Los seguidores de la Ciencia-Ficción clásica estamos emocionados: Amazon ha anunciado que adaptará Ringworld (Mundo Anillo), la legendaria novela de Larry Niven de 1970, para la televisión.
Desconocemos la cantidad de temporadas y capítulos planeados y la duración de los mismos. Esperamos que la serie haga honor al producto original manteniendo la calidad narrativa y, sobre todo, el énfasis en la ciencia real que Niven puso en las novelas.
Para quien no sepa de qué hablo: Ringworld es la historia de Louis Wu, un humano bicentenario del futuro, que es reclutado en su cumpleaños por el representante de una brillante pero cobarde raza alienígena llamada Titerotes de Pierson (Pierson’s Puppeteers), de nombre Neesus, para comandar una expedición de exploración a una misteriosa estructura alienígena en forma de anillo que orbita alrededor de una lejana estrella, supuestamente conteniendo vida en su cara interior. Son reclutados también otra humana muy joven llamada Teela Brown (exclusivamente por su factor «suerte») y el feroz «Interlocutor-de-Animales» (Speaker-to-Animals), un miembro de los Kzinti, raza tigresca otrora en guerra con los humanos pero vencida por estos.
El singular grupo lleva una nave de alta tecnología creada por los Titerotes y alcanza la estructura de origen desconocido, embarcándose en inolvidables aventuras y situaciones que van desde lo dramático a lo humorístico.
Mundo Anillo ha tenido varios intentos fallidos de adaptación, de los cuales este último parece que por fin se llevará a cabo. Con las técnicas modernas de animación CGI, realizar la complejidad del proyecto ahora debería ser pan comido. Esperemos que siga en pie y que el mismo Larry Niven, casi un octogenario, pueda ver materializada en pantalla su adorada obra maestra de la Ciencia-Ficción.
Maravilloso video de Kurzgesagt – In a Nutshell. ¿Vivimos dentro de una compleja simulación creada por una raza tecnológicamente mucho más avanzada que la nuestra? ¿Nuestro universo, nuestra realidad, está contenido todo dentro de esa simulación?
Puede sonar un poco a Matrix, pero lo cierto es que esta teoría supera enormemente la idea de la clásica saga de The Wachowskis.
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A pesar de que soy fiel admirador de la obra literaria de Philip K. Dick, debo decir que la novela Do Androids Dream of Electric Sheep? (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, 1968) nunca fue de mis favoritas, en especial porque no soy tan aficionado al tema de la probable consciencia de las inteligencias artificiales como lo soy de la naturaleza y percepción de la realidad, asunto que el escritor también abordó en varias ocasiones.
Tampoco fui muy afecto de la libre adaptación cinematográfica de Ridley Scott, Blade Runner (1982). ¿Razón? Aparte de la que mencioné arriba, me pareció un poco lenta, aún siendo casi 50 minutos más corta que la secuela actual y su trama bastante directa y digerible. Y no me malinterpreten, ya que de todas formas la considero una gran película.
Blade Runner 2049, con duración de casi 2 horas y 45 minutos, es el nuevo hito cinematográfico de Denis Villeneuve, quien desde Arrival (2016) se ha convertido en el nuevo director consentido de la ciencia-ficción «seria». La crítica se deshizo en halagos por una secuela que supera con creces la obra de culto de Scott, y no seré yo quien toque la nota discordante. Sin embargo, esta es una de esas ocasiones en que me encanta responder a la pregunta «¿Te gustó?» con la paradójica respuesta: «Sí, sí me gustó, me parece una tremenda película y un clásico instantáneo dentro del género, pero no soportaría una segunda vista y creo que jamás la vería de nuevo». Villeneuve es como el Martin Scorsese de la CF: tuve exactamente la misma reacción con Silence (2016): la historia me mantuvo en vilo, y me pareció muy bien llevada en sus largos 160 minutos, aunque es de esos placeres para disfrutarse una sola vez en la vida.
