forzó a muchas de ellas a situaciones en las que no tuvieron otra opción que dejarse someter. Eso es, sin discusión, una actitud reprobable.

Pero tomemos en cuenta que no podemos tener la certeza de los valores éticos y morales de cada individuo: el sexo es moneda corriente en el mundo del espectáculo. Sin juzgar la moralidad del asunto, ya que de juzgar, caeríamos en la insensatez de la cacería de brujas, tan emocionante en la dinámica de las redes sociales. Sin intentar despojar la «cerdez» de Weinstein, quien más que un tipo «enfermo» ha sido un «enfermo de poder», como lo fue Nerón, Calígula, Helogábalo, Hitler, Durazo, Salinas de Gortari y tantos personajes que han pasado por los tronos de la historia universal. Así que, el hecho de reconocer que muchas de ellas, tal vez no contentas con el resultado de su «estrategia», ahora se suman a la voz denunciante que se transforma en ejecutora. Maldito cerdo, no me diste lo que quería, ahora contribuyo a tu hundimiento total. Bastante justo (fair enough).

El Castillo de Wolfweinstein, que ahora se encuentra en ruinas y lleno de telarañas, es circundado por los condados de Rattnertown, Tobacktown, CK Town y varios pueblillos como Hoffmanville, Seagalville, Travoltownie y muchos más, de cuyos nombres no quiero acordarme: se me escapan por sus pequeñas extensiones y bajo impacto mediático. Hasta el momento. De última hora: parece que la Takei Space Station también ha resultado afectada por el tsunami.

Esa misma ruta, pasando por la tierra que alguna vez fue el floreciente Polanski State, muy cerca de Allentown, nos lleva a Spacey City, la maravillosa ciudad no tan moderna pero sí modernista, cuyo portavoz y responsable de su brinco a la fama es el actor Anthony Rapp (actualmente en el reparto de Star Trek: Discovery), quien a los 14 años hacía sus pininos en el medio y estaba tan vulnerable y deseoso que Kevin Spacey aprovechó para hacerle proposiciones indecorosas y -tal vez- conseguir su objetivo. De ahí la reciente sharknami ha llevado a la ruina la carrera del que una vez fue un celebrado actor, quien dio vida los memorables personajes en The Usual Suspects y Se7en, sin dejar de mencionar al icónico Frank Underwood de la (ahora) malograda serie House of Cards.

Spacey City se ha convertido en un pueblo fantasma que ni siquiera tiene atractivo turístico. Sus glorias pasadas quedan grabadas para la posteridad en soporte digital. Así como Jacksonville y su parque temático Neverland (al cual sólo falta que se pretenda juzgar y condenar a posteriori), igual que al glamoroso pueblo de Mooretown, que saltó a la fama hace unos años por un video de su fundación en 1982.

Éste último es un caso aparte. Llega un momento en que la línea entre el abuso sexual y el juego inocente picaresco se hace muy borrosa, y resulta tan amoral el condenarlo sin haber estado ahí, como la apariencia del acto mismo. Muchos vemos en el video de Demi Moore y Philip Tanzini un hermoso momento en que una chica de 19 años le obsequia un primer beso francés a un chiquillo quinceañero que seguramente el día de hoy, a sus 50 años, no anda por ahí violando ancianas indefensas. A muchos, afectados por el calentamiento global que se propaga por el internet, les hierve la sangre y gritan «pedófila» a una chica de hace 35 años, quien en ese tiempo ni siquiera había cumplido la mayoría de edad.

Indignarse por cualquier suceso sin el contexto adecuado, y pretender lapidar a sus protagonistas por el placer de ser héroes sociales, comienza a dejar de ser un acto de justicia y se convierte en la amenaza de transformar a la sociedad en un estado de barbarie e intolerancia. Igual que en Salem.

Del tenebroso castillo de Wolfweinstein y la libertina urbe de Spacey City, a la pacífica y ensoñadora Mooretown hay una gran diferencia. Pero también dicen que juzgar a los hombres y no a las mujeres, es sexista. La verdad, es que en plena efervescencia millenial, ponerse a atacar o defender tal o cual postura son puras discusiones bizantinas.

ADVERTENCIA: En este boletín histórico no se pretende justificar a los abusadores. Pero la historia tiene un particular modo de acomodar las piezas de manera que los héroes y villanos quedan indeleblemente establecidos en sus páginas. Lo complicado reside a la hora de intentar separar al artista, como persona, de su obra; y más aún, de las verdaderas motivaciones de los supuestos criminales y sus supuestas víctimas. Mejor dejemos que la ley, como debe ser y con sus propios métodos, imparta la ciega justicia que sea apropiada. Que no necesita tantos fiscales.

Ahora que, lo verdaderamente grandioso y espectacular, va a ser cuando estalle la burbuja del calentamiento global y el que caiga sea el Planet Trump. Pero dudo que eso ocurra, por lo menos en el futuro inmediato.

