Recuerdo perfectamente cuando era un crío y vi por primera vez el exitoso filme que ha cautivado a los entusiastas del horror, por excelencia: El Exorcista (The Exorcist, 1973). En mi tierna infancia en la que estaba, por supuesto, el impacto fue tal que no pude dormir por varios días y fui presa de tal trauma que cualquier evento bastante habitual, como cuando una silla se movía sola o todos los libros de mi recámara salían disparados del estante, yo lo asociaba con la presencia del Maligno. Y cómo no me impactaría, si las imágenes de la película de 1973 eran crudas, obscuras, y sobre todo, realistas. El Padre Merrin, interpretado por un Max Von Sydow que ya era anciano en ese entonces y sigue siendo igual ahora (casi la versión gringa de doña Sara García), aparece mencionado aquí sólo con la finalidad de hacer la broma sobre el hecho de que parece haber hallado el elíxir de la eterna ancianidad, mismo que ya quisiera encontrar Patrick Stewart.
Pero como hablar de El Exorcista no es el objetivo de este artículo, debo dejar bien claro el hecho de que el horror que me produjo fue temporal y dejó paso a un escepticismo que según yo también es genético y que, al parecer, comparto con la gran mayoría de las personas. Mucho más de lo que ellas creen.
Mi punto es, que el cine de horror ya no asusta. No tendría por qué: las audiencias son más maduras, el público es más enterado del quehacer de la efectología y el maquillaje, y -lo repito- nadie cree realmente en «el Diablo». Esto es fundamental para ser impactado. La ambientación y la compañía en una sala de cine fomentan la tensión y el sobresalto, pero a la salida no comentan más de cinco minutos para pasar a otro tema. Y nadie llega a su casa para no poder dormir, salvo uno que otro incauto e ingenuo que cree en verdad que «el Diablo», y sus ocupados demonios lacayos, no tienen otra cosa mejor que hacer que llegar a tu casa (eso lo dijo uno de los del stand up) a moverte las lámparas y tocarte las puertas. Esos son los poltergeist.
El público madura. Lo que nos asustaba hace treinta o cuarenta años ahora a los chicos no les hace ni cosquillas. La mayor parte de los niños actuales se ríen de Linda Blair como la pequeña Regan cuando la cabeza le da vueltas y baja por las escaleras como araña revirada. Eso se llama decadencia.
Y cuando de plano supe que el Diablo y sus menesteres estaban verdaderamente devaluados fue cuando en la película El Fin de los Días (End of Days, 1999), un religioso afirma que según una antigua profecía, el Anticristo arrivaría a la Tierra para propiciar el Juicio Final, exactamente a las doce de la noche del 31 de Diciembre de 1999, a lo que Arnold Schwarzenegger pregunta, inocentemente «¿Hora del Este o del Pacífico?».
Desde entonces, ya no hay nivel.