Nunca he aceptado (aunque sí entendido) el llamado «cine de arte» por una razón muy personal: prefiero mil veces una narración fluída y amena que un guión lento que se desarrolla en medio de una ostentosa presunción visual y se toma un tiempo excesivo con el fin de ofrecer «éxtasis conceptual». Esas obras que los hipsters y cinéfilos villameloneros adoran. La misma razón por la que una de mis películas favoritas de todos los tiempos, 2001 A Space Odissey (1968), no la he visto más de tres veces en toda mi vida, hecho que de ninguna manera significa que no aprecie su gran valía y tremendo impacto en el séptimo arte.
Blade Runner 2049 es innecesariamente larga desde el punto de vista de la narrativa, lo que la hace una fiesta con after hour para los fans de la cinta de 1982 y veteranos de la hardcore sci-fi, además de una sólida candidata a los diversos premios por su ritmo y cadencia. Pero es un pésimo producto para el espectador casual, a quien precisamente le es imposible salir totalmente feliz del evento. Esto me lleva a reconsiderar la romántica idea de que, en este tipo de obras, los productores deberían liberar dos versiones explícitas para el público: La versión larga, para geeks y la versión corta, para neófitos. Y de antemano sé que ni a los estudios ni a las grandes cadenas de multiplexes les conviene.
La misma historia podría haberse contado en 120 minutos, si se hubiesen evitado (o moderado) las largas escenas reflexivas, los paseos relajantes de la cámara por el mundo decadente de mitad de siglo, los interminables diálogos (y en ocasiones monólogos) de los personajes que tratan de trasmitir sus nada descabelladas filosofía e ideología. Y aún así, estos excesos constituyen la característica que la coloca como una obra de arte en su categoría subestimada. Es el tipo de trabajos que permite que la gente voltee a ver el malogrado género de la CF con la misma apreciación que a los clásicos del cine y la literatura. Eliminar estos detalles abrumadores y agregar más acción con humor le acercaría peligrosamente, a la vista de la crítica especializada y la visión del público pretencioso, en mero objeto de liviandad comercial.
En el otro lado de la moneda: la satisfactoria actuación de Ryan Gosling, cuyo acierto reside en un rostro sin emociones pero que sugiere perpetua melancolía y tristeza, es balanceada con la carismática presencia del veterano Harrison Ford como Rick Deckard. Su aparición en los trailers nos permite también que mencionarlo sin que se trate de un spoiler, pero sí es importante descubrir por nosotros mismos qué papel juega en la trama, para mantener viva la expectación. Siempre es agradable la participación del viejo y buenazo Ford.
En resumen, Blade Runner 2049 puede considerarse un inteligente y cuidado producto artesanal que no es para todos los gustos, ni para todas las ocasiones. Vale la pena verla, aunque sea una sola vez.
El Fin del Mundo ya sucedió, desde hace varios años.
Lo que pasa es que se les ocurrió acreditar a todo el staff, incluidos todos los actores por orden de aparición, por lo que para ver la escena post-créditos deberemos esperar unos cientos de miles de años más.
Es fácil decir que Dave Made a Maze pudiera muy bien haber sido un guión de Charlie Kauffman (Eternal Sunshine of a Spotless Mind, Being John Malkovich, Synecdoche, New York) en sus años de adolescencia. Igual que otras películas que bordan el surrealismo realista, alegórico, con simbolismos y alusiones a las complejidades de la vida moderna, el director y co-guionista Bill Waterston nos presenta una situación imposible, aún si pretendiera examinarse bajo los estándares de la ciencia ficción convencional. Una situación absurda ocurre, y los protagonistas la aceptan tácitamente y se dejan llevar por el flujo de la misma en lugar de cuestionarla: esta es la diferencia que identifica al surrealismo.
Dave, un artista frustrado por el síndrome de no-concluir-nada-de-lo-que-se-propone, decide un día terminar con este esquema y ocupa todo un fin de semana para construir, en la sala del departamento que comparte con su novia, un laberinto hecho de cartón que viene siendo un eco lejano de la legendaria TARDIS de Doctor Who. «Es más grande por dentro», anuncia Dave desde el interior del complejo a su sorprendida compañera, quien llega a casa después de estar ausente todo el fin. Le pide por favor que no entre, ni lo destruya, y que llame a su mejor amigo para ayudarle a salir del problema.