Un video de Demi Moore de hace 35 años conmociona a los cazabrujas

Concretamente en 1982, Demi Moore fue grabada en una fiesta privada obsequiando a un chico que cumplía 15 años, su compañero de elenco, con un delicioso beso en la boca. Después de 35 años, en plena época de los Eternos Ofendidos, vuelve a cobrar fuerza y los medios y la gente se vuelven locos y gritan «pedofilia» y «abuso sexual».

A pesar de que el video apareció en 2012, recientemente lo recuperan para sumarse a la cacería de brujas que se genera, por supuesto, por los abusos sexuales (que sí son reales) de Harvey Weinstein y en la que por infortunio queda embarrado también el gran actor que ha sido Kevin Spacey.

Pero en el caso de Demi, el chico era su coestrella Philip Tanzini, de la serie General Hospital. A la sazón ella tenía casi 20 años y el chico estaba cumpliendo sus primeros tres lustros.

Creo que estamos viviendo una época de perversión inversa. La gente en las redes se vuelve loca por denunciar supuestos abusos. Que los hay, en efecto, pero este no es uno de ellos. Sería muy diferente si el chico tuviera ocho o nueve años. Pero a esa edad, estoy seguro que la mayoría de los hombres quisiéramos haber tenido esa oportunidad en la vida. Y para aquellos que argumentan que es «hipocresía», porque si fuese a la inversa todos reclamarían, déjenme decirles que tampoco. Jamás, en la vida real, en la realidad biológica de los seres humanos, ha sido antinatural un beso apasionado entre un chico de 20 y una chica de 15. Repelen lo que repelen.

Una cosa muy diferente es un hombre en situación de poder que obliga y/o somete a mujeres mucho menores que no consienten o que no son conscientes de sus actos. Estos son condicionantes importantes para, legalidades aparte, definir la cuestión moral del acercamiento sexual entre dos personas.

Que a Demi Moore le gusten más jóvenes que ella no es nada nuevo. Ni perverso. La cosa es que hay infinidad de mujeres que tienen esa tendencia, muy normal, biológicamente hablando. Quienes lo ven como repulsivo padecen más la enfermedad en su cabeza que las mismas perpetradoras.

Al momento, no creo que Philip Tanzini (actualmente de 50 años) tenga serios problemas psicológicos y se dedique a besar y violar ancianas. Como dicen los millenials… «supérenlo». Aunque ellos mismos no puedan superarlo.

Este tema es muy importante para mí, debido a mi recurrente e ingenua tendencia a denunciar los comportamientos exagerados, retrógrados y puritanos de la sociedad actual. No abogo por la perversión desmedida ni por la promiscuidad insensata, sino por un justo equilibrio en la visión de la moral y sexualidad humana. Esto está fielmente reflejado, en modo satírico, en mi novela El Pecado del Mundo, cuya antagonista principal es una señora obsesionada por combatir la lujuria y la perversión de la sociedad. Échenle un vistazo.

Tampoco me gustan los domingos en la noche (con conciertos de country)

Stephen Paddock no estaba loco. No, no perdió la cabeza, ni siguió las instrucciones de la voz en su mente que le decía que se asomara con unas armas desde su habitación en el hotel Mandalay Bay en Las Vegas para disparar aleatoriamente a la cantidad de asistentes congregados en el concierto de country Route 91 Harvest que se celebraba en un predio a 400 metros, el pasado domingo 1 de octubre.

El pobre solamente fue víctima de la tremenda presión ejercida por una sociedad tan traumatizante (y traumatizada) que no le dio alternativa para combatir el aburrimiento de poseer tanto dinero, jugar y disfrutar sin límites en la ciudad donde todo queda ahí y vivir en un país en el que te venden más fácilmente un arsenal de armas de diversos calibres que una caja de antibióticos sin receta.

Por supuesto, porque ellos están autorizados a impedir que te mates tú solo al automedicarte irresponsablemente, pero nadie puede violentar tu derecho a pensar libremente, aunque tus pensamientos sean tan violentos que dejarían sin argumentos originales al mismo Tarantino. Nadie tiene derecho a cuestionar lo que quieras hacer, a menos que tengan la más ligera sospecha que vas a atentar contra el POTUS o que vas a cometer un acto terrorista.

El derecho a poseer y portar armas en los Estados Unidos está garantizado por la Segunda Enmienda, dando así a los ciudadanos la tranquilidad de estar protegidos en cualquier momento y lugar. Simbólicamente, porque aunque alguno de los asistentes al concierto hubiese traído un arma consigo, no habría tenido más oportunidades de salvarse que los que simplemente salieron huyendo y por pura suerte no recibieron ningún impacto.

