En estos tiempos de corrección política -o ser políticamente correcto- es difícil hablar de un tema delicado sin tocar las fibras de unos u otros, partidarios o detractores, de cualquier lado de la balanza del tema en cuestión. Increíblemente difícil, especialmente en la época en la que cada quien es juez y verdugo solamente utilizando su celular y seguir las pautas de la corriente que va llevando al cardumen de peces opinadores. En el caso de los affaires de Christian Grey, tal vez el personaje más icónico en la moderna tendencia pseudoerótica de las primeras décadas del siglo XXI, el problema reside en legitimizar (o no hacerlo) la violencia hacia la mujer. Ni siquiera es seguro hablar desde un punto de vista documental o artístico.
Tampoco es seguro defender (o no hacerlo) el hecho de que la trilogía de novelas originales fueron escritas por E. L. James (nom de plume de Erika Mitchell, sí, una mujer), una mujer que inició publicando la historia como un fan fiction de Crepúsculo (Twilight, 2005); su juego literario fue inesperadamente exitoso y coronado con millones de ejemplares vendidos. La película de la primera entrega fue apaleada por la crítica y regularmente aceptada por el público, mientras que esta segunda entrega, «Cincuenta Sombras Más Obscuras», fue peor recibida por los críticos pero el público la ha consentido mejor. Sin embargo, hacer una reseña profesional de estas cintas y alabarlas o desaprobarlas no es el objetivo de este artículo.
Recuerdo perfectamente cuando era un crío y vi por primera vez el exitoso filme que ha cautivado a los entusiastas del horror, por excelencia: El Exorcista (The Exorcist, 1973). En mi tierna infancia en la que estaba, por supuesto, el impacto fue tal que no pude dormir por varios días y fui presa de tal trauma que cualquier evento bastante habitual, como cuando una silla se movía sola o todos los libros de mi recámara salían disparados del estante, yo lo asociaba con la presencia del Maligno. Y cómo no me impactaría, si las imágenes de la película de 1973 eran crudas, obscuras, y sobre todo, realistas. El Padre Merrin, interpretado por un Max Von Sydow que ya era anciano en ese entonces y sigue siendo igual ahora (casi la versión gringa de doña Sara García), aparece mencionado aquí sólo con la finalidad de hacer la broma sobre el hecho de que parece haber hallado el elíxir de la eterna ancianidad, mismo que ya quisiera encontrar Patrick Stewart.
Pero como hablar de El Exorcista no es el objetivo de este artículo, debo dejar bien claro el hecho de que el horror que me produjo fue temporal y dejó paso a un escepticismo que según yo también es genético y que, al parecer, comparto con la gran mayoría de las personas. Mucho más de lo que ellas creen.
Me explico: la figura de El Diablo, Demonio, Lucifer, Satanás, Belzebú, Mephisto (como te llames, señor, que de cualquier forma, eres el mismo) está tan engarzada en el subconsciente del colectivo cultural que tengo la fuerte sospecha de que a nivel individuo la mayor parte de los humanos lo identifica, en el fondo, como lo que simplemente es: una representación simbólica del mal. Nadie cree realmente que el Diablo -por llamarlo de algún modo- exista y sea un ente rojizo, con cuernos, pezuñas y administrando un antro de salsa por toda la eternidad – mientras la Tierra dure, por supuesto, porque cuando el Sol estalle se queda sin chamba. Y menos tan ocupado en inventar y supervisar los castigos en ese mítico lugar que el caballero andante Alighieri, con la ayuda de su escudero el Bosco, se encargaron de implantar en la mente de la humanidad a través de una obra escrita y pictórica. Pero desconozco realmente en qué momento histórico se originó esa imagen del cornudo con barbita de chivo, y estoy casi seguro que no fue la lotería mexicana de dibujitos.