Así comienzan a llegar a conocer la hazaña de Dave varios personajes quienes, con sorpresa menos intensa de lo que se esperaría, comienzan a explorar el laberinto. Resulta que el lugar es enorme, ha desarrollado vida propia y está lleno de trampas y peligros mortales -literalmente- pues incluso el mismo Dave no puede encontrar la salida.
Soy honesto al decir que yo deseaba que esta película fuese una obra destacada del surrealismo actual. Yo quería fervientemente que se convirtiera en mi favorita de este oscuro subgénero, y algo me impidió verla así. Casi toda la acción transcurre dentro de un enorme complejo hecho principalmente de cartón y otros accesorios caseros. Pero me quedé sólo emocionado con la pura premisa. El desarrollo de la trama me pareció poco emocionante, pues los guionistas en realidad parecen haberse perdido en el laberinto de su propio mensaje. Tal vez se deba a las deficientes actuaciones y a un enfoque pobre de la consecución del objetivo final.
Sin embargo, puedo decir que la película es admirable por su entusiasmo su complicado y al mismo tiempo simplista diseño de producción y sus altamente imaginativas situaciones, a pesar de que no terminen de cuajar en su totalidad. No podemos descalificar un gran esfuerzo creativo únicamente por la inexperiencia de los escritores.
No puedo refrenarme de citar al crítico Scott Wold, de Paste Magazine, con este extracto que resume a la perfección lo que sentí al terminar de verla:
«Una de las más frustrantes experiencias en la apreciación del arte es el llegar a la confusa intersección de admirar el trabajo de un artista y al mismo tiempo no particularmente apreciarlo. Deja a los intencionados evaluadores en la más incómoda de las posiciones: a la deriva en el río de medir el valor de una pieza. ¿Es su culpa que no puedan conectar con esta, a pesar de reconocer las meritorias cualidades del trabajo? ¿O sus instintos son correctos, y los méritos del arte son tales que son meramente impresionantes en relación a sus atributos menos halagadores? Dave Made a Maze, la fieramente creativa pero infinitamente frustrante obra de Bill Watterson nos deja precisamente en esta incómoda posición.»
Que es exactamente la impresión que me queda, por ejemplo, al ver una obra de Picasso o Van Gogh.
Aún así, puedo recomendar Dave Made a Maze, no por lo cuestionable del desarrollo de su trama, sino porque es una idea genial y su hechura extremadamente laboriosa, lo cual merece un reconocimiento y ser apreciada por este esfuerzo. Tal vez habría crecido mejor en manos más capaces.
War for the Planet of the Apes (La Guerra del Planeta de los Simios) es la manera brillante de cerrar una trilogía brillante de un brillante remake en el cine moderno.
Cuando todos dan por sentado que los remakes apestan y que todo tiempo pasado fue mejor, la nueva trilogía del Planeta de los Simios demuestra que Hollywood no hace mejores películas porque no le interesa y generalmente apuesta por lo fácilmente vendible. Por fortuna (y desfortuna para tantas historias mal rescatadas) a los adorables monos les tocó las de ganar. Tres películas hechas con sensibilidad artística, sólida narrativa y adecuadas dosis de acción para los gustos más inquietos, aunque debemos siempre reconocer que, por muy intelectuales que pretendamos ser, la acción bien dosificada es un elemento imprescindible en el quehacer cinematográfico.
No podemos decir que es un remake en el extenso sentido de la palabra – ya que no se «rehicieron» las mismas historias; tampoco un reboot pues no fue «reiniciada» la narrativa original, como en el incomprensible fracaso de la versión de Tim Burton. La presente trilogía funciona más bien como una precuela si ignoramos el hecho de que en la línea de tiempo de las películas sesenteras/setenteras se jugó con la línea temporal para explicar con una brillante -entonces brillante, ingenua ahora- paradoja temporal el propio inicio de todo el desaguisado simiesco. La propuesta moderna tiene mucho más sentido.