Pero volvamos a Paddock. Estaba aburrido, fastidiado. Seguramente no estaba afiliado a ningún partido político ni tenía lazos aparentes con alguna organización religiosa extremista. Él sólo (y solo) buscaba hacer algo de verdad emocionante en su vida. Algo que le hiciera sentir que su existencia tenía algún significado. Con seguridad desde joven había experimentado esa sensación de intrascendencia, como le ocurría a Mark David Chapman, hasta que tuvo la brillante y genial idea de provocar un caos. Siendo un contador jubilado, una carrera en la que difícilmente te vuelves famoso, no quería llegar al final de sus días para ser enterrado y finalmente olvidado. Por algo importante su nombre debería quedar en la Wikipedia y en los archivos oficiales para la eternidad. O lo que estos durasen.

El motivo debería ser algo sublime. Nada de escribir libros, crear organizaciones de ayuda social, volcarse a la filantropía. Qué aburrido. Una matanza en un concierto de country era la mejor opción. Lo planificó con cuidado. Inexplicablemente fue capaz de introducir todo el arsenal que había adquirido a la habitación del Mandalay (esto sólo es sencillo en los odiados videojuegos como Grand Theft Auto, donde puedes portar mágicamente toneladas de armas sin que se te note), y eligió el número de Jason Aldean en el concierto para iniciar su masacre.

¿Cual había sido el récord previo? Cuarenta y nueve almas despachadas al cielo, o tal vez al infierno, en el club gay Pulse de Orlando, Florida, un año atrás. Bien, aquí había muchos más mortales congregados en una exhibición de música despreciable. Con sus armas modificadas, él podría fácilmente batir esa marca. Tal vez no se enteró de la cifra oficial (cincuenta y ocho muertos y alrededor de 500 heridos), aunque su corazón le decía que había cumplido su cometido. Que era más grande que Mateen, que Lanza, que los chiquillos Harris y Klebold con sus ridículos 13 muertos en Columbine. Aún así, no debería estar satisfecho, porque cualquier otro desquiciado (este sí lo sería) llegaría pronto y fácilmente lo superaría. Pero no en su vida, que estaba ya por terminar, y lo sabía. Finalmente, su posición es detectada y las fuerzas del orden irrumpen en su habitación. Se arregla fácil con un suicidio: nadie lo exhibiría saliendo esposado. Su grandeza sería palpable, pasando de facto al panteón de los grandes y odiados enemigos públicos.

Sintonizándonos ahora en la realidad, queridos lectores, donde ustedes y yo seguramente pertenecemos, ¿dudan, en alguna medida, que esta es la manera en que funcionan las mentes de estas raras avis de la sociedad, y en especial de la norteamericana? A lo mejor es inexacto científicamente hablando pero, nos da la impresión que la «raza americana», encabezada por el único y espectacular Donald J. Trump, porta una especie de «gen de locura», que conduce a sus individuos a desarrollar pensamientos supremacistas, megalómanos y violentos. El cerebro fácilmente produce alguna enzima que bloquea los patrones inhibidores del comportamiento y genera el Desorden de Personalidad Antisocial (ASPD), despojando al individuo de todo sentimiento de remordimiento y empatía. Neurológicamente es factible, lo sospechoso es que en nuestro vecino país del norte aparezca con más frecuencia. Locura de raza, podríamos decir, aunque la reflexión tenga connotaciones racistas, porque tampoco podríamos considerar a los ciudadanos estadounidenses como una raza o especie aparte.

El objetivo de esta recapitulación ficticia no es buscar una explicación, tal y como lo respondió Brenda Ann Spencer y que traté en el artículo que le dediqué aquí mismo a principios de este año 2017, Paddock podría haber afirmado simplemente «No me gustan los domingos en la noche, (con conciertos de country en las Vegas)». Tampoco lo es el de buscar una solución, porque desafortunadamente esto sigue estando en manos de nuestros amigos los científicos hasta que encuentren una manera de reparar los cerebros dañados. Mi finalidad es acompañarles a reflexionar, que es lo único que podemos hacer ante estas lamentables situaciones.

Alguien me dijo una vez que en Japón la mayoría de los crímenes son pasionales, en México (y países latinos) ocurren mayormente por hambre, mientras que en Estados Unidos su principal motivo es la locura, sin importar el razonamiento que se elija para perpetrar los atentados. Y nunca he dejado de encontrarle cierta veracidad a ese axioma. Porque nosotros, los entes normales, cuando nos aburrimos los domingos en la noche, nuestra mejor opción es ver una película en cine o en casa. Y los que más dinero tienen, viajan a un concierto a ponerse hasta las chanclas.

Mara y la Utopía que viene

No hay mucho más ni nada novedoso que decir al respecto. En la semana que ha transcurrido, correspondiente a las Fiestas Patrias de México que ya también sufrían deterioro por el terremoto, estas resultarían aún más eclipsadas por el seguimiento mediático del caso de Mara Fernanda Castilla, la joven veracruzana que fue violada y asesinada por un chofer de Cabify en Puebla. Y como no hay mucho qué informar aparte de la infinidad de noticias que ya inundan la red, creo que está de más declarar que el repetir la información no es el objetivo de este artículo.

