Siempre he intentado, en aras de la diversión, estirar los límites de mi incredulidad con el objetivo de disfrutar plenamente las historias que consumo en el cine y la TV. Incluso de la literatura. Lo he hecho así desde mi infancia con 2001 A Space Oddisey, pasando por Back to the Future, Star Trek, y hasta la fecha con la moderna ciencia-ficción, en tiempos recientes con Interstellar y Arrival, ambos excelentes ejemplos de hardcore sci-fi en el siglo XXI. Y todos deberían hacer lo mismo, bajo pena de amargarse intelectualmente y terminar como el papá de un amigo que no puede entretenerse ni con las del Santo y Blue Demon, y mucho menos reírse del humor involuntario que estas películas de culto nos regalan.