Lo que fue en principio una novela divertida, desenfadada y casi humorística del francés Pierre Boulle (publicada en 1963) terminó convirtiéndose en una de las más famosas franquicias con la adaptación al cine, protagonizada por Charlton Heston y dirigida por Franklin Schaffner en 1968, la cual produjo una de las escenas finales más icónicas del cine pre-moderno. A partir de ahí se generaron varias secuelas, una serie de televisión y dos remakes más, de los cuales el último es al que pertenece la trilogía actual.
Tal vez la robustez de esta nueva saga reside principalmente en el imponente carácter del protagonista César (interpretado por el sobrevalorado Andy Serkis), un chimpancé evolucionado que se abre camino desde el desarrollo artificial de su inteligencia a manos del científico Will Rodman (James Franco) hasta el liderazgo definitivo de una nueva raza de simios pensantes que se las arregla para sobrevivir en un mundo cedido por humanos paulatinamente diezmados por el virus mutante que impulsó a los simios en primer lugar. Esta última entrega contiene algunas alusiones bíblicas que tal vez molestarán a algunos, y por lo menos una presentación directa a quien posteriormente se convertirá en un elemento significativo en las cintas originales: Nova. Otra referencia muy clara es la interpretación de Woody Harrelson, en ingenioso e intencional homenaje al icónico Coronel Kurtz, el personaje de Marlon Brando en Apocalypse Now. Los guionistas sabían lo que hacían.
Otro de los grandes valores del cine moderno de acción bien realizado también consiste en la magia de los efectos especiales. El cine actual ya es bastante maduro como para utilizar los sofisticados efectos especiales no para asombrar, sino para utilizar el realismo como apoyo a historias bien escritas, las nuevas sagas épicas. No sabemos qué nos depara el futuro de la tecnología cinematográfica, pero creo que es bastante sano rehacer y volver a rehacer las historias que han echado raíces en la conciencia popular. Esto tal vez entre en conflicto con la creencia postmoderna formulada como pregunta: «Para qué rehacer un clásico?». Yo sostengo que, en las mejores manos, cualquier obra cinematográfica muy querida es susceptible de rehacerse con mejores recursos y con mejores resultados, como prueba de ellos es la infravalorada Total Recall (2012), de Len Wiseman, la cual hizo mejor justicia a la historia original de Philip K. Dick.
En muchas ocasiones existen historias a las que nunca se les da la importancia suficiente y permanecen dormidas hasta el final de los tiempos. La saga de los simios mutantes, posible pero improbable, tal vez toca en el fondo algunas fibras antropocentristas. Una gran cantidad de gente, de actitud conservadora, prefiere creer en el humano como el centro del universo y de la Creación. Una mirada a los andares de César, aún sabiendo que se trata de un elemento de ficción, permite entender, sobre todo si alguna vez se han visto simios inteligentes en persona y se ha estudiado su desempeño, cómo nuestro ADN se diferencia del de ellos sólo por una ínfima cantidad de código genético. Tal vez por eso estas historias son tan cautivadoras y nos permiten sintonizarnos en gran medida con la raza que -en esta ficción- sustituirá a la nuestra. Sin tomar en cuenta que la raza humana es presentada -mañosamente- con abundante villanía.
Pero no habría por qué justificar a los animalovers en este sentido. Lo más seguro es que, si los simios algún día llegaran a tomar el control de la sociedad, en su lenta evolución y desarrollo, igual caerían presos de las mismas pasiones humanas -o en este caso, simiescas- de destrucción, autodestrucción, envidia, vanidad, ambición y ansia desmedida de poder. Todos estos que, al final, son más signos de inteligencia que de barbarie.
War for the Planet of the Apes (La Guerra del Planeta de los Simios), dirigida por Matt Reeves, protagonizada por Andy Serkis, Woody Harrelson y Steve Zahn.