Pero sí lo es el tratar de ordenar un poco las ideas al respecto, para llegar a mi punto de la utopía. El asesinato de Mara cometido -presuntamente, hasta el momento- por un chofer de una empresa de transportación privada, se ramifica por varias vertientes alarmantes.

Una de ellas es el asunto de la empresa de origen español que no cuenta, por lo menos en México, con los filtros adecuados para detectar si en sus filas de conductores se cuela algún psicópata oportunista, ladrón oportunista o, en el caso actual, un criminal sexual oportunista.

De acuerdo a la más lógica reconstrucción de los hechos -en el caso de que todos los datos sean veraces- el delincuente en ciernes llevó a la chica a su casa desde un bar en la madrugada, y ella, en estado de ebriedad, se había quedado dormida, por lo que el conductor le tomó algunas fotos (tal vez ya sin ropa), a juzgar por los flashazos que reportaron las imágenes de las cámaras de seguridad. Al ver que no despertaba, vaya usted a saber si le suministró alguna droga que terminó de rematarla, decidió alegremente mejor aventarse la hazaña completa y llevarla a un motel, donde la violó ya sin una gota de escrúpulos y al final, tal vez por temor repentino, tomó la decisión de estrangularla para evitar las acusaciones directas. Y como no estamos hablando de un genio criminal digno de la mente de Doyle o Christie, subestimó la inteligencia de los posibles investigadores y supuso, inocentemente, que tirarla en un barranco a varios kilómetros sería suficiente para que jamás fuese encontrada. «¿Quién demonios encontraría el cadáver en un barranco?».

Ah, y en su negligencia criminal olvidó que existen cámaras de seguridad, GPS y diversas tecnologías que podrían delatarle, por lo que se le hizo muy fácil alegar que la había entregado sana y salva en su casa. Ni el más estúpido de los Minions sugeriría una coartada tan débil como esa.

Hasta el momento, el gobierno de la ciudad de Puebla ha retirado el registro a Cabify para operar en el estado. Y no sabemos qué consecuencias traerá esto al futuro de la empresa de transporte privado, e incluso al también polémico Uber, ya que este caso aislado parece demostrar que estas empresas no ofrecen realmente la seguridad que prometen. Pero que, al final de cuentas, no es peor que la inseguridad de utilizar los taxis tradicionales en ciudades inseguras y pululantes de delincuentes y agresores sexuales.

Por otro lado, existe la vertiente de la imagen de la inseguridad en México. La cual, así como un conductor criminal de Cabify ha echado a perder la reputación de una empresa del nuevo milenio, ha mermado la reputación de un país que en lugar de ser un atractivo turístico mundial debido a su riqueza cultural y hermosos parajes naturales, se plasma en la opinión mundial como uno de los más inseguros del mundo. En el 2011, debido a una ola de violencia en el estado de Veracruz, la gente creía que apenas pisaran tierra jarocha comenzarían a recibir disparos. Ahora esta fama se enquista en la imagen de toda una nación para el resto del planeta. Y ayudada (metafóricamente hablando) por la negligencia y falta de interés del gobierno para investigar, procesar y finiquitar adecuadamente los casos criminales, el turismo en nuestro país ha sido mermado de una forma nunca antes vista. En México matan, y lo peor, les gusta matar mujeres.

Eso nos lleva a la otra vertiente, la de la opinión pública. La gran reacción en masa es, obviamente, un termómetro de los problemas nacionales. En este caso, el que miles de mujeres salgan a protestar es un hecho que aplaudo, pero que lamentablemente es más dirigido a los funcionarios de Estado que a los propios criminales. El «Todos somos Mara» y el «Ni una menos» son gritos de batalla que significan que las mujeres ya están cansadas de la inseguridad, del machismo, de la violencia, de las agresiones, de la discriminación y de ser culpadas, por ser mujeres, de las agresiones de los perversos varones.

Por desfortuna, ni Cabify, ni México, ni su gobierno, ni los perversos varones tienen la culpa total de estas desastrosas situaciones. Si se me permite la opinión, creo que el problema radica en algo más profundo: una combinación de muchos factores, entre ellos, los principales, una profunda deficiencia cultural y educativa y la evidente disparidad en la economía social. Me atrevo a opinar, en realidad sin datos ni estudios certificados en la mano, que la mayoría de los problemas de violencia en México -como en muchos países similares- se debe a un error de coherencia en la mentalidad del mexicano promedio, que se intensifica con la educación básica: hasta ahora, que ya el problema ha sido detectado, se está promoviendo, muy lentamente, la metamorfosis de los valores culturales. Esto, aunado a la pobreza consecuente de una corrupción sin límites, crea un círculo vicioso de criminalidad y un caldo de cultivo para sus representantes.

A nadie le sirve, realmente, una escuela en donde el civismo es adorar símbolos patrios en lugar de enseñarles la igualdad de derechos y valores humanos de hombres y mujeres, de la diversidad de géneros, de pieles y credos. Y se promueve lentamente porque la promoción de la aceptación de la diversidad aún encuentra barreras y oposición en las mismas familias tradicionales, cuando los padres protestan porque a sus hijos les enseñan que los hombres pueden hacer «cosas de mujeres» o que el ser homosexual o las diversas expresiones sexuales son algo normal.

