El Fin de la Eternidad – Isaac Asimov

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Esta es una de las novelas más prestigiadas del Doctor Isaac Asimov, a pesar de no ser de las más conocidas. El Fin de la Eternidad (End of Eternity, Doubleday 1955) trata de una organización atemporal que se dedica a revisar y alterar la historia para encontrar el balance óptimo para la humanidad. Los integrantes de esta extraña empresa son llamados Eternos y gozan de un respetable temor que infunden a las sociedades de todos los tiempos. Su método es analizar los eventos más significativos que producen grandes catástrofes sociales y encontrar el punto exacto donde deben intervenir para crear un mejor resultado, con el cambio mínimo necesario. Un Ejecutor -integrante de los Eternos encargado de llevar a cabo los cambios en el momento temporal correcto, basado en las instrucciones de los Analistas– llamado Andrew Harlan comienza a desviarse un poco de las políticas de la Eternidad y los resultados son escalofriantemente desastrosos.

La historia es al mismo tiempo una interesante aventura y un potente drama que toca un tema que Asimov sabía manejar a la perfección: la ciencia explotada al límite y las posibles consecuencias de usarla con irresponsabilidad. El escritor no fue tan prolífico en el asunto de los viajes temporales como en su tratamiento al tema de los robots, su creación más famosa. Sin embargo, El Fin de la Eternidad es una novela impecable que tiene momentos de genuino horror. Con su consabida precisión científica, Asimov trata con sumo cuidado los enredijos del viaje temporal y nos entrega una deliciosa historia que no puede abandonarse una vez iniciada.

¿Amarían los extraterrestres a Bach?

Normalmente me gusta leer cuestiones de ciencia (no tan seguido como quisiera), y Space.com es un buen lugar para enterarse de las últimas novedades en materia espacial. Pero cuando se aparece un artículo como éste, no me queda más remedio que sorprenderme y al mismo tiempo tratar de entender cómo la gente dedicada al mundo de la ciencia intenta de repente llamar la atención con aseveraciones estrafalarias. Tal vez, a la mayoría no le parezca algo tonto, a mí me lo parece especialmente viniendo de alguien acomodado como «director científico», o de cualquier organización científica que se precie de serlo.

El artículo se llama If Aliens Exist, They Will Probably Love Bach (Si los extraterrestres existen, probablemente adorarían a Bach), y puede ser encontrado en el enlace que pongo. Aquí unos extractos, de mi traducción:

«Si alguna vez hacemos contacto con extraterrestres, ellos podrían estar más interesados en aprender acerca de Van Gogh y Bach que sobre Einstein o Newton, dijeron científicos el sábado». […] «¿Qué tienen los otros chicos que saber sobre nosotros? ¿Qué tenemos para ofrecer?» preguntó Douglas Vakoch, un director del SETI (donde buscan inteligencia alienígena). «Si son tan avanzados, probablemente no podamos enseñarles sobre ciencia, pero podemos decirles lo que es estar en este precario punto en que no sabemos si vamos a continuar como especie.» […] «Los extraterrestres avanzados podrían haber olvidado lo que es vivir como vivimos los humanos, con el futuro en cuestión. Y la mejor manera de enseñarles lo que es ser humano puede ser a través del arte o la música», agregó Vakoch.».

Ese tipo de especulaciones exhibicionistas deben dejárselas a los escritores de ciencia ficción, quienes deliberadamente deben tomar las infinitas variantes y posibilidades y adaptarlas a historias cautivantes, ya sea románticas o estremecedoras. Sin embargo, en el mundo de la ciencia ficción también hay hardcore, el cual casi me parece que es un subgénero dentro del subgénero (la CF no es mainstream en la literatura, hasta donde sé), y es donde los escritores más pensantes y entrenados presentan sus ideas más pensadas, más documentadas, con el mayor rigor científico. Y precisamente, en ese obscuro rincón del pensamiento es donde una historia como ésta no tendría cabida. En primer lugar, se ignoran cuestiones primarias que cualquier científico versado en el área de la «exobiopsicofilosofología» debería atender: no hay manera de demostrar, hasta el momento, que los alienígenas puedan captar las mismas longitudes de onda con sus desconocidos órganos sensoriales, por lo que para ellos una pintura debe de no tener significado alguno, o sus oídos -o lo que sea que los supla- tal vez perciban las frecuencias de nuestra música como enredos cacofónicos. O no las perciban, finalmente, asumiendo que no necesariamente tendrían que comunicarse por medio de sonidos. Ni siquiera podríamos afirmar que, en la remota posibilidad de que hayan logrado traspasar la barrera de la velocidad de la luz y anden por aquí paseando escondidos como espías, dejando círculos en los sembradíos e insertando sondas anales en la gente (excepto en modelos glamorosas), sean de nuestra misma estatura o nos perciban como seres dignos de ser respetados. Lo más probable es que para ellos seamos como molestas colonias de hormigas que deben estudiar o desbaratar.

¿En qué momento la ciencia ficción pintó de color rosa sus tendencias y puso de moda el concepto de que «si son civilizados, deben venir en son de paz»? Ah, ya sé, desde que Spielberg abrió la presa y permitió la entrada a los soñadores al elitista mundo de la C/F y contribuyó a convertirla en la glamorosa y cool Sci-Fi (aclaro, no tengo nada en contra de Spielberg, de hecho me encanta su obra, pero los hechos son los hechos).

Posteriormente explican porqué Bach: debido a que la música de este señor era casi matemática (algo que mi cerebro de androide puede encontrar más placentero que la simple música clásica que apela a la belleza espiritual, la que aprecia la mayoría de la gente), compuesta de bucles y variaciones tan precisos que parecerían hechos en software moderno de diseño musical. ¡Cómo se habría divertido Bach con la actual tecnología! «Pierre Schwob, autor y creador del repositorio de música clásica ClassicalArchives.com» continúa el artículo, «sugirió que una pieza como «Variaciones Goldberg» de Bach, que está construída en patrones matemáticos podría ser particularmente accesible a los extraterrestres.» ¡¡Por supuesto!! Así como si pudiésemos infiltrarnos en una de sus naves, podríamos ¡infectar con un virus diseñado para Windows su complejísimo sistema de navegación extraterrestre! ¿¿Mmm, en qué película vi eso??

Todo esto es un ejemplo claro de wishful thinking, traducible como «pensamiento deseoso», y no hay mucha diferencia en la manera en que razona el creyente cuando fuerza a su cerebro a aceptar lo que quiere creer aunque la lógica lo condene. Puede parecer el final de la inocencia, pero lo más razonable es afirmar que hay muy poca posibilidad de que los extraterrestres nos contacten en el futuro inmediato de manera pública, y que si lo hacen sea como encontrarse gente de otros países y culturas. Y menos me gustaría que los humanos nos viéramos como estúpidos tratando de ofrecerles pinturas y ejecuciones musicales grabadas como si fueran embajadores de paz y terminen usándolos como sondas, pensando que para eso se las estamos tendiendo. Ay, el ser humano con su eterno antropocentrismo, ¿cuándo aprenderá?

La segunda imagen es la portada de «Switched On Bach II» de Wendy (nee Walter) Carlos.