Todos hemos experimentado esto. Todos, de una forma u otra, los que frecuentamos las redes y en cierta medida opinamos en ellas. Muchos se abstienen de opinar, a veces porque las palabras no les fluyen o simplemente no se toman la molestia, pero ponen su granito de arena compartiendo algún artículo o imagen que enciende los ánimos.
Antes se llamaba trollear. Sigue llamándose así, pero como todos los términos y conceptos humanos, va evolucionando. Trollear fue algo muy común en los foros de discusión que eran muy populares hace varios años (porque aquí donde lo ven, el internet ya es viejo, por lo menos cinco lustros desde su forma más reconocible). Era muy sencillo. Entrabas, por ejemplo, a un foro de discusión y a un tema específico, digamos «Fans de Luis Miguel». Entonces, sin que te importara un comino si Luismi es buen artista o no, o si tiene o no una gran voz, decías en un sólo mensaje, escueto y preciso, o toda una diatriba: «Luis Miguel es una mierda de cantante». Inmediatamente, se incendiaba el lugar, como si hubieras echado gasolina en una fogata donde todos convivían pacíficamente asando bombones y disfrutando los orgasmos por el objeto de su idolatría. Todos los participantes se te echaban encima destrozándote, o por lo menos a tu persona virtual, cuando tú ya estabas muy lejos muriéndote de risa por las reacciones. Por supuesto, eso lo hacías con una identidad falsa creada expresamente, de lo contrario corrías el riesgo de ser perseguido por algún fanático obsesivo y ser mutilado en la vida real.
A quienes hacían esto les llamaban trolls. El troll era un personaje efímero; muchos lo hicimos en ciertas ocasiones y nos aburrimos, otros se lo tomaron a pecho y continuaban haciéndolo sistemáticamente. De ahí se acuñó la frase «Don’t Feed the Troll» (No alimenten al troll), ya que si le respondías con argumentos válidos sin darte cuenta que te estaba viendo la cara, seguía echando leña al fuego y haciéndote enojar. Habíamos quienes nos dábamos cuenta en caso de ser víctimas de los atentados y renunciábamos a la polémica.

Con la llegada de Facebook, la trolleada perdió mucha vigencia debido a la velocidad a la que este nuevo tren corría. Con excepción de los grupos dedicados y privados -ya que las comunidades de Google+ han ganado mucho terreno en este sentido, relegando la interacción de facebook a un simple bar donde nadie toma nada en serio- muchas de las formas de trolleo han mutado enormemente y en el resto de la web existe este fenómeno que a mí en lo personal me gusta llamar «Phishing Intelectual».
El «phishing» es la práctica ilegal -o que debería ser tomada en serio como delito- de engañar a los usuarios del internet mediante tácticas fraudulentas para robar información bancaria y de todo tipo, a través de la llamada «ingeniería social». Ahora navegamos también entre la infinidad de «clickbaits» (anzuelo de clics), que lo único que necesitan para colectar ingresos es que cualquier usuario haga clic en el atractivo enlace y lo comparta. En cierto modo, es entendible. Lo único que necesitan es poner un título lo suficientemente atractivo, digamos «Este niño abrió a su perro para extraerle las tripas ¡no creerás lo que encontró!». El usuario promedio, curioso por naturaleza, le regala un clic y se encuentra con una noticia que la mayoría de las veces no tiene ni pies ni cabeza o resulta un fraude, y al mismo tiempo ha hecho ganar unos centavos al webmaster. Son tantas las posibilidades que costaría demasiado enumerarlas aquí, y no es el objetivo de este artículo (algo que sospechosamente he reiterado en varias colaboraciones).