La cuestión es que -y por fin llegamos al objeto del artículo- nunca he vuelto a ver una película de terror que cause el mismo impacto que la mencionada, que haga que incluso los adultos se tomen en serio el cine como cuestión social (las cintas Atracción Fatal (Fatal Attraction, 1987) y Una Propuesta Indecorosa (An Indecent Proposal, 1993) me vienen a la mente como ejemplos de otro género con el mismo resultado). Sin el mismo impacto social, tal vez Hellraiser (1987) tuvo esa fuerza obscura aunque su complejidad argumental no le permitió llegar al mainstream del mainstream. Sabes que algo ha tenido éxito y verdadera penetración social cuando dos políticos importantes u hombres de negocios hablan del tema en momentos de extrema ocupación. El Exorcista hizo eso y no creo que en un futuro ocurra, ya que ni Chucky, ni Annabelle ni cualquier muñeco endemoniado es tomado en serio ni por los niños, y la franquicia de Actividad Paranormal pronto perdió la novedad y la credibilidad con la cantidad de secuelas que aparecieron.
Mi punto es, que el cine de horror ya no asusta. No tendría por qué: las audiencias son más maduras, el público es más enterado del quehacer de la efectología y el maquillaje, y -lo repito- nadie cree realmente en «el Diablo». Esto es fundamental para ser impactado. La ambientación y la compañía en una sala de cine fomentan la tensión y el sobresalto, pero a la salida no comentan más de cinco minutos para pasar a otro tema. Y nadie llega a su casa para no poder dormir, salvo uno que otro incauto e ingenuo que cree en verdad que «el Diablo», y sus ocupados demonios lacayos, no tienen otra cosa mejor que hacer que llegar a tu casa (eso lo dijo uno de los del stand up) a moverte las lámparas y tocarte las puertas. Esos son los poltergeist.
El público madura. Lo que nos asustaba hace treinta o cuarenta años ahora a los chicos no les hace ni cosquillas. La mayor parte de los niños actuales se ríen de Linda Blair como la pequeña Regan cuando la cabeza le da vueltas y baja por las escaleras como araña revirada. Eso se llama decadencia.
(no muy grande)
Y cuando de plano supe que el Diablo y sus menesteres estaban verdaderamente devaluados fue cuando en la película El Fin de los Días (End of Days, 1999), un religioso afirma que según una antigua profecía, el Anticristo arrivaría a la Tierra para propiciar el Juicio Final, exactamente a las doce de la noche del 31 de Diciembre de 1999, a lo que Arnold Schwarzenegger pregunta, inocentemente «¿Hora del Este o del Pacífico?».
Recuerdo perfectamente cuando era un crío y vi por primera vez el exitoso filme que ha cautivado a los entusiastas del horror, por excelencia: El Exorcista (The Exorcist, 1973). En mi tierna infancia en la que estaba, por supuesto, el impacto fue tal que no pude dormir por varios días y fui presa de tal trauma que cualquier evento bastante habitual, como cuando una silla se movía sola o todos los libros de mi recámara salían disparados del estante, yo lo asociaba con la presencia del Maligno. Y cómo no me impactaría, si las imágenes de la película de 1973 eran crudas, obscuras, y sobre todo, realistas. El Padre Merrin, interpretado por un Max Von Sydow que ya era anciano en ese entonces y sigue siendo igual ahora (casi la versión gringa de doña Sara García), aparece mencionado aquí sólo con la finalidad de hacer la broma sobre el hecho de que Max parece haber hallado el elíxir de la eterna ancianidad, mismo que ya quisiera encontrar Patrick Stewart.
