Desde que los Beatles alcanzaron el status de leyenda, vengo oyendo de diversas lugares y subculturas la incesante búsqueda de «Los Nuevos Beatles». Innumerables bandas pasaron por ese cruel rasero; escuché mencionarlo de New Kids of the Block, Backstreet Boys, Oasis, Chemical Brothers, inclusive en bandas de habla hispana como Hombres G, Soda Stereo y El Cuarteto de Nos han creído encontrar la reencarnación musical del Fab Four.
Una empresa bastante aguerrida y persistente, diría yo. Y bastante necia, porque ¿cuál es el empeño de encontrar una banda que continúe las hazañas que en su momento lograron los consagrados? Veamos, yo los conocí en mi tierna adolescencia, en el 75, cinco años después que la agrupación se desintegrara. Y tuve bastante tiempo para digerir sus creaciones, entre el ascenso meteórico de Queen y los artistas de la época. Hasta el momento, no veo necesaria la existencia de un grupo que representase la reencarnación de mis favoritos. ¿Con qué objeto? ¿Más Beatles? Tan necio como pretender que sus hijos se junten y continúen el legado.

Posteriormente me di cuenta, ya entrados los años 2000, que el fenómeno sociológico ya no sólo se daba con Beatles sino con muchas bandas llamadas «clásicas del rock» y de plano con todo el género musical. El Rock -así, con mayúsculas y sin subgénero- comenzaba a hacerse viejo, y todos los que habíamos crecido con el rock clásico nos encaminábamos junto con su senectud. Comencé a recordar que en los años 50s y 60s fue vilipendiado por los adultos de su época; y a comprender que era un tipo de música que, si bien sigue resultando válida, ya no tiene la misma penetración en la escena internacional como lo tenía en el tiempo en el que, para nosotros, era mágico.
Y ahora, muchos millenials mantienen la ilusión de que el rock sigue igual de vigente, y no sólo vigente sino que puede resurgir con la misma fuerza que en su era dorada. Les he oído lamentarse que la gente del siglo XXI no conceda tanta importancia a tantas bandas de innegable calidad -que la tienen- y favorezcan a los «poco imaginativos» (no totalmente cierto) raperos, hip-hoperos y reggaetoneros en lugar de adorar a los grupos que, para ellos, son las genuinos herederos de Beatles, Zeppelin, Queen, Pink Floyd, The Who, Deep Purple, y tantas y tantas bandas que lograron cautivar a los jóvenes de hace treinta y cuarenta años con sus profundas composiciones y enérgicos riffs, en conciertos que eran una oda a la creatividad, a la inteligencia, al desparpajo y al contestatarianismo. Estos grupos no pueden llegar a ese grado de fama por la razón más importante: no darían las utilidades necesarias a la industria discográfica.
Lo cierto es que *(carraspeo)*, lo siento. No volverán. Tal vez, como Gene Simmons afirmó en su incendiaria declaración, el rock ya esté muerto. Por lo menos, el rock que conocimos. Ese que movía multitudes y era la estrella de la escena musical internacional. Los conciertos, por supuesto, siguen teniendo sus llenos totales, algunos más que otros, pero ya no poseen el mismo arrastre que antes. Si hay que culpar a alguien, es culpa de los tiempos. Veo a muchos padres -yo fui uno entre ellos- que intentan que sus hijos conozcan la música clásica (nuestro rock clásico), y en buena medida lo logramos, pero nada podemos hacer con el imponente tsunami mediático que pone a Maluma como una estrella y permite y promueve que Kanye West se declare el mayor genio musical de todos los tiempos. Que incluso grupitos de cantores masculinos juveniles como los One Direction o Big Bang sean idolatrados (en una más acertada reencarnación de la fuerza de Menudo y Magneto, irónicamente) y perseguidos por las chicas que lloran y se desmayan tal y como hacían con Beatles a principios de los sesentas.
Tal vez los millenials, en especial los nacidos a finales de los ochenta, o tempranos noventeros que ahorita rondan entre los 25 y 30 años, quienes tuvieron acceso a la música de nuestra generación, son quizá el jamón del sandwich cultural que viven ansiando ser parte de una época significativa, son los que más anhelan el resurgimiento del ansiado rock perdido. No son ni tan jóvenes para aceptar la música industrializada repleta de cantantes ayudados por Auto-Tune (a pesar de que Cher popularizara el recurso), ni tan viejos -como nosotros- para poder morir en paz sabiendo que vivimos en la era de la música reflexiva, introspectiva, llena de lirismo y virtuosismo a pesar del estruendo y bravura instrumental de las distortion guitars, los tamborazos de las furiosas baterías y las enigmáticas composiciones «mariguanas» de bandas progresivas, tal y como eran llamadas por nuestros padres y abuelos, la «generación silenciosa», que no era llamada así por su carencia de música sino por su ausencia de activismo.
Tomando en cuenta que somos parte de una revolución musical que posiblemente empezó en los años 20 o 30, cuando el foxtrot y las big bands ya comenzaban a producir resquemores en los ancianos correspondientes y los discos de acetato de 78 RPM producían éxitos, los baby boomers fuimos parte de una generación de cambio, crecimos acondicionados a aceptar y entender un resurgimiento y el rock clásico y pesado fue elemento importante de esta formación. También somos lo suficientemente sensatos para entender que todo tiene una época y un contexto, y que los años sesenta fueron el pico de una ola que lentamente va debilitándose y quedando como una joya bien pulida en la mente colectiva de la civilización.
No hay nada que buscar. Nada que hacer resurgir. El Rock tuvo su momento histórico y fue lo más significativo, pero alegar por la permanencia de su fuerza es una discusión bizantina. Tal vez detrás de esta ola venga otra con mayor arrastre, no lo sabemos, y estaremos demasiados viejos o muertos para presenciarla. Incluso los millenials la verán como una tontería, como nuestros abuelos criticaban la estupidez de la moda de los Beatles y sus congéneres. Mientras tanto, lo más sensato es proseguir con nuestra arqueología musical y, como el mismo Indiana Jones, dedicarnos a dar clases y al mismo tiempo encontrar antiguas reliquias al remover entre las ruinas del rock antiguo, que aún no deja de sorprendernos.