El «Phishing Intelectual» no es ni ilegal ni dañino, pero es una especie de combinación entre el «troll» y el «clickbait«. Aparece a cada rato, y casi siempre es intencional, pero sin utilidad alguna. El asunto de la quesadilla sin queso es una tendencia en México. Desde que a un humorista desconocido (si alguien conoce el autor, favor de comunicarlo) se le ocurrió crear la imagen de que la palabra quesadilla viene del náhuatl «quetzaditzin» que significa «tortilla doblada», lo cual resultó en tremendo hoax (engaño, bulo) del cual permanece un debate a nivel nacional. A muchos les importa demasiado que a la quesadilla sin queso se le siga llamando así. A otros (yo incluído) nos vale un soberana quetzaditzin.
Lo mismo ocurrió con el asunto de la «Sopa de Caracol», de la hondureña Banda Blanca, una canción que utiliza expresiones del dialecto garífuna como «Wata negui consup» (quiero comer sopa), y que a un vivillo (o tal vez pasado de vivo) pensó que en realidad decía «What a very good soup» (qué buena sopa) y creó un meme que agarró a todo mundo en bajada.
En Facebook a una despistada chica se le ocurrió solicitar en un grupo el libro «Cien años de soledad» de Pablo Cohelo (sic) y se hizo famosa de la noche a la mañana, viéndose atacada por la pléyade de lectores que tal vez saben perfectamente bien quién es García Márquez pero probablemente fallen en conocer otras importantes obras como Finnegan’s Wake de James Joyce, El Péndulo de Foucault de Umberto Eco o El Arcoiris de la Gravedad de Thomas Pynchon, sólo por mencionar tres de ellas tan buenas y probablemente más valiosas y/o complejas, y por lo tanto más intelectuales que la obra más famosa de García Márquez.
Y ese es precisamente el objetivo de este artículo. El lector receloso tal vez dirá: «Eehhh, ¿y tú, te crees muy intelectual porque has leído todas esas novelas?» ¡Nooo! Ese es el meollo del asunto. Sólo leí a Eco y un poco de Joyce, y abandoné de inmediato por ser un escritor cuyas obras son tan complejas y lejanas de nuestra idiosincracia, como si un autor Vegano no fuera comprendido en Arturo. Las novelas que en mi vida he devorado y son mis preferidas tal vez ni siquiera interesen a la mayor parte de los lectores. Nadie está obligado a saber de todo y a conocer de todo, tal vez nuestra única responsabilidad social por el lado cultural es la de estar razonablemente enterado para que no nos agarren en bajada, e… investigar, siempre investigar antes de afirmar.
El problema (que como diría Arjona, no es problema) con el «Phishing Intelectual», más que verle la cara a toda una comunidad de usuarios de este submundo tan inestable como es el internet, es que es un generador de debates, polémicas, enemistades, interminables posts de quienes se pasan de tontos y quienes se pasan de listos, una increíble maraña de discusiones en las cuales a la larga no hay ganadores ni perdedores, cosa que en el pasado no ocurría porque no existía esta impresionante capacidad de intervención que tenemos ahora en el siglo XXI. El «Phising Intelectual» es tan divertido como intrascendente: una gran cantidad de gente se emocionó -y la contraparte que se indignó- con los XV de Rubí, con la popularidad del «Ay, muchas cosas wuuuu!!»; hay quienes se divierten o se ensañan con la proliferación de Ladies y Lords, se dan vida riéndose de Blim con Netflix (por el odio racial a Televisa), y por esto mismo se burlan de la pobre Andrea Legarreta (cuyo único pecado fue decir las líneas que le ordenó la empresa que le paga (algo que ninguna manera es un crimen)). Otros protestaron por la popularidad del Pokemon Go, y en este año ya hay quien se rasga las vestiduras por la tendencia de imitar el pasito perrón que un hereje, quien según los sacerdotes intachables debe ser encarcelado y quemado en leña verde, tuvo la feliz ocurrencia de hacer un video con una efigie del «Niño Dios», en un mercado. Vaya, hasta burlarse de Arjona y defenderlo es motivo de guerillas en las redes sociales. ¿Ganamos algo con retorcernos el hígado?