No han pasado ni dos semanas desde que el simpático Donald J. Trump tomara posesión del asiento del famoso Despacho Oval de la Casa Blanca y ya ha tomado varias decisiones que nos afectan, directa o indirectamente, al resto de los países del mundo. México es tal vez una de las naciones a las que más ha humillado -o intentado humillar, dependiendo como lo vean- en su loco tren de racismo, discriminación y supremacía. El odio y el desprecio por los inmigrantes, la construcción del famoso muro, su misoginia, el supuesto video en prácticas de urolagnia con prostitutas rusas, son tantos los temas y tantas las bromas que se han hecho con memes para atacar por medio de la burla y el escarnio a tan patético personaje, que sería imposible coleccionarlos en un solo artículo de esta columna, por lo que dejaré de lado esa intención inicial, para enfocarme en el tema.
No han pasado ni dos semanas desde que el simpático Donald J. Trump tomara posesión del asiento del famoso Despacho Oval de la Casa Blanca y ya ha tomado varias decisiones que nos afectan, directa o indirectamente, al resto de los países del mundo. México es tal vez una de las naciones a las que más ha humillado -o intentado humillar, dependiendo como lo vean- en su loco tren de racismo, discriminación y supremacía. El odio y el desprecio por los inmigrantes, la construcción del famoso muro, su misoginia, el supuesto video en prácticas de urolagnia con prostitutas rusas, son tantos los temas y tantas las bromas que se han hecho con memes para atacar por medio de la burla y el escarnio a tan patético personaje, que sería imposible coleccionarlos en un solo artículo de esta columna, por lo que dejaré de lado esa intención inicial, para enfocarme en el tema.
Creo que no soy el único que temió y sintió verdadera ansiedad cuando vimos el sorprendente ascenso de Trump con su exitosa campaña. Mis sospechas de su victoria crecieron de golpe cuando leí el artículo de Michael Moore 5 razones por las que Trump ganará (en inglés). ¿Por qué? Por la sencilla razón de que Moore exhibió las razones de peso, las que muchos sospechaban pero no querían creer, los puntos clave que tenían verdadera relevancia en el quehacer de una nación que no dista demasiado de sus vecinos del sur en cuestiones electorales. Uno de sus argumentos principales fue el que el país ha mejorado y hay grandes avances en materia social: la no discriminación a las minorías, mejores leyes ambientalistas, la violencia a la mujer y el racismo realmente son mal vistos y condenados, la legalización de la mariguana, etc. … sin embargo todo esto prospera principalmente en el núcleo de votantes que no acude a las casillas. Si el presidente de los Estados Unidos de América se eligiera a través de Facebook, Twitter y los X-Box y PlayStations, la derrota de Trump sería inminente.
Con lo que nadie contó fue con la gran fuerza de los apoyadores radicales del señor del peluquín. Toda esa gente cuyo odio racial, creencia en la supremacía blanca y feroces sentiminentos discriminadores suprimidos, para quienes Trump es un héroe que realmente hará a América grande de nuevo, fueron los realmente inspirados para salir a poner su voto.
Pero todos (¿cual sería el porcentaje de esos todos) creíamos y queríamos creer que existe una inteligencia colectiva que no permitiría el ascenso de un simio, de ese tamaño y calaña, al puesto de mayor poderío del planeta. Craso error. La inteligencia colectiva se durmió y Trump llegó a la Casa Blanca ante la mirada desanimada del resto del mundo. Fuimos víctimas, todos sus detractores, del «Pensamiento Deseoso».
¿Qué es el «Pensamiento Deseoso»?
O «Pensamiento Ilusorio» (en inglés, «Wishful Thinking») es la formación de creencias y toma de decisiones de acuerdo a lo que es placentero de imaginar en lugar de apelar a la evidencia, racionalidad o realidad. En resumen: creamos conclusiones en base a lo que deseamos. Ocurre y aplica en todas las áreas de nuestro comportamiento diario. A veces ganamos y las cosas pasan como esperábamos, pero en la mayoría de las ocasiones vemos con sorpresa y desconcierto que no se cumplió lo que supusimos a pesar de todas las deducciones y análisis cuyos resultados salieron definitivamente a nuestro favor. Cuando apuestas a tu equipo favorito desmenuzando los mejores desempeños de los jugadores en quien más confías y las más notorias fallas y carencias del equipo contrario. Cuando tienes la seguridad que te darán un empleo porque ya checaste a todos tus competidores y concluyes que son inferiores a ti. Cuando sabes que vas a lograr algo en determinado lapso después de hacer estrictas líneas de tiempo y planificas todo hasta el más mínimo detalle (y oh, sorpresa, el tiempo se te vino encima). Hay infinidad de ejemplos al respecto pero muchos entran en el terreno filosófico-teológico y no conviene ahondar en esas aguas turbias.