Si eres fan de Doctor Who, la antiquísima -y renovada- serie inglesa de ciencia-ficción fantástica, es posible que al día de hoy (16 de Julio de 2017) ya te hayas enterado de este acontecimiento. El Doctor Who número 13 será, por primera vez, una mujer.
La BBC acaba de anunciar, con bombo y platillo, que la décimo tercera encarnación del famoso alienígena de Gallifrey estará a cargo de Jodie Whittaker, quien ya previamente compartió créditos con el mismísimo David «Allons-Y» Tennant (el famosísismo y aparentemente insuperable Décimo Doctor) en la serie británica Broadchurch. El encargado de la temporada 11 y frontrunner de la misma será el guionista Chris Chibnall (también escritor titular de Broadchurch), cuyos guiones aportados a Doctor Who no son precisamente de los favoritos de los Whovians, por lo que albergamos un poco de dudas sobre si la serie alcanzará los mismos estándares de calidad cienciaficcionesca que ha alcanzado el célebre Steven Moffat, showrunner por 6 temporadas, desde el 2010.
Lo cual nos llevará, en la undécima temporada de la era moderna de Doctor Who, a una especie de bifurcación en la percepción. Veamos, cuando se experimenta con lo ya establecido y lo tradicional, es decir, se rompen los paradigmas, hay que tener siempre un punto de control, y esto es aún más cierto cuando está de por medio una audiencia cautiva durante tantos años. Y más si es inglesa.
Cuando estamos tratando de encontrar una falla, digamos, en programación, o en reparaciones de hardware, no vamos haciendo pruebas, correcciones o cambios de dos en dos (o más de dos), si es que queremos hallar el origen verdadero del problema. Si tenemos éxito, así nunca sabremos cual fue la operación que nos llevó al mismo.
En el caso de esta serie, los cambios no debieron haberse hecho al mismo tiempo. Si la undécima temporada resulta un fracaso (lo cual no deseo pero albergo ese ligero temor en mi mente), no sabremos si fue por un deficiente desempeño de Chibnall -quien puede ser un excelente guionista pero, hasta el momento, ha carecido de ese enfoque de misterio y ese halo de misticismo dramático-científico de Moffat- o si se debió a que Jodie Whittaker no alcanzó a llenar los grandes zapatos que deja Capaldi.
Por mi parte, no tengo inconveniente en que el Doctor sea una fémina. Esta es la época del inclusivismo, y hay que estar acorde. El tradicionalismo con el que la mayoría hemos crecido (insisto, y más los ingleses), nos lleva a pensar que los personajes establecidos deben seguir los lineamientos originales de raza, color, género y edad. Este último ya fue desbancado desde las temporadas iniciales cuando el primer Doctor, William Hartnell, fue sucesivamente reestituido por uno cada vez más joven, alternando edades hasta llegar a Matt Smith de la nueva época con escasos veintisiete años (ver Las Edades de los Doctores).
Según la mitología de los Time Lords, el Doctor podría transformarse en cualquier tipo de humano -en sí, por conveniencia de la serie- ya que los Time Lords de origen también tienen la apariencia de nuestra especie. Tal vez lo que veo de Whittaker es una apariencia de mujer frágil, probablemente por sus rasgos faciales, aspecto en el cual habrían sido más favorable la leve y excéntrica androginia de Tilda Swinton o la fiereza de una Sigourney Weaver. Pero tal vez eso también sea desear que la mujer sea masculinizada para mantener el prejuicio machista, por lo que deberé conceder a Jodie el beneficio de la duda. Quizá nos de la sorpresa igual que como nos la propinó Matt Smith con sus manerismos maniacos, ella puede tener un as bajo la manga de su talento para portar con decoro el rol del Doctor y proporcionarle una nueva personalidad, sin perder su esencia.
No tuve mucha confianza en Capaldi, hasta que mejoró notablemente al final de su primera temporada (octava) y al inicio de su segunda. A este punto, le veo a la misma altura y cumpliendo con la fortaleza (léase seguridad en sí mismo) como el Doctor de Tennant. El punto en que me demostró que era un más que digno Ultimate Time Lord fue en el episodio 11 de la temporada 9, «Heaven Sent», capítulo que mezcló un gran guión de Moffat, un exquisito diseño de producción y una inmejorable actuación en un one-man-show.