Mi recomendación, si alguien esperaba obtener de este inútil artículo una moraleja o enseñanza de vida que ya se me estaba olvidando, es que no hay que tomarse nada realmente a pecho, ni demasiado en serio. La gigantesca red a la que pertenecemos es prácticamente una entidad viva, y los memes (término acuñado por Richard Dawkins en la excelente obra The Selfish Gene (El Gen Egoísta)) son células de la misma que se reproducen incesantemente a una velocidad impresionante: a nadie le importa si tienes razón o no, y no aportas nada a la posteridad con tus rabietas. Solamente si opinas con el objetivo de divertir, y de alguna manera con la buena fundamentación que otorga el ser curioso -no culto o intelectual, entiéndase bien- y documentarse adecuadamente, es como se puede salir airoso de esta gran batalla campal que parece no tener fin.
Y como en todo, ambos extremos son desfavorables: el ser demasiado crédulo nos pone en riesgo de quedar en ridículo por caer en cualquier hoax. El ser demasiado pretencioso, igual, con el riesgo de perder hasta la chamba como ese señor que tuvo el gran desatino de ser honesto y expresar su más que respetable opinión -eso sí, cargada de amargura, pero finalmente respetable- sobre un ídolo mexicano cuando no tenía ni veinticuatro horas de haber fallecido. Creo que saben a quién me refiero.
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Ejemplos de noticias engañosas:
Stephen Hawking habla de los mexicanos y su devoción (que el argumento sea acertado no significa que Hawking lo haya dicho).
Detienen al comediante Víctor Trujillo El Brozo por posesión de drogas.
Choca camión de la coca-cola, lo que encuentran en el interior te dejará sin aliento.



En ese instante comprendí que las hordas de fans lectores y enemigos de E. L. James la consideran audaz, objeto de admiración y reprobación, sin tomar en cuenta que, en el fondo, se cubrió la espaldas intelectuales (y morales) con una moralina: si te gustan los juegos sexuales con perversiones, estás irremediablemente enfermo, y/o fuiste víctima de un enfermo que te echó a perder. Los seguidores y detractores de la autora es posible que no conozcan a las clásicas del género erótico como Xaviera Hollander, Anaïs Nin y la más contemporánea autora de la clásica saga de Entrevista con el Vampiro (


que no dista demasiado de sus vecinos del sur en cuestiones electorales. Uno de sus argumentos principales fue el que el país ha mejorado y hay grandes avances en materia social: la no discriminación a las minorías, mejores leyes ambientalistas, la violencia a la mujer y el racismo realmente son mal vistos y condenados, la legalización de la mariguana, etc. … sin embargo todo esto prospera principalmente en el núcleo de votantes que no acude a las casillas. Si el presidente de los Estados Unidos de América se eligiera a través de Facebook, Twitter y los X-Box y PlayStations, la derrota de Trump sería inminente.
O «Pensamiento Ilusorio» (en inglés, «Wishful Thinking») es la formación de creencias y toma de decisiones de acuerdo a lo que es placentero de imaginar en lugar de apelar a la evidencia, racionalidad o realidad. En resumen: creamos conclusiones en base a lo que deseamos. Ocurre y aplica en todas las áreas de nuestro comportamiento diario. A veces ganamos y las cosas pasan como esperábamos, pero en la mayoría de las ocasiones vemos con sorpresa y desconcierto que no se cumplió lo que supusimos a pesar de todas las deducciones y análisis cuyos resultados salieron definitivamente a nuestro favor. Cuando apuestas a tu equipo favorito desmenuzando los mejores desempeños de los jugadores en quien más confías y las más notorias fallas y carencias del equipo contrario. Cuando tienes la seguridad que te darán un empleo porque ya checaste a todos tus competidores y concluyes que son inferiores a ti. Cuando sabes que vas a lograr algo en determinado lapso después de hacer estrictas líneas de tiempo y planificas todo hasta el más mínimo detalle (y oh, sorpresa, el tiempo se te vino encima). Hay infinidad de ejemplos al respecto pero muchos entran en el terreno filosófico-teológico y no conviene ahondar en esas aguas turbias.
Más aún, con el advenimiento de la información omnipresente, una obra como El Secreto, que invoca nuestro más arraigado optimismo, pretende convencernos que, deseándolo fervientemente, cualquier cosa -sí, en serio, cualquier cosa– puede lograrse sin importar qué tan difícil (o imposible) sea. Y siempre presenciaremos el éxito de estas publicaciones porque nos hacen sentir que nada, absolutamente nada, nos puede detener.
¿Qué quiero decir con esto? Que el psicópata siempre será psicópata, sin remedio. La serie televisiva 
El caso de Elliot tiene algo en común con el de Brenda Ann Spencer y el chico de Monterrey: su razonamiento es errático, egocéntrico y, presumiblemente, nada se puede hacer por cambiarlo. La triste realidad es esa. Están convencidos de su realidad interna y creada a su favor. Y en estos tiempos, todo es agravado por la constante presencia de las redes sociales que dan pie a grupos como la «Legión Holk», que premia e instiga los comportamientos psicóticos de los chicos.