BIENVENIDOS A LA REALIDAD
La cuestión es que en el caso de Trump, se trató de un Pensamiento Deseoso a nivel mundial. Leímos decenas de análisis que aseguraban que era imposible que Trump obtuviera la victoria con todos estos arrebatos y desmanes, atentados contra el sentido común. No puedo imaginar a los optimistas (y lambiscones) en el equipo de la Hillary convenciéndose entre todos que ella era quien tenía la victoria asegurada por su brillante desempeño en los debates, en los cuales dejó al Donald «como trapo de cocina». Y como en México también ocurrió, les comparto por lo menos el tuit que más me hizo reir en ese sentido, relativo al hashtag #FueraTrump:
Entre todo estp, un artículo rebatió uno por uno los puntos expuestos por Moore en su brillante texto maldito: 5 razones por las que Michael Moore está equivocado sobre la victoria de Donald Trump (en inglés). Eso, señores, es el Pensamiento Deseoso. Opera esclavizando nuestro propio subconsciente, obnubilando nuestra objetividad y haciéndonos ignorar las pruebas más poderosas que fungen en contra de lo que quisiéramos que fuese. Y no podemos culparnos, es una reacción completamente humana, y ha funcionado así desde que los primeros homínidos contemplaban el Sol y la Luna y estaban seguros que adorándolos obtendrían mejores resultados en la caza.
Más aún, con el advenimiento de la información omnipresente, una obra como El Secreto, que invoca nuestro más arraigado optimismo, pretende convencernos que, deseándolo fervientemente, cualquier cosa -sí, en serio, cualquier cosa– puede lograrse sin importar qué tan difícil (o imposible) sea. Y siempre presenciaremos el éxito de estas publicaciones porque nos hacen sentir que nada, absolutamente nada, nos puede detener.
Conclusión: no debemos sentirnos mal porque nuestros pronósticos fallaron. Creímos en todos los analistas políticos, en todos los posts y tuits que aseguraban que no llegaría, creímos en la inteligencia mundial y en nuestro angustiado corazón. Ahora, los más pensantes del mundo en la escena política aseguran que Trump no durará mucho en su flamante puesto. Ese es otro de esos pensamientos infames. Y se vale deleitarnos en este.
Como bonus, y como compensación por haber soportado este descorazonador pero realista artículo, les regalo una frase que alguien inadvertidamente me soltó hace muchos años, y que la experiencia misma me ha demostrado que siempre funciona sin importar qué tanto no la creamos, por lo que a todos nos debería hacer sentir mejor:
La canción de Boomtown Rats “I don’t like Mondays” (No me gustan los lunes) la escuché en mi juventud sin saber realmente de qué se trataba. En aquel tiempo no había la información tan a la mano como la tenemos ahora. Y fue hasta hace unos años que la recordé y pude investigar, ya con el internet, el objeto central de la siniestra letra de esta pieza tan agradable al oído.
-Dime ¿por qué?
-No me gustan los lunes.
La letra de Bob Geldof se encarga del caso de Brenda Ann Spencer, quien en enero de 1979, disparó a varios niños que jugaban en el patio de una escuela de San Diego, California. Mató a dos adultos e hirió a ocho niños y a un oficial de policía. Cuando fue interrogada, al ver que no mostraba remordimientos y se le preguntó por qué lo había hecho, simplemente declaró: “No me gustan los lunes. Esto anima el día”.
