Mi primera reacción no fue sorpresiva ni original, al enterarme que habría otro remake de Murder on the Orient Express (Asesinato en el Expreso de Oriente), la icónica novela de la Dame Agatha Christie. Pensé, como muchos, «¿Necesitamos otro?». Después recordé que tengo una política personal de no desaprobar obras artísticas por el solo hecho de seguir la corriente intolerante, y se me pasó.
Nunca me ha gustado unirme al clamor purista, sin embargo, en este caso no hay necesidad de ello. Poirot ha sido representado 15 veces en imagen (teatro, cine y televisión) y varias más en dramas radiofónicos. Es ampliamente reconocido que el Poirot de David Suchet ha sido el más preciso y más acorde a la visión original de Agatha Christie, y se llevó el corazón de todos nosotros.
Esta verdad consensuada no es suficiente para automáticamente descalificar una nueva entrega de la historia que, vale la pena decirlo, en la pluma de doña Agatha fue de brillante trama y ejecución, si bien nunca fue de mis favoritas. Para mí, una de las más representativas del órden y método en las que el afamado detective belga ha puesto en servicio sus famosas células grises, ha sido Death On The Nile (Muerte en el Nilo, también titulada en castellano Poirot en Egipto).
Pero Orient Express es una obra que se presta irresistiblemente a la escenificación. En este caso, el remake es instigado por 20th Century Fox respondiendo a vaya usted a saber qué decisiones ejecutivas, y cedido el mando al buen Kenneth Branagh, quien tampoco pudo resistirse a la interpretación del exquisito detective. No se trata de hacer odiosas comparaciones. Lo que sí puedo decir con seguridad es que la novela de Christie adquiere una nueva dimensión a quienes ya conocemos el desenlace del misterio. A quienes no lo conozcan, se les previene encarecidamente que no dejen que les comenten nada si quieren disfrutarlo, ya que sólo se necesita una palabra, por descuido o malevolencia, para arruinar la magnífica sorpresa que la ingeniosa escritora nos regaló. Lamentablemente, esta democratización del one-word spoiler se ha convertido en una verdadera plaga en el internet moderno.
¿Por qué digo que adquiere una nueva dimensión? El conocer la identidad de el/la asesino/a del señor Ratchett (interpretado por Johnny Depp en otro rol prácticamente honorario), permite enfocarse en otros aspectos del desarrollo del hilo narrativo y observar los comportamientos de cada sospechoso. Es un ejercicio fascinante, característica que funciona en varias obras de doña Agatha. La manera en que cada director maneja la presentación de las pistas y la sutileza de las mismas, es en mayor o menor medida la consecución del factor sorpresa y del valor de segunda contemplación de la película. Mi apreciación personal es que, en este caso, Branagh hizo hincapié en la fuerza interpretativa de él mismo y del resto del reparto, descuidando un poco los detalles que propulsan el poder cautivador del misterio principal. Nada sorprendente, considerando que estamos hablando de un actor irlandés egresado de la Academia Real (británica) de Arte Dramático y de educación básicamente shakespeariana. Entendible también por contar con un reparto de este calibre, que incluye a Depp, Judi Dench, Willem Dafoe, Michelle Pfeiffer, Penelope Cruz, Olivia Colman y la pisando-fuerte Daisy Ridley, entre otros.
Mis únicas quejas, si es que se me permiten (o me las permito), es que en cierto sentido se trató de sherlockholmizar a Poirot. Desconozco quién propició esto, si los escritores, a instancias del estudio o del mismo Branagh. Aún así, el misterio que Poirot resuelve a manera de preámbulo antes de embarcarse en el fatídico tren merecía un poco más del ingenio y la brillantez que caracterizaba al detective de las novelas. Poirot afirma, en justificado honor al personaje, que él es una persona que ve al mundo como debería ser, y por eso las imperfecciones de la realidad saltan a la vista como la nariz sobresale de un rostro. En otro momento, una secuencia de acción inusitada en que Poirot se envuelve nos hace pensar que tal vez hubo cierta presión para ser incluida, justo como hicieron con el Sherlock Holmes de Robert Downey Jr., intentando darle un aire de «hombre de acción» y tener cierto atractivo para las masas. Por suerte, aquí esta tendencia fue mitigada. Pero es justo comprender que la película, muy cerebral y basada especialmente en los procedimientos de investigación poirotiana, puede no ser adecuada para la mayoría de los gustos.

El bigote exagerado de este nuevo Poirot también me incomoda un poco, junto con su ausencia de calvicie. Tradicionalmente, Hercule Poirot es descrito como un hombrecillo con cabeza de huevo, un ridículo, pequeño, rígido y bien estilizado mostacho cuyas puntas sobresalen en cualquier situación. Levemente amanerado por la exquisitez de sus modales, el aspecto icónico del detective belga es traicionado por el duro y masculino look de Branagh. Detalle que tampoco debería importarnos demasiado, ya que los 20 años del Poirot de Suchet siguen estando ahí para ser disfrutados las veces que queramos.
Cualquier escenificación de las obras de Christie atraerá mi atención sin ningún reparo y la veré con la mejor actitud de complacencia, habiendo sido yo un ávido lector de sus historias desde muy joven. Quizá ni la novela ni esta versión cinematográfica sean de mis favoritas, pero siempre valdrá la pena su consumo.