Los «valores tradicionales» aún son cadenas que frenan el progreso cultural y que costará mucho trabajo deshacerlos: no hay más que ver las expresiones públicas de los despistados que afirman que «sin pene no hay violación» o como el reciente locutor de Juego de Troles que afirmó que la muerte de Mara es, por lo menos, la mitad de responsabilidad de ella. O el rector de la universidad Madero, quien más o menos afirmó públicamente que por liberales, las chicas se exponen a los peligros…

…quienes tal vez tienen un punto, pero se olvidan que el {1 + 1 igual a 2} funciona a la perfección en aritmética básica, pero en la vida real se necesitaría un sistema tan sofisticado (y hasta el momento, ficticio) como la «psicohistoria» creada por Hari Seldon (de la saga de la Fundación creada por Isaac Asimov), la cual consiste en una serie de ecuaciones que permiten predecir el futuro en términos probabilísticos. En este caso, sólo matemáticas tan complejas como las de la psicohistoria podrían determinar las vastas interrelaciones de causa-efecto que permitirían distribuir correctamente las responsabilidades en los conflictos sociales.

Aún existe una irresistible tentación de no aceptar lo que ya es una tendencia mundial. Pero se necesita mucho tiempo y esfuerzo, errores, tropiezos y correcciones de la sociedad humana para lograr lo que todos anhelamos: la utopía.

El universo de la visionaria franquicia de Star Trek (iniciado a principios de los años sesenta) muestra un futuro utópico en el que la pobreza y disparidad social, los prejuicios, la discriminación racial y religiosa, la corrupción, el crimen organizado y los desórdenes mentales sociopáticos han sido exitosamente erradicados, y gracias a la avanzada tecnología imaginada, los casos aislados son eficientemente identificados y corregidos. Las series de televisión de la saga han ido incorporando elementos de evolución cultural a medida que los shows han ido apareciendo a lo largo de cinco décadas. No hay hacer mucha aritmética para intuir la acertada visión de su creador y showrunners, pero tal vez esto nos demuestra que el problema que nos aqueja actualmente no solamente existe en México: la mayor parte del planeta sufre de estos desatinos humanos. Y hay que revisar la historia para darse cuenta de que, desde los sacrificios humanos, pasando por torturas religiosas, esclavitud, crímenes supremacistas, genocidios, hasta llegar a los crímenes de machismo y odio a la diversidad, en efecto: vamos avanzando hacia la utopía, o lo más cercano a ese concepto que se pueda.

Tal vez no vivamos para verlo, mientras tanto, dejemos de pensar que no sirve para nada protestar. Probablemente no sirva en el momento, pero definitivamente debemos entender que nuestras acciones y movimientos actuales son, en la historia que se leerá en el futuro, un escalón más para llegar a ese anhelado estatus de la humanidad.

Danza con simios

El reciente «escándalo» (ya que no se le puede llamar de otra forma sino con comillas) de las declaraciones de Aleks Syntek contra el tristemente célebre reggatón es un claro termómetro de la nefasta situación de la actual industria musical.

Enfrentémoslo. Estamos en un mundo en el que el rock está en coma perpetuo, sostenido solamente por una pléyade de fans que poco a poco se van debilitando, con mucha fuerza (aún) en Europa y adorado por «ghettos» musicales, pero que sufre de falta de interés por la gran masa de público hispano y latino, en todo el continente americano. En su lugar, la raza, esa que compra discos y repleta conciertos, prefiere un género que comenzó siendo un subgénero que comenzó pareciéndonos muy carismático, cuando jamás nos imaginamos a lo que iba a llegar (el antecedente más lejano que recuerdo es «Te ves buena» de El General). En su momento ni siquiera le llamábamos reaggetón. Nos parecía una combinación de rap, hip-hop y reggae, un experimento muy gracioso que para nosotros los -más o menos conocedores- de la música fue perdiendo el interés, pensando inocentemente que no pasaría de unos cuantos refritos y moriría.

En lugar de eso, fue cobrando fuerza a través de dos décadas y media, durante las cuales no puedo recordar cuándo escuché por primera vez referirse a eso como «reggaetón», pero la palabra en sí me parecía un chiste. ¿Reggae? ¡No, reggaetón! No necesitabas conocer las raíces o ser fan del reggae para disfrutar del reggaetón.