La canción de Boomtown Rats «I don’t like Mondays» la escuché en mi juventud sin saber realmente de qué se trataba. En aquel tiempo no había la información tan a la mano como la tenemos ahora. Y fue hasta hace unos años que la recordé y pude investigar, ya con el internet, el objeto central de la siniestra letra de esta pieza tan agradable al oído.
-¿Dime por qué?
-No me gustan los lunes
La letra de Bob Geldof se encarga del caso de Brenda Ann Spencer, quien en enero de 1979, disparó a varios niños que jugaban en el patio de una escuela de San Diego, California. Mató a dos adultos e hirió a ocho niños y a un oficial de policía. Cuando fue interrogada al ver que no mostraba remordimientos y se le preguntó por qué lo había hecho, simplemente declaró: «No me gustan los lunes. Esto anima el día».
Justamente el miércoles de la semana pasada, mientras estaba publicándose mi artículo anterior, ocurrió una gran tragedia que conmocionó a todo el país. En un colegio de la ciudad de Monterrey, México, un chico desquiciado disparó a su maestra y a algunos de sus alumnos, para luego suicidarse. Todo el espantoso evento fue captado por una cámara de seguridad que alguien irresponsablemente filtró a las redes. El caso trae un agravante que no podemos dejar de notar: tiene toda la pinta de no tratarse solamente de un chico con problemas psicológicos que por su cuenta decidió iniciar una masacre, sino también de un evento copiado por el menor a partir de la avalancha de gore que inunda las redes sociales y en la que no existe ningún tipo de control. Es el internet, es la privacidad, es Facebook, Twitter, YouTube, sí, pero hay también acceso a otros sitios como LiveLeak, Rotten e infinidad de lugares siniestros canalizados por las plataformas antes mencionadas, y protegidas por la supuesta privacidad a la que los chicos tienen derecho.
No es mi finalidad satanizar las redes y el internet en general, ya que desde siempre he sido un entusiasta de este maravilloso medio de comunicación que nos permitió una globalización insospechada, sin embargo no puedo dejar de notar -y estipular también que esto solamente es un granito de arena que no creo que pueda lograr mucho- que hay una desagradable ola de maldad que está colándose lentamente a las mentes de la gente. No es mi deseo tampoco el sermonear de nuevo a los padres y a los maestros que cuiden y vigilen a los hijos, ya todos lo han mencionado hasta el cansancio y yo me uno a la voz, pero los gobiernos y los responsables de las grandes redes son los únicos que tienen la posible solución: actuar en conjunto, crear intensas campañas y multiplicar la vigilancia. Pero no deseo profundizar en ello. Esto sólo son reflexiones que puedo compartir para analizar la causa. Esa es mi contribución.
EL CHIP DENTRO DE SU CABEZA SE SOBRECARGÓ
Cuando conocí la canción de Boomtown Rats, y me enteré posteriormente del significado, estaba muy lejos de suponer que 37 años después el tema seguiría estando vigente, porque hay algo que se mantiene sin cambios y que en los años venideros fui descubriendo, cada vez que me daba al análisis e investigación del comportamiento humano (algo que me apasiona, extraoficialmente): hay chips en ciertas cabezas que no resisten. Se sobrecargan fácilmente. Este es el inicio de la canción: «The silicon chip inside her head gets switched to overload». Desconozco si accidentalmente o con conocimiento científico (dudo esto último, por la época) Geldof atinó a una cuestión que sigue siendo polémica pero que yo defiendo y en la que muchos no estarán de acuerdo: hay una causa neurológica para la propensión al mal. El cerebro viene configurado de fábrica, por poner una analogía. Ahora hay suficiente -que no completo- entendimiento de cómo trabaja este increíble órgano para por lo menos sospechar que hay un mal funcionamiento del mismo y concluir que no se trata sólo de castigar y concientizar: es la comunidad científica la que tiene que descubrir cómo corregir esta deficiencia.