Por el lado de Chibnall, en verdad tiene que esforzarse para superar los guiones con los que ha contribuido a la serie y por lo menos igualar los story-arcs (arcos narativos, las historias de fondo que trasncurren a lo largo de las temporadas) a los que nos acostumbraron Russell T. Davies (el resucitador de Doctor Who y primer showrunner) y el mismo Moffat. Hasta ahora, sus episodios han sido más drama que ciencia-ficción.
Chris es un excelente dramaturgo y Broadchurch ha sido uno de sus grandes hitos, sin embargo, en el ámbito de la CF/F hay que ser atrevido, visionario, y empujar los límites cada vez más. Si no logra nivelar adecuadamente las dosis de drama y fantasía que en especial este legendario show requiere, los Whovians pueden mostrar su disgusto y eso no le conviene a la BBC, y por lo tanto, el show podría llegar a una nueva cancelación.
Y por el lado de los ingleses, hay algo que mantiene mi esperanza. Tal vez son uno de los pueblos más tradicionalistas, probablemente más que México, más que Japón -que ya es mucho decir- y pueden entrar alegremente a la onda del inclusivismo mundial, aunque hay dos cosas que nunca van a permitir. El Doctor puede ser mujer, negro, joven, viejo, calvo, gordo, flaco, pero siempre, siempre deberá ser británico. La otra cosa que es casi seguro que no dejen que les quiten de las manos es el honor de poseer el show televisivo de ciencia-ficción más antiguo del mundo: 54 años, y contando.
De manera que, mis dos centavos: uno para Chris y otro para Jodie. De todo corazón deseo que mantengan la vara en alto. Lo único que me pregunto es: cuando el Doctor se regenere en el próximo especial de Navidad y aparezca en el cuerpo femenino, ¿dirá: «Boobs! No dick! And… still not Ginger!»?
Tantas veces que vi esta serie y jamás reparé en este detalle. El primer oficial William T. Riker (Jonathan Frakes), del U.S.S. Enterprise (Star Trek The Next Generation) siempre que llega a sentarse lo hace de esta manera:
Investigando en este enlace, me enteré de lo que comentaron en Reddit:
Frakes had a back injury, caused by having a job moving furniture. The result is the «Riker Lean,» where you often see him on set leaning on chairs or consoles, or with one leg propped up on something. You can also see his body is tilted a little when he’s standing up straight.
«Frakes tuvo una lesión en la espalda, causada por un empleo de cargador de muebles. El resultado es el «Inclinamiento Riker», en el cual puede verse a menudo inclinándose, o con una pierna subida en algo. También puedes ver su cuerpo inclinado ligeramente cuando se para derecho.»
Estas son las edades que tuvieron los actores de Doctor Who en el momento en que han iniciado sus interpretaciones televisivas como el legendario Time Lord.
Actor
Nacido en
Doctor No.
Año Doctor
Edad
William Hartnell
1908
Doctor 1
1963
55 años
Patrick Troughton
1920
Doctor 2
1966
46 años
Jon Pertwee
1919
Doctor 3
1970
51 años
Tom Baker
1934
Doctor 4
1974
40 años
Peter Davison
1951
Doctor 5
1981
30 años
Colin Baker
1943
Doctor 6
1984
41 años
Sylvester McCoy
1943
Doctor 7
1987
44 años
Paul McGann
1959
Doctor 8
1996
37 años
Christopher Eccleston
1964
Doctor 9
2005
41 años
David Tennant
1971
Doctor 10
2005
34 años
Matt Smith
1982
Doctor 11
2010
27 años
Peter Capaldi
1958
Doctor 12
2013
55 años
Jodie Whittaker
1982
Doctor 13
2017
35 años
Update: Se ha agregado a Jodie Whittaker, quien ha sido confirmada por la BBC como el Doctor N° 13.