Pero una vez que fue diseccionado y fueron pasando estrellas fugaces y otras estáticas a través de su existencia, pudimos descubrir que lo único que se necesitaba, musicalmente hablando, para que una canción se presentara como reggaetón era basarse en un sencillo ritmo, oscilando hacia arriba y abajo de los mismos BPM, ritmo que reza… Tún, tún-tún, tún–Tún, y eso era todo. Poco importaba que hablaran de gatos voladores, de chicas que quieren chorizo, de gasolinas o de mujeres que conocieron en un taxi. Poco importaba que el mensaje a trasmitir consistiera sólo de lo bien que iban a perrear, que chuleara divina y misóginamente a las mujeres diciéndoles mamita y nena muévelo y acércate a mi pantalón dale vamo a pegarnos como animales y te voy a atravesar con mi espada. El único requerimiento verdadero y universal es el Tún, tún-tún, tún–Tún.

De ahí evolucionaría, al darse cuenta algunos novatos y estrellas ya consolidadas de que «si no puedes vencerlo, únete» era la máxima válida aquí, comenzaron a integrar el Tún, tún-tún, tún–Tún a sus éxitos y colaboraciones, situación en la que han caído desde los más desconocidos hasta los grandes consagrados. La única manera de integrarlo sin perder su propio glamour era suavizando la misoginia implícita y la carga erótico-vulgar del género, con letras un poco más pensadas, sensuales y menos toscas, y nunca con complicaciones intelectuales (con una sola excepción y mención honorífica: Calle 13).

Y de pronto, al gran Aleks Syntek, músico bien preparado y conocedor de la historia musical pop y otros géneros, buen arreglista, compositor y carismático intérprete, se le ocurre decir (tal vez bromeando, y con toda intención y entendimiento de la tormenta que causaría) que el reggaetón le tiene hasta la madre, que no se explica por qué tantos colegas le entran (pregunta casi retórica) y, entre otras cosas, que el reggaetón viene de los simios.

Obviamente, muchísimas personas, yo incluído, aplaudimos las declaraciones de Aleks Syntek y sobre todo su valor al declarar que aunque el reggaetón fuese lo último que quedara disponible, él no le entraría al toro. No sabemos si realmente lo haría; lo cierto es que, como es tan usual y tan de moda en estos tiempos, la «comunidad reggaetonera» se le fue encima, al grado de que (mal por Aleks) tuvo que disculparse por haber dicho lo que dijo.

Vamos, no se trata de defender los insultos, pero ¿en qué clase de tiempos estamos viviendo en los cuales alguien muy versado en música ofende a un género decadente desde su concepción y después debe disculparse por decir la verdad? Si Aleks ofendió a los engendros de Alex y Fido, al barriobajoso C-Kan, al alcohólico y drogadicto (y a todas luces analfabeta) Nicky Jam, al estúpido Yankee y a los caritas misóginos de Balvin y Maluma ¿por qué debe pedir disculpas públicamente y satisfacer a una gran masa de simios a quien no le preocupa en lo más mínimo la calidad musical? El que todos esos dizque cantantes hayan protestado y exigido la retractación resulta exactamente la misma ofensa para nosotros, si no mayor, que la que Aleks hizo a ellos. Estos intérpretes tienen el cerebro lleno de estiércol y sus seguidores y admiradores son la lacra de la sociedad.

Ya. Está hecho. Insulté y ofendí a toda esa comunidad reggaetonera. ¿Y qué ocurrió? Nada. Ninguna turba enardecida vendrá a buscarme con antorchas para llevarme a la pira purificadora de la retractación pública. Ni ocurrirá de aquí a la eternidad. ¿Por qué?

La respuesta es sencilla: Aleks Syntek es una figura pública, y la gran cantidad de seguidores del reggaetón componen una masa enorme y hambrienta de justicia y venganza. Anhelan la lapidación mediática por una tontería, por una broma, por un momento de extravagancia y, sobre todo, de honestidad.

Porque estamos en los desagradables tiempos en que la corrección política es la ley y las redes sociales son jueces y verdugos.

Por la misma razón que una vez fueron lapidados Platanito por repetir un chiste de humor negro (el de Kentucky Fried Children) en un momento sensible, a Nicolás Alvarado por decir la verdad de su actitud hacia Juan Gabriel (que estaba en todo su derecho), Tiziano Ferro por llamar bigotonas a las mexicanas (a quien les vienen guangos sus detractores en México), a Ludwika Paleta por repetir el chiste de la sopa de coditos en un inofensivo tuit, a Michael Richards por su rant humorístico contra los negros en un show de stand-up («a ese idiota ya nadie le da chamba y ahora quiere hacerse el gracioso ofendiendo a un brother»).

Porque dicen lo que sólo podemos decir las no-celebridades en nuestros blogs personales y sitios de opinión, en foros de discusión, en charlas de café y en bromas de fiesta. Nada ocurre si yo apoyo a Aleks Syntek y reitero que EL REGGAETÓN VIENE DE SIMIOS, sí, porque eso es la neta, pero a la gente no le importa si uno dice la neta. Le importa que lo digan los famosos. Hagan un experimento. Tengan ustedes la edad que tengan, afirmen frente a un chico o chica amante del reggaetón que su música es simiesca, inculta y degradante. Mientras menos edad tengan, lo más que podrá pasar es que recibirán un «chinga tu madre» fácilmente perdonable, a menos que vivan en un barrio sin ley. Fuera de esos sitios, a nadie le importa la opinión insultante de un hijo de vecina, sea del estrato social que sea (la vecina).

Y créanme, no odio realmente el reggaetón. Que lo desprecie como expresión musical tampoco significa que no reconozca que SÍ ES MÚSICA, aunque muy primitiva, fácil de hacer, fácil de cantar, fácil de componer, repetitiva y nada imaginativa. Eso tampoco me impide reconocer que de repente me sorprendo a mí mismo canturreando los 4 felices de Maluma, el reggaetón necesitoso de Balvin, los mashups de género de Gloria Trevi, Ricky Martin y similares y, ¡cómo no! el archifamoso little slow de Fonsi y Yankee. Y si hay que bailarlo en algún momento que haya que bailarlo, no tengo problema, le entro, aunque siempre he sido menos bailarín que cualquier simio de la alta sociedad.

De pilón, les regalo esta joyita, quien muestra todo su linaje de cobre cuando le preguntan por la notita musical tatuada en su cabeza:

Tormento macartniano

El inicio

Paul es un muchacho con un talento natural para la música, alentado por su padre, pero él ha preferido aprendido a tocar de oído, así que a los quice años obtiene una guitarra acústica y compone sus primeras canciones. Conoce a un chico interesante llamado John, quien lo invita a formar parte de su banda de skiffle y rock and roll. Es lo que necesita para volcar su creatividad desbordante. No le importa que Johnnie brille más que él, pues sabe que contribuirá a armar una banda que impactará con su energía.

La Banda

La Banda funciona muy bien. Era de esperarse. Él y John están consolidándose como una mancuerna de compositores excepcionales. Le ha enseñado a su amigo varios trucos y secretos musicales, así como infinidad de acordes que ni siquiera sabía que existían, y con Georgie apoyándoles con su firme guitarra y el buen Ringo en la batería, no cabe duda que van en ascenso.

Los ídolos

Ahora, ya son importantes. Paulie sabe que el público admira la creatividad de ambos. Tiene toneladas de ideas bajo la manga. John también. Y ambos sienten que tanta gira les está poniendo la bota en el cuello de su inventiva. Sabe que su camarada compositor lo mira con cierto recelo, pero Paul sabe que él lo hace por el bien de la banda. Experimentan en estudio. Deben demostrar a la gente que ellos son más que muchachitos rocanroleros, que son músicos de verdad. Aunque John no ayuda mucho con sus declaraciones y sus excentricidades. La gente puede darles la espalda. Aunque Paul confía que puede manejarlo. Su amigo es un hueso difícil de roer, y no debe perder de vista el objetivo principal: hacer a la banda la mejor de todas.

Ya tienen a América y el mundo en la bolsa. Ahora, Paul comienza a emerger como la nueva fuerza creativa del grupo, el arreglista, el productor, el director musical de La Banda, ante la aparente dejadez de John.

Tormento

La situación se pone un poco tensa. Su manager e impulsor, el buen Brian, ha muerto inesperadamente. John y los demás parecen no entender que La Banda es un sólido negocio que no pueden dejar de lado. Hay que tomar las riendas y consolidar muy bien los siguientes proyectos creativos.

Pero su compañero está insanamente interesado en la japonesa que conoció y quien parece estarle absorbiendo la atención. John, enfócate. Debemos seguir escribiendo, creando, innovando. La Banda debe continuar arrasando.

Mmm, ahora John está introduciendo a su novia al estudio, y la quiere hacer partícipe del proceso creativo. No es bueno. «La Banda somos nosotros». Yo también tengo a mi chica pero no por eso la tengo aquí entre nosotros para intervenir en todo.

Tampoco es bueno que la gente crea que todas estas canciones que se le ocurren son ideas de ambos. John tiene su inquietud expresiva, Paul tiene la suya. La música es un arte para él, es un vehículo para contar historias, un escaparate creativo, no para gritarle al mundo lo que sientes por dentro. Maldita la hora en que convinieron firmar en pareja. Ya no le está gustando el rumbo que John está tomando. Está abandonándoles en espíritu. Las canciones que éste escribe son sus emociones, sus lamentos, sus introspecciones. Paul quiere que sigan siendo La Banda, aunque por dentro se sientan como corazones solitarios. Debe ser más que un sargento, un capitán, o coronel o general.

«Debo tomar las riendas. Si no lo hago yo, quién».

La división

Ya no se puede. Oficialmente, Paul anuncia que deja La Banda. En verdad quiso mantenerla, pero la tensión ya no se soporta. Es más sano para todos. John ya no quiere, él desea hacer cosas que ya no embonan con el concepto original. Deben hacer más rock, ellos están llevándolo a nuevas dimensiones. Pero no lo entiende o no lo desea. Parece que su amigo lo odia.

George está insufrible por todas las composiciones contenidas y que ellos a duras penas le han permitido sacar a la luz. Ringo está en piloto automático, por lo que ellos no serán problema alguno. John es el único que se sentirá mal por su decisión, pero es necesario.

Están en condiciones de soportarlo. Pero ahora, habrá que demostrar cada uno su talento individual.

Deberá comenzar de ceros.

Incluso cuando hay quien cree que él, Paul, en realidad está muerto, y él, Paul, es solamente un sustituto.

El nuevo camino

Paul sabe que debe trabajar duro. Deben demostrarlo, y sabe que llevan ventaja; después de todo tienen un público cautivo, una legión de adoradores.

Al principio no es fácil. A veces la crítica lo destroza, a veces lo consiente. Él sabe que le debe al público lo que quiere obtener. Coloca algunos éxitos en las listas, enmedio de los ataques de John. Bueno, somos como adolescentes peleando, pero ¿enemigos? Le sigue el juego. Lo que él sí se toma en serio es el querer destacar con la nueva banda que ha armado. Ahora sí, es suya, por lo tanto su adorada mujer puede participar sin que haya recriminaciones.

Paul confía en su talento. Desea que a John le vaya bien, igual que a George y a Ringo. Pero a John le da por el activismo y se mete en camisa de once varas. George no ha sido tan afortunado, pero ahí la lleva, y Ringo sigue en piloto automático, muy quitado de la pena. Con gusto le echa la mano al buen Richard.

Paul y su mujer hacen algunos intentos de acercamiento con John y su pareja, pero finalmente se da cuenta que no son completamente bien recibidos.

Los setenta no le han tratado tan mal, y logra recuperar su prestigio.

El golpe

Tal parece que los cambios de década son significativos. Le alegra ver que John se decidió a volver a grabar. Parece estar sentando cabeza.

Y una tragedia ocurre. Un psicópata asesina a John. Esto cambia todo. Sabe que no había posibilidad de que se reunieran de nuevo pero ¿John muerto? ¿Su amigo de la adolescencia? El mundo está muy mal. ¿Podría pasarle a él?

No se permite el lujo de alegrarse por librarse de su único competidor. Él no es así de mezquino. En realidad, lo llora.

Los tormentos

Ahora el muchachito moreno de voz atiplada que es un hit en el mundo del pop le invita a colaborar. Es natural. Todos quieren colaborar con él. Pero Paul ingenuamente le sugiere entrarle al mundo del music publishing, y cuando se da cuenta ya le ganó el brinco. Ha comprado todo el catálogo de La Banda.

Y sus canciones en ella, que tanto éxito siguen teniendo, siguen firmadas por John (en primer lugar) y él. Y encima, debe pagar derechos por interpretarlas en vivo.

Paul sigue cosechando éxitos y vendiendo discos, pero la gente sigue aclamando las de la banda.

Su adorada mujer muere. Su gran pérdida. La llora tanto como a su viejo amigo.

Pero el mundo ha ascendido a su viejo amigo al pedestal máximo del gran genio musical de todos los tiempos. Es injusto.

En los albores del nuevo siglo, muere el gran George. Lo lamenta también. Es una lástima que no pudo ayudarle más.

Ahora se junta con una mujer que al final no resultó lo que esperaba, y la separación resulta una catástrofe.

La recta final

Paul no se rinde. Sigue grabando discos y saliendo de giras. Reconoce que, aparte de crear, siempre le han gustado los aplausos, los gritos, la gente frenética coreando sus canciones, los reflectores, el estrellato. Son su néctar divino y su único vicio verdadero.

Aunque la música ya no sea lo que era en sus tiempos, en pleno siglo XXI. Sin embargo, la vida lo ha puesto en una situación privilegiada. No importando lo que ocurra en el mundo musical, cuántos grupillos que se comparen con La Banda emerjan, cuántos cantantes y raperos se autoproclamen los mayores genios, él sigue siendo Paul y La Banda sigue siendo LA BANDA, con mayúsculas.

Por fin, recupera los derechos de su música. Y tiene el reconocimiento que desde joven anheló. Tiene a una mujer tan buena como su linda mujer. Es galardonado por múltiples instancias y el público le sigue aclamando en vivo.

¿Qué es lo que todavía atormenta a Paul?

«Ya no soy joven. Mi voz se pierde, pero algo dentro de mí me impulsa a seguir componiendo. Los años en la banda parecen ahora un sueño lejano. Parte de mis composiciones siguen atribuyéndose a John, y muchos creen que él es mejor músico y artista que yo. Muchos todavía creen que soy mi propio impostor. ¡Vaya, pero eso tiene fácil solución!

«Juro que no morí. Y que aún no he muerto. Y que esta gira, tampoco es la última.»

Libre interpretación del periplo emocional del aludido a lo largo de su carrera, con dudosa pero honesta objetividad, sin intención de confrontar talentos o cuestionar méritos. Tómese con la cabeza fría y las vísceras dormidas, exceptuando mente y corazón.