¿Qué quiero decir con esto? Que el psicópata siempre será psicópata, sin remedio. La serie televisiva Dexter manejó genialmente una variante: Dexter es un asesino serial reconocido como tal por su padrastro desde su infancia. Y el hombre le ayuda a saciar y canalizar su sed de sangre convirtiéndole en un asesino de asesinos seriales. Es decir, no puedo corregirte, pero te haré comprender que esa es tu naturaleza y, gracias a la inteligencia del chico, pudo desarrollar un código moral que le llevaría a hacer el bien. Una situación similar la recuerdo en la película Una Mente Brillante (A Beautiful Mind, 2001), en la que John Nash, matemático brillante, identifica su propia esquizofrenia y aprende a controlarla, deduciéndola por una niña que veía desde muchos años antes y que nunca crecía.
En la realidad, una empresa de ese tipo es más difícil, por no decir imposible. Y justamente una semana antes leía el caso de Elliot Rodger, El Asesino Virgen. El chico no era mal parecido, pero no tenía éxito con las mujeres, probablemente porque, según testimonios de las chicas, él era creepy. En lugar de entender que debía corregir su maltrecha personalidad, llegó a la conclusión de que la sociedad tenía una deuda con él y debía ser saldada en lo que él llamó «El Día de la Retribución». Varias personas murieron y otras resultaron heridas en una loca jornada final en la que Elliot terminó suicidándose en su coche. Y qué triste para él que su apelativo como leyenda terminara siendo precisamente… el status que tanto odiaba.
El caso de Elliot tiene algo en común con el de Brenda Ann Spencer y el chico de Monterrey: su razonamiento es errático, egocéntrico y, presumiblemente, nada se puede hacer por cambiarlo. La triste realidad es esa. Están convencidos de su realidad interna y creada a su favor. Y en estos tiempos, todo es agravado por la constante presencia de las redes sociales que dan pie a grupos como la «Legión Holk», que premia e instiga los comportamientos psicóticos de los chicos.
Cualquiera puede justificar sus acciones, buenas o malas. Sin embargo esto no significa que la justificación sea válida. «No me gustan los lunes», es una buena justificación, pero a este chico de Monterrey no le gustaron los miércoles. A otro no le gustaba que las mujeres le huyeran. Otro puede aducir que odia a los payasos, o a las chicas de cascos ligeros, o a los sacerdotes, o simplemente nadie tiene el derecho de divertirse cuando está triste. En cualquiera de estos casos, matará con justificación, y nada puede hacerse por impedirlo. Ni la religión, ni terapeutas, ni medicamentos, ni el castigo por encarcelamiento. ¿Creerían realmente que Mark David Chapman, por ejemplo, está realmente arrepentido de haber asesinado a Lennon? Mis dos centavos, a que no lo está.
Esperemos que la ciencia realmente encuentre, en un futuro cercano, una técnica realmente efectiva para reprogramar el cerebro y proporcionarle los ajustes necesarios para sentir empatía por los demás, así como el remordimiento normal derivado de las malas acciones.
Yo sí creo con firmeza que tal avance sea viable, pero tal vez en unos trescientos o cuatrocientos años. Desafortunadamente, ya vamos a estar muy viejitos para disfrutarlo.
La pregunta es clásica. Si tuvieras el superpoder de la invisibilidad ¿cómo lo utilizarías? El espectro de respuestas va desde las más serias hasta las más jocosas y desfachatadas, dependiendo de la seriedad y prestigio del encuestado. Combatiría el crimen, me colaría a los baños de mujeres, haría trampa en los casinos, espiaría a las mujeres desnudas, haría bromas a amigos, simularía eventos sobrenaturales, entraría a las habitaciones de mujeres para verlas sin ropa, me enteraría de chismes, descubriría secretos de estado, fisgonearía mujeres desn… no, esperen, esa ya está repetida (hablando con seriedad, es la más frecuente de las respuestas masculinas pero apoyar la agenda ultrafeminista no es el objetivo de este artículo).
La pregunta es clásica. Si tuvieras el superpoder de la invisibilidad ¿cómo lo utilizarías? El espectro de respuestas va desde las más serias hasta las más jocosas y desfachatadas, dependiendo de la seriedad y prestigio del encuestado. Combatiría el crimen, me colaría a los baños de mujeres, haría trampa en los casinos, espiaría a las mujeres desnudas, haría bromas a amigos, simularía eventos sobrenaturales, entraría a las habitaciones de mujeres para verlas sin ropa, me enteraría de chismes, fisgonearía secretos de estado, contemplaría mujeres desn… no, esperen, esa ya está repetida (hablando con seriedad, es la más frecuente de las respuestas masculinas, pero apoyar la agenda feminista no es el objetivo de este artículo).
-¡Ahí está el hombre invisible!
-¿Cómo puede usted estar seguro?
-Pues ¿qué no está viendo que no lo está viendo?
Si me preguntan, mi opción preferida sería colarme a las altas esferas internacionales para enterarme cómo se resuelven los asuntos de importancia global, cómo se llevan a cabo los grandes negocios, cómo se deciden los destinos de las naciones. De una u otra forma, como cuestión lúdica, la invisibilidad siempre ha sido una de las elecciones favoritas a la pregunta inmediata anterior: ¿qué superpoder te gustaría tener? Increíble. Hagan el sondeo y verán que la gran mayoría tiene algo de héroe, chismoso y voyeur en los ingredientes de su personalidad.
Desde la clásica novela de H. G. Wells, El Hombre Invisible (The Invisible Man), publicada en 1897, innumerables instancias de héroes o antihéroes invisibles, voluntarios e involuntarios, han aparecido en la ficción popular. Las que más recuerdo son El Hombre Invisible (The Invisible Man, 1975) con el memorable David “Illya Kuryakin” McCallum, serie de 1975 que apenas duró una temporada, en la que el protagonista, modernizando la idea de Wells, usaba una máscara idéntica a su rostro, tan perfecta que nadie percibía lo artificial. Seguida por El Hombre Gémini (Gemini Man, 1976), igual de fallida, redujeron lo simple al absurdo con un dispositivo en forma de reloj que sólo le permitía disponer de su poder por 15 minutos al día. En El Hombre Sin Sombra (Hollow Man, 2000) de Paul Verhoeven, nunca nos imaginamos lo doloroso que sería el ver al legendario Kevin Bacon perdiendo la razón, y encima, no verlo. Igual fracaso experimentó la aventura de Chevy Chase Memorias de un Hombre Invisible (Memoirs of an Invisible Man, 1992).
Los superhéroes, como siempre, se cuecen aparte: Sue Storm de Los 4 Fantásticos (Fantastic Four) y Violet Parr de Los Increíbles (The Incredibles, Pixar 2004), han demostrado que las mujeres son más sensatas a la hora de manejar la invisibilidad. Mención aparte recibe el personaje Invisible Boy, (de la ya película de culto Mystery Men, 1999), un héroe singular en la piel de un joven afroamericano que anuncia poseer el maravilloso poder de volverse invisible… pero solamente cuando nadie lo está viendo, incluído él mismo.
En tiempos recientes El Chico Invisible (Il Ragazzo Invisibile, 2014), película italiana de Gabriele Salvatores, es tal vez la más ingeniosa que he visto sobre este tema, logrando el balance exacto de drama, humor y heroísmo, al mismo tiempo sentando las bases para toda una saga de mutantes… aunque no cuente con el respaldo de Hollywood, ni de Marvel o DC. Como dato curioso y en un alarde de audacia de los guionistas, el chaval sí entra a una ducha de chicas, y es descubierto por ellas en una de las escenas más memorables y siniestras que he visto.
Pero pocos nos detenemos a pensar qué tan complicado sería para la ciencia, por lo menos al nivel actual, conseguir la anhelada habilidad de ser transparente a la radiación de la luz visible -que es en lo que residiría realmente la invisibilidad. El primer tratamiento serio al respecto lo escuché -o leí, que al final es lo mismo- hace varios años en un foro de discusión de Reddit, donde alguien afirmaba que un humano que fuera invisible también sería ciego por definición, ya que los rayos de luz deben incidir en la retina para que la información visual sea codificada hasta llegar al cerebro. Explicación que me ha perseguido desde entonces y me hizo perder la fe en que en un futuro lejano podríamos alcanzar la genuina invisibilidad que nos presenta la ciencia-ficción, como si pudiésemos ir, casual, a comprar un dispositivo en una tienda Radio Shack… aún con las desastrosas consecuencias que traería el hecho de que cualquier hijo de vecina fuese capaz de pasar desapercibido. Por supuesto que, si este fuera el caso, no dudo que alguna sagaz empresa comercializaría dispositivos de uso doméstico para detectar a los intrusos malandrines.
El método más realista para conseguir una efectiva invisibilidad humana, entonces, no sería consiguiendo que las células del cuerpo dejaran pasar la luz y seguir siendo funcionales, sino urdiendo una especie de traje que capture las ondas lumínicas de todos los ángulos posibles y los reprodujese exactamente del lado opuesto, en una suerte de mimetismo instantáneo y ultrapreciso, tal y como se ve en este experimento de la Mercedes Benz…
…cuyo principio es más o menos como el que utilizaba el escalofriante Depredador, en el filme de 1987, y que también recuerdo aplicado al automóvil en alguna cinta de espionaje, muy probablemente alguna de James Bond (quien lo recuerde, le agradecería me lo comentara). El problema con estas tecnologías a nivel experimental es que la invisibilidad no es absoluta ni de alta fidelidad, por lo que sería imposible que no percibiéramos la presencia de alguien que está frente a nosotros a plena luz, ya sea estático o en movimiento.
Quien suponga que nunca sería posible llegar a un elevado nivel de precisión, recuerde que hace cincuenta años no podíamos creer los logros que la actual tecnología ha alcanzado. Y este grado de desarrollo difícilmente podría mantenerse en secreto, así que tampoco me extrañaría que a la par se inventasen tecnologías que detecten la presencia de cualquier entidad que permita que la luz le atraviese sin discriminación.
Y como con todas estas reflexiones inútiles a lo único que pude llegar fue a la “suspensión de la invisibilidad”, estado mental en el que me convenzo de lo lejos que estamos de conseguirla, es momento de anunciarles que ya dejé de soñar con poder colarme a las altas esferas internacionales para enterarme de lo que se urde en los asuntos de importancia global. Sin embargo, es un honor comunicar a mis estimados lectores que, en efecto, sí tengo un superpoder: el de no roncar (cuando duermo, obviamente). El único e insignificante detalle, es que únicamente puedo utilizarlo cuando duermo solo, y nadie está cerca para comprobarlo.
Siempre he intentado, en aras de la diversión, estirar los límites de mi incredulidad con el objetivo de disfrutar plenamente las historias que consumo en el cine y la TV. Incluso de la literatura. Lo he hecho así desde mi infancia con 2001 A Space Oddisey, pasando por Back to the Future, Star Trek, y hasta la fecha con la moderna ciencia-ficción, en tiempos recientes con Interstellar y Arrival, ambos excelentes ejemplos de hardcore sci-fi en el siglo XXI. Y todos deberían hacer lo mismo, bajo pena de amargarse intelectualmente y terminar como el papá de un amigo que no puede entretenerse ni con las del Santo y Blue Demon, y mucho menos reírse del humor involuntario que estas películas de culto